Asociación
Europea
de Historia del Psicoanálisis

Titulo: “SIGMUND FREUD: LA VALEROSA AMBIVALENCIA" - Dr. Leopoldo Mario Galak


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SIGMUND FREUD: LA VALEROSA AMBIVALENCIA
Dr. Leopoldo Mario Galak

A veces la obra de pensadores, científicos o intelectuales emergentes de la cultura judía se convirtió en universal por su valor de originalidad intrínseca, independiente – dependientemente de los orígenes del autor.
La elección de un ejemplo individual, Sigmund Freud, también se basa en conceptos que tengo y que se ligan con algunos referentes:

Que la cultura le proporciona al pensamiento sus condiciones de formación, de concepción, de conceptualización, a la vez que empapa, modela y dirige los conocimientos individuales.
La cultura y la sociedad están en el interior del conocimiento humano y no sólo son externas.
Un acto de conocimiento individual es un suceder cultural, y todo suceder cultural se hace presente en un acto de conocimiento individual.
Hay, por lo tanto, que introducir a la sociedad (a través de la cultura) en el conocimiento de los individuos.
La relación entre los espíritus individuales y la cultura es (en esto convengo con E. Morin) hologramática y recursiva. Hologramática, en tanto la cultura está en los espíritus individuales y éstos están en la cultura. Y recursiva, porque hay inter-retro-acciones entre el individuo y la misma.
Existe un narcisismo hostil (H. Arendt) y un narcisismo de las pequeñas diferencias (S. Freud) que comprometen la integración de las culturas marginales.

Mi deseo es articular la relación ambivalente entre lo general (acontecimiento) y lo particular (evento) a través de la peripecia existencial de Sigmund Freud y su obra, par dialéctico de insustituible ligazón.
Freud no podía dejar de ser influido por la sorprendente dualidad de las fuerzas que moldeaban la vida en torno suyo. Como judío, sintetizaba en su persona lo nuevo en lo antiguo. Como hombre inmerso en la Viena finisecular, necesitaba pagar tributo de fidelidad a esa atmósfera.
Este conflicto iba a reflejarse en la estructura y en el carácter de su obra.
Un profundo dualismo distinguió siempre a sus teorías psicoanalíticas. Su predisposición a penetrar bajo la superficie de las cosas tiene que haber recibido impulso de contraste entre la alegre vida externa vienesa y el bajo concepto en que los vieneses tenían a los judíos.
Es así que Freud llegó a la edad adulta con una urbanidad vienesa típica, y a la vez una independencia y orgullo, una confianza en su destino, que la madre había inculcado en él. Su ingenio y su gusto por las historias satíricas, que era en el fondo judío, se vinculaba también con el gusto vienés por la ironía melancólica y exagerada. En algún aspecto fue producto del incómodo matrimonio de las dos culturas en cuyo seno se hallaba, la judía y la vienesa.
…”Nunca he podido comprender por qué habría de avergonzarme de mi origen o, como entonces comenzaba ya a decirse, de mi raza. Asimismo, renuncié sin gran sentimiento a la connacionalidad que se me negaba. Pensé en efecto que para un celoso trabajador siempre habría un lugar, por pequeño que fuese, en las filas de la humanidad laboriosa…” (Decía en su Autobiografía)

FREUD COMO JUDÍO

Concebimos al judaísmo como un abanico de posiciones cuya suma es más que el todo. Podríamos hablar de la cultura judía en su forma religiosa (símbolos, ortodoxia, reformismo); política nacional (sionismo, laicismo); cultura institucional (creación de instituciones, seminarios); universalismo racional (M. Buber); y también como identidad. Siendo ésta, la identidad judía, un sistema de percepciones y actitudes de la persona hacia sí misma.
Por otro lado, el judaísmo tiene que ver con un cierto encaje o enclave de un mundo, que es el contemporáneo, que lo reconoce como minoría religiosa.
Entonces, Freud recibe influencias sociales, intelectuales, filosóficas, centrípetas, -desde el entorno judío-, y centrífugas, -hacia su universalidad-.
“Nací el 6 de mayo de 1856 en Freiberg…., mis padres eran judíos, yo he seguido siéndolo. Creo que mi familia paterna vivió mucho tiempo en la región renana, en Colonia, y con motivo de una persecución contra los judíos en el siglo XIV o XV, volvió a Lituania…” - desgrana Freud en su Autobiografía.
Antes de que naciera, murió su abuelo Schlomó, por quien recibe el nombre según la tradición judía. Ese abuelo poseía el título de rabí, no significa esto que ejerciera como tal, sino que ésta era una distinción que se daba a las personas honorables y cultas. Su padre, Jacob, escribe: “Mi hijo Schlomó Sigismund nació en el día 1º de Iar de 5616 a las seis y media de la tarde…”
Ocho días después, el bebé fue circuncidado por el moil Samson Frankl, entrando de ese modo a la alianza judía.
Después de algún tiempo, alguno de sus admiradores más imaginativos habían sido impresionados por el significado simbólico de su nombre: Sieg significa en alemán: “victorioso o victoria”, mund significa “boca” y por extensión, voz o expresión.
Setenta años después, Freud escribe a la Bené Berith lo siguiente:
“Debo confesarles que ni la fe ni el orgullo nacional me ligaron al judaísmo, pues siempre fui ateo, educado sin religión… con todo, subsistían muchas cosas que hacían irresistibles para mí la atracción de lo judío y el judaísmo: potencias sentimentales oscuras y grandiosas tanto más poderosas cuanto difíciles de expresar en palabras; la clara conciencia de lazos íntimos, la secreta familiaridad de poseer una misma arquitectura anímica”. ( S.E. Tomo XX. Pág. 274).

La emancipación judía llega a Europa Central en 1867. Se otorga la igualdad de los derechos civiles a los judíos, libertad de vivienda y circulación; los mercaderes se asimilan a los tiempos, renuncian al idish, cambian sus vestimentas, cae el gueto, comienza un judaísmo liberal.
Antes de la emancipación, siglo XVIII, podría clasificarse a los judíos que vivían en la Europa Central en cinco grupos:
Las familias toleradas por su poder económico (la aristocracia del dinero).
Los sefaradíes llegados de Constantinopla, ricos en su mayoría, que hablaban ladino.
Los mercaderes de las ciudades.
Los vendedores ambulantes.
Los campesinos itinerantes.
A partir de la emancipación, emerge “una especie hasta entonces inédita: el intelectual judío urbano, personaje dilucidado por tendencias contradictorias, vacilando entre una oscura fidelidad al pueblo perseguido que en su fantasía abandona, junto a un remordimiento igualmente oscuro nacido de este alejamiento, y una insulsa voluntad de triunfar del otro lado”.
En esta apariencia ubicaremos a Freud y una de sus valerosas ambivalencias. El judío tiende a sentirse extranjero frente a la mayoría prejuiciosa, racionalizante y hostil, que lo asedia con sus resquemores. Freud, judío, apoyado en el cosmopolitismo de la razón, atacará ese embate.

Frente al panorama que vengo recorriendo, se plantearían alternativas para esa época histórica, “alternativas de destino” - como suelo llamarlas. Una sería la opción religiosa a favor de la fe, con la segregación concomitante. Otra sería la solución asimilacionista, con negación parcial (Heine) o total (Marx) de la condición judía. Y finalmente, la salida sionista, que comenzaría a esbozarse a fines de la década de 1870.
Tal vez, salvo la primera opción, Freud probó con las otras dos, como veremos enseguida sin olvidarnos que al final de su vida, llegando a Londres dijo: “Aquí viene a morir un viejo judío”.
Están descriptos algunos personajes hebreos con los cuales Freud eventualmente se habría identificado: Aníbal, Massina, José, Moisés, por ejemplo.
Si bien emerger sin conflicto identificatorio, en esa época era prácticamente imposible, Sigmund Freud y su familia nunca se convirtieron al cristianismo, como Mahler, por ejemplo, ni estuvieron a favor de los matrimonios mixtos. “… me vi obligado a aprender la lección de que la fe de los padres no puede ser negada impunemente cuando se es un hijo y cuando se tienen hijos”.
“¿Sabes lo que me dijo Breuer cierta noche? Que él descubrió la persona infinitamente valiente y carente de temor que yo oculto bajo mi máscara de timidez… Siempre creí eso de mí mismo, pero nunca me atreví a decírselo a nadie. A menudo me sentí como si yo hubiese heredado toda la pasión de nuestros antepasados cuando éstos defendieron su templo, como alguien que entusiastamente brindaría su vida por una gran causa…” (carta a Marta Bernays, su novia)
Decíamos ut supra que las actitudes post-emancipatorias de la judeidad podrían ser la asimilación, la religión o el sionismo. Freud coqueteó con las tres.
En cierta oportunidad, pensó seriamente convertirse. La historia dice que lo que estaba en juego en él era una fobia hacia la ceremonia ritual matrimonial judía. Breuer , su colega y amigo, le convenció que desistiera de esta idea demasiado complicada. “¡Zu kom pli ziert!”)
La intención de conversión asimilacionista se desmadró inmediatamente en él. Nunca volvió a presentársele.
En cuanto al Freud sionista, vertiente poco conocida del gran maestro vienés, cabría recordar el regalo de su libro “La Interpretación de los Sueños” al Dr. Hertzl, con una dedicatoria halagadora para el poeta y luchador por los derechos humanos.
Por otro lado, Hertzl aparece en un sueño de Freud, tratando de convencerlo de la necesidad de una acción veloz, si es que el pueblo judío tenía que ser salvado.
El sionismo es un movimiento político internacional destinado al establecimiento de una patria para el pueblo judío en Israel. Fue acuñado como término en 1890 por el editor Natán Birnbaum, del movimiento estudiantil Kadima, donde militaron, -como veremos después-, los hijos de Freud.
Cabe consignar que existen diversas corrientes de opinión acerca de qué es y qué debe ser el sionismo. Situaremos a Freud como simpatizante del sionismo general. Es necesario señalar que este movimiento puede ser socialista, revisionista, general, religioso, político, realizador, sintético o espiritual. Sería muy largo detenernos en cada uno.
Otra ambivalencia freudiana sobre este tema la encontramos en las siguientes palabras vertidas en una carta del 25 de abril de 1926 al Prof. Thieberger: “Por el sionismo sólo siento simpatía, pero no abro juicio sobre él, sobre sus posibilidades de éxito, ni sobre los posibles peligros que lo acechan”.
En un trabajo de Fraenkel se reseña que cuando Hertzl en 1896 imprimió su Judenstat, los miembros de un club estudiantil llamado Kadima (fundado en 1882) fueron muy allegados a Freud y su familia, tanto que su hijo Martin, afiliado a ese club sionista, se prometía a sí mismo ayudar a defender con todas sus fuerzas el derecho judío. Esta actitud fue aplaudida por su padre, alborozándose de la ideología de Martin, quien tal vez pudo hacer lo que Freud reprimió. Acotamos que Ernesto Freud, otro de sus hijos, sionista activo, fue dirigente de una organización juvenil de orientación sionista llamada Bloi-Veis (sabiduría azul).
Además, Martin habló sobre el judaísmo de su padre, sobre su abuela que hablaba idish, usaba peluca y prendía las velas en vísperas de los sábados, en una conferencia auspiciada por la Organización Sionista en Haton (Liverpool).
Es conocida también la membresía de Freud a la Bené Berith, y su afición por la sala de lectura de la Academia Judía, lugar donde, además de estudiar, daba conferencias.
En 1930 Chaim Koffler, miembro vienés del Keren Hayesod (organismo fundado en 1920 con vistas a la radicación de inmigrantes en Palestina), invita a Freud a apoyar la causa sionista. Éste declina la propuesta aduciendo que “las circunstancias críticas actuales no incitan en absoluto a hacerlo”…
Más adelante agrega:
“Tengo sin duda los mejores sentimientos de simpatía por los esfuerzos libremente consentidos, estoy orgulloso de nuestra Universidad de Jerusalén y la prosperidad de los establecimientos de nuestros colonos me llena de júbilo. Pero, por otro lado, no creo que Palestina pueda jamás llegar a ser un Estado judío.”
El texto de esta carta ha sido esgrimido por los antisionistas para situar a Freud adverso al movimiento sionista, incluso -(en una actitud deleznable)- instauraron la mentira que “el poder sionista” había escondido esta carta durante muchos años. La referencia a las “circunstancias críticas actuales” en la carta de respuesta al pedido de Koffler creo que aluden a la época prenazi y a la necesidad del movimiento sionista de buscar adeptos por su prestigio. Recordar que en mayo de 1933 fueron quemados algunos libros de Freud por los nazis en Berlín. Su obra fue proscripta en Alemania.
En mayo de 1936 Kadima le envía una felicitación por su cumpleaños. Él prestamente responde: “Vuestro Freud, vuestro camarada…” Unos meses después, en julio, fue nombrado miembro honorario de la institución judeo-sionista. A más de merecer la banda de oro purpúrea, distinción máxima de la organización de la institución, sólo otorgada a figuras de la talla de Hertzl, Nordau, Bieres, entre otros. El maestro no vaciló en colocársela, orgulloso, sobre su pecho.
Ese mismo año, Thomas Mann, el escritor alemán, dio una elogiosa conferencia: “Freud y el futuro”, en la Sociedad Académica de Psicología Médica de Viena, en homenaje a los 80 años del maestro.
En cuanto a la religión, Freud declara ser un completo no creyente. “Tengo –le dice al pastor Fitster- una actitud totalmente negativa hacia la religión, en cualquier forma y dilución”.
Esto también resulta un tanto ambivalente. Vendría en nuestra ayuda diferenciar buberianamente religión de religiosidad. Religión tendría más que ver con rituales y formalismos, mientras que religiosidad conceptuaría el sentimiento y la creencia en algo superior.
Dentro del concepto de fantasmas originarios (ur phantasien) acuñado por Freud, (estructuras fantasmáticas típicas, universales, vinculadas a un patrimonio transmitido filogenéticamente), podríamos incluir el sentimiento oceánico, similar -desde cierta lectura- a la religiosidad.
Claro está que para Freud el origen de la actitud religiosa debe buscarse en el desvalimiento infantil, mas agrega sugestivamente: “acaso detrás se esconda todavía algo, mas por ahora lo envuelve la niebla”.

BASES FILOSÓFICAS UNIVERSALES DE FREUD

Freud recibe influencias sociales, intelectuales, filosóficas de tipo universal, entre ellas se destacan sus estudios con Brentano, su gusto por la tragedia griega: Esquilo, Sófocles y Eurípides, su preferencia literaria por el romanticismo alemán: Goethe, Holderlin, además fue muy aficionado a la novela de caballería española: Cervantes y otros. Cabe comentar que aprendió a hablar castellano como un autodidacta, para poder leer el Quijote en su idioma original.
La creencia óntica básica de Freud es su producción del concepto de inconciente. Este concepto implica un inconciente que no existe a modo de la cosa ni al modo de nada. Es una producción ontológica desde la base óntica.
El genio vienés sustentó una tesis intermedia entre el cosismo biologista y naturalista y el subjetivismo anomista foucaultiano.
La filosofía de Freud es la hermética. Si bien en su obra hay dos tipos de filosofías fundamentales: el empirismo-racionalismo, que se ve en el Freud del Proyecto de 1895 y la dialéctica saber-deseo, que es aquello que es descifrable y/o producible en la interpretación.
Notablemente, esta lectura hermenéutica se aproxima a la lectura interpretativa de la Torá (el texto al decir dice menos de lo que dice). Cinco por ciento, revelación; noventa y cinco por ciento, interpretación.
Decíamos entonces que Freud pasa antes de la línea hermenéutica por una línea de racionalismo y empirismo. También pasa de una lógica originariamente demostrativa a otra más débil o borrosa con la introducción de la metáfora-metonimia.
El método de Freud es interpretativo. Nos quedamos con el modelo metafórico – metonímico – siléptico. En Freud hay una estructura en constante movimiento, parecida, -sólo parecida-, al existencialismo dialogal judaico.
Lo inconciente sería una producción de sujeto a sujeto, transferencial y abstractiva. (¡Qué parecido al Ich und Du de Buber, no?)
Es decir, como en el judaísmo, que llevó de una religión mítica a una religión ética, el psicoanálisis no se deja atrapar por la idolatría, es iconoclasta y profundamente ético. (léase lo relativo a la teoría psicoanalítica del superyó)
El psicoanálisis pudo, a la manera en que los hebreos se sacaron de encima la dominación egipcia, destruir los “ídolos de la tribu” – al decir de Bacon – que son propios de la sociedad, los “ídolos de la caverna” – propios de la educación --, los “ídolos del forum” – nacidos de la ilusión del lenguaje -- , los “ídolos del teatro” – nacidos de las tradiciones --, pero no se sacó de encima, sino todo lo contrario, los ídolos genéticos, fantasmas primordiales del nacimiento.
¿Quién como el psicoanálisis plantea la idea de un pensamiento que no se puede pensar? Sólamente, que yo sepa, la sofística griega y la producción teológica judía del nombre impronunciable.
Freud bascula entre dos epistemologías: 1) cerrada, que supone la teoría de objeto, razón racionalista; y 2) abierta, tesis del sujeto, saber-deseo. Es decir, recordando que la epistemología es el análisis del discurso de las ciencias, diremos que Freud en esta segunda acepción alimenta la descreencia en la creencia de la omnipotencia de la razón.
Es, y fíjense que similitud con el monoteísmo hebreo, la desilusión de la omnipotencia idolátrica. Como aquel cuento jasídico en que iban a ver al rabino para plantearle problemas; éste le daba la razón a todos, y se iban contentos. El rabino, en su coleto, decía: -“¡Pobres, no saben que tener la razón no es tener la verdad!”.
Freud es un escéptico moderado. No la duda por la duda, sino la duda para tratar de no dudar dudando. Es un nihilista activo. Se diferencia y se asemeja (junto con Goethe) al pensamiento talmúdico: Lo primero es la acción.
No olvidemos que el escepticismo es la posición que se opone al dogmatismo.
Buscaremos ahora los discursos que puedan co-implicarse. Tanto el psicoanálisis como el judaísmo son subversivos. Subversivo significa bajo la vertiente, y la vertiente es lo habitual. Tanto los psicoanalistas como los judíos somos desilusionadores ilusionantes. Sacamos la ilusión para acentuar la acción que nos puede dar la ilusión de ser. Se desilusiona para ilusionar de otra manera.
Ambos discursos hacen conmover al mundo. Y, como decía Anaxágoras, a veces la amistad desune y la discordia reúne.
Hemos visto entonces, que este creador cultural judío ha oscilado desde el apego al tronco tradicional hasta las formas más abiertas, sin renunciar al judaísmo y de acuerdo a la bifrontalidad (multifrontalidad hoy día) de la cultura judía en la diáspora.
León Pérez piensa que para el pueblo de Israel no cabe definir la cultura judía sino como la suma de las creaciones surgidas de los creadores judíos; independientemente del tema, estilo, idioma y técnica, reconociendo su catalogación como tal el origen judío de su creador. Es una idea, al menos cuestionable, en cuanto la referencia sea al psicoanálisis. Éste crea una epistemología propia, es una epistemología que revoluciona el mundo, sin ser necesariamente un producto de la cultura judía, aunque reconozca su soldadura con el autor. Se pliega y despliega ante él con una imparangonable especificidad. El psicoanálisis nace gracias al genio freudiano alrededor de un deshecho médico, la histeria. “No lo que la medicina no entendía aún, sino lo que nunca podrá entender sin que se sacudan las premisas mismas que aseguran su existencia. Es a través de la subversión que nace el psicoanálisis, pero esto no es un pensar general ni absoluto. Por ejemplo: el pensamiento religioso ortodoxo judío, en general, (véase el Rabino Shmuel Boteaj de Concord, Londres) opina que las teorías de Freud son absolutamente conjeturales, carentes de fundamento científico. Se hace eco de las palabras de un premio Nobel de medicina, Sir Peter Mecheuar, quien dijo que los pensamientos de Freud perduran como los más tristes y extraños del siglo XX.
Podríamos encontrar citas contextuadas y descontextuadas de este tipo, para remitirnos a una pregunta, que en el caso de Sigmund es muy impertinente: -¿Es posible reconciliar al Freud progresista, al judío iluminado y ateo, que había arrojado por la borda todas las características del judaísmo de su padre con el Freud judío, afirmado y orgulloso?
Tal vez esta tensión fue el catalizador de la creación del psicoanálisis. Toda tensión con lo diferente, si se acepta como tal, puede ser creativa. Pero no hay duda que hay tensión. El deseo de “descubrir algo nuevo y sorprendente” es tal vez una señal de rechazo al sometimiento a todo lo preestablecido.
Freud ejercerá luego como sujeto lo que pudo haber sufrido como objeto. Salió del tópico de las sociedades religiosas, a saber: el derecho a mandar es proporcional a la perfección de la obediencia; para ejercerlo en la Sociedad Psicoanálitica a quien delegó la brillantez de su genio.

Se me ocurre tomar la relación con Jung. La misma se basa en varias alternativas. Indicaré sólo la que me interesa. El padre del psicoanálisis toma su relación con Jung como posibilidad de entrar en el mundo gentil. También en el mundo psiquiátrico jerarquizado. Desea sacar al psicoanálisis del gueto judío para evitar que el mismo se convirtiera en una ciencia judía que, irónicamente llamaban ya, la ciudad judía.
…”Su llegada al psicoanálisis (habla de Jung), ha alejado el peligro de ver cómo nuestra ciencia podría convertirse en una cuestión nacional judía”. (S. Freud-K. Abraham: Correspondencia)
Abraham, destacado entre los discípulos de Freud, todos ellos judíos, replica diciendo que el “modo de pensar talmúdico no puede habernos abandonado súbitamente”.
Abraham no estaba tan errado en su prevención con respecto a Jung, ya en 1908. Pues quince años después Jung escribió en el Zentralblatt: “El judío, que es una especie de nómade, nunca ha creado todavía una forma cultural propia, y hasta donde podemos ver, nunca lo hará, ya que todos sus instintos y talentos requieren que una nación más o menos civilizada obre como anfitriona para su desarrollo”. Por supuesto, se pasó por delante la frase de Goethe, quien dijo que los judíos son la levadura de los pueblos. Pero, eso es harina de otro costal.
Recordemos, ya que hablamos del contexto, que el antisemitismo austríaco precedió al alemán, del que fue, hasta cierto punto, generador y padre espiritual, como dice Ernest Simon.

CONCLUSIONES


La ambivalencia cultural endo – exo se ve claramente expresada, pues: “al poner el énfasis en la filiación judía del psicoanálisis, Freud se propone menos probar un parentesco interno que hacer resaltar la solidaridad frente a un mundo hostil, desdeñoso, o en el mejor de los casos, indiferente, que no acoge las novedades sino cuando puede hacerlas cuadrar cómodamente con sus propios presupuestos”.
Libre, pero paradójicamente conocedor de la tradición greco-latina, se encuentra con mitos, de los cuales saca sus nombres, Edipo, por ejemplo. Pero, hay algo singular; Freud reduciría el mito a síntoma. Esta libertad de convertir un mito en un síntoma, posiblemente le fue otorgada porque esa tradición católica greco-romana carecía de poder sobre él. Freud pertenecía a otra cosa.
Para que se entienda mejor, planteo varias oposiciones dialécticas y un entre (entre ellas), como alojamiento de lo que estamos investigando. Ejemplos: Freud entre el gueto y la emancipación. A su vez, Freud entre la psiquiatría y su descubrimiento: el psicoanálisis. Entre lo singular local y lo general universal. Entre los partidarios y los oponentes. Entre los judíos y el mundo.
Esto no podría ocurrir con un vienés que no fuera, al mismo tiempo, otra cosa.
Una doctrina tan personal, tan fuertemente marcada al principio por su origen local, ha llegado en definitiva a conquistar el mundo.
Generalizando, en un mundo contemporáneo, urgido desde adentro y desde afuera, donde los valores son intangibles y se van suplantando casi en la descartabilidad, aparece cierta singularidad que no se negocia ni se pacta.
Esta dignidad de no negociar ni pactar tiene que ver con las etnias. Y éstas con las culturas regionales.
Hay un sentido de identidad nacional metido en la cultura (tradiciones, costumbres, etc.) que es muy fuerte, y a veces se potencia en lugar de homogeneizarse.

Este trabajo intentó señalar cómo lo singular se puede integrar sin perder su esencia.
Aún actualmente vivimos en un tiempo de prefijos: pre – post – pro – anti -neo, lo que da cuenta que la esencialidad de algo es absolutamente endeble, que todo es descartable y rápido, donde la aceptación de lo otro como distinto es cuasi imposible.
Aun así, creemos que la integración sin pérdida de la singularidad, sería el posicionamiento más favorable para una civilización desolada.
Freud lo demostró.

BIBLIOGRAFÍA:

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Rodrigué, Emilio: Sigmund Freud, El Siglo del Psicoanálisis. Tomo I y II. Edit.
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Walker Puner, Helen: Freud su vida y su obra. Libros del Mirasol, Bs. As. , 1962




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