Asociación
Europea
de Historia del Psicoanálisis

BLOG

2012-07-06
Autor: Mauricio Santín Iriarte
Categoria: Adiccion
Hablando de adictos y de adicciones


La adicción funciona como un goce particular, uno diferente del que puede ser común,
para todos, este goce –el del adicto- se debe diferenciar, singularizar. Es así que
comienza un proceso, uno muy especial y de aparente diferenciación, se inicia un
proceso de “singularización y reconocimiento”. He aquí el gran problema, pues esto
no se ha de cumplir, aunque esto sea la gran necesidad: Ser diferente de lo dado, del
entorno, de eso que es común y establecido: Lo general.

El adicto puede, o no, ser consumista de sustancias toxicas, estos dos conceptos no
son sinónimos ni se representan. Ni la adicción es siempre a algún producto químico,
ni la ingesta de algún producto químico implica necesariamente una adicción. Uno
puede beber alcohol una vez y no se considera un adicto, uno puede fumar tabaco
algunas veces y no ser considerado un adicto. Sin embargo uno puede jugar a las
cartas y no tener ningún control y ser así considerado un adicto. Otro puede comprar
compulsivamente y ser, del mismo modo, considerado esto como una conducta adictiva.
Alguien puede también tener la necesidad de gastar o endeudarse, con grandes sumas
de dinero, en cosas que no necesita o ni reconoce y eso puede tener que ver con la
necesidad de la que hablábamos antes.

Freud destaca la masturbación infantil como primera adicción que servirá de modelo
a todas las demás1. Habla además del poder adictivo de la hipnosis, del amor, del
juego, entre varios otros. Esto nos conduce a una simple, pero compleja paradoja. Las
adicciones no se explican por la sustancia u objeto al que se fija la satisfacción (tabaco,
alcohol, compras, juego, cocaína, etc.), sino por la operación inconsciente que las
determina: su función. El para qué, cómo, por qué, todo esto entra en juego aquí.

El adicto, la personalidad adictiva, depende. Hará entonces todo lo posible por continuar
y mantener esta dependencia. Depende de sus padres, de amigos, de su pareja, de su
trabajo, de su entorno, etc. Y bueno, qué mejor dependencia que la de aquél que fija
una necesidad a un objeto, el que se endeuda, que lo hace una y otra vez para nunca
salir de aquél estado: la dependencia. Para que un objeto, cualquiera que éste sea,
pueda adquirir una característica adictiva, se necesita algo más que el factor químico, se
requiere de un desplazamiento, uno de tipo simbólico, adaptativo, en donde este objeto
pasa a ocupar un lugar, sustituyendo a la necesidad real. ¿Cuál es? Eso dependerá de
cada persona que requiera de la adicción para “cumplir” o “satisfacer” dicha carencia.
La droga, como la adicción a ésta, ocupa pues un lugar de efecto, de consecuencia, no
de causa ni de origen del problema. Esto es crucial si se pretende resolver el problema
de raíz, si no se desplazará una y otra vez en diferentes representaciones; éstas más o
menos aceptables a nivel social y sin duda a nivel simbólico. Se trata aquí de ocuparse
del dolor subyacente, de la causa que origina dichos desplazamientos, un dolor tal, que
tal vez de más miedo y genere más angustia que la propia conducta adictiva. Uno se
encuentra aquí ante un sujeto que sufre, ante una persona que resiste, pero que le cuesta;
esta parece ser una condición necesaria para poder emprender un tratamiento con fines
curativos y no sustitutivos, por no decir sugestivos.

La propuesta psiquiátrica y médico-legal, dice López (2003) de hacer de cada tipo de
adicción una patología específica, y de cada sustancia una adicción sub-específica, sólo
conduce al cómodo prejuicio de que el mal está en la droga y que la cura se alcanzaría
con la limpieza del cuerpo y el abandono del hábito.2 No podemos ser tan inocentes
y pensar entonces que el problema está en el objeto y no en el sujeto, qué tipo de
consideración, si es que la hubiese, sería una de este tipo. Además, y por si fuera poco,
Freud en “el malestar en la cultura” (1930) dice que ante la insatisfacción propia del
estado de cultura, el hombre puede tomar dos caminos: empeñarse en buscar vanamente
la felicidad, o recurrir a ciertos “subterfugios” para paliar el malestar. La intoxicación
por químicos es ubicada por Freud no en la primera opción, sino en la segunda; la
intoxicación no aporta felicidad, ni siquiera pasajera, sino apenas la ausencia de dolor
psíquico. Encontramos pues, que el dolor es causado por un exceso de carga que no
ha sido, tramitada (ligada). El dolor es por lo tanto la forma en que se experimenta
una ruptura traumática entre las defensas con las que se cuentan y la invasión de un
exterior que no resulta digerible, asimilable. Ante esta situación, y la prisa con la que la
sociedad se empeña en producir, el químico se convierte en un paliativo; uno que puede
resultarle más asequible al aparato psíquico, tan sólo por economía, en tanto que allí
condensa sus esperanzas. Lamentablemente no dará los frutos que de él se esperan, pues
el químico como la droga, el fármaco, el alcohol o cualquier otro tipo de sustitutivo
alude al desplazamiento, en el cual el alivio del dolor y/o la necesidad real del sujeto
se verá aún más vulnerada, ya que al ser éste un paliativo, un sustituto, no soluciona
el problema sino que lo parcha, se pretende así no ver el hoyo, el agujero que ha sido
causa del dolor, y que con gran seguridad crecerá más si no se hace lo correcto. Si en
su lugar se pretenden soluciones en el corto plazo y con remedios que sólo atiendan a la
superficie, al objeto.

*1 Esto por sus implicaciones subjetivas y constitutivas que si ha de interesar será un tema para otro
espacio.

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