Asociación
Europea
de Historia del Psicoanálisis

Titulo: “A propósito de una pandemia: El padecimiento en este Siglo XXI ”- Autor: Ana Petros


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A propósito de una pandemia: El padecimiento en este Siglo XXI
Ana Petros

El prójimo retoma su condición de siniestro en este tiempo.
“No acercarse, no tocarse, ni mirar al que está próximo” son las órdenes del Otro superyoico, para evitar la entrada del contagio viral (¿o subjetivo?) de aquello que debemos expulsar para que no nos mate.
Lo “familiar”, (quedarse en la casa), se ha vuelto envolvente, tranquilizador, pero un contacto por ínfimo que sea, una tecla de ascensor, el pasa manos o el picaporte de esa misma casa que compartimos con otros o aún en soledad, puede alterar la armonía y dar entrada al enemigo-virus.
Lo real amenaza pero desde un lugar desconocido. No alcanzan desinfectantes para eludirlo. La guerra viral y la preeminencia de la ciencia en el combate, han ganado terreno amplio a las guerras humanas que con las estrategias guiadas por los hombres se sabía qué esperar. Era la certeza la que marcaba sus pasos.
Pero esta vez se trata de otra cosa: alguien, cualquiera, hasta un no sé qué de metal, contiene una pequeña corona, que ya no es de sangre azul, que es capaz de exterminar a miles, millones, de seres humanos. ¿Es qué no se habría advertido que allí estarían ya los primeros gérmenes de la bomba nuclear? Así de sencillamente siniestro, así de terriblemente malvado, así de poderoso. Más fuerte que los hombres, que los científicos, que los religiosos, que los psicoanalistas: El Mal ha tomado la forma de un virus pequeñísimos, pero eficaz e invencible. Es ahora la incertidumbre, respecto a no poder advertir por dónde nos golpeará y nos tomará hasta hacernos rehenes para la muerte, la que constituye la más terrible amenaza.
Hay una otra perspectiva para pensar en la existencia de lo real inevitable: las leyes de la entropía. Es una Ley de la Termodinámica que se relaciona con la destrucción y con la muerte. ¿Qué tendría esto que ver con los seres humanos? Equivale a lo que encontramos en los temores de la mayoría de los sujetos respecto a la enfermedad, la vejez y el deterioro, puesto que el fundamento de la entropía es el grado de desorden y de caos creciente que existe en la naturaleza. Es el desorden inherente a un sistema. Ella se define como el Progreso- para- la –destrucción. Contradicción en su misma definición, pero que implica que no hay uno sin el otro. Esto nos pone en la pista sobre el azar, el destino y la suerte que se oponen a la organización psíquica que está hecha de un sistema de palabras, de significantes por los cuales el sujeto tiene la posibilidad de otra existencia. Pero en este caso se trata de ese azar, que aún dentro del cálculo científico y del determinismo, es lo incalculable y lo imprevisible: Si durante una tormenta fuerte, se desprende una rama considerable de un árbol y cae, por la fuerza del viento y de la gravedad, sobre una persona que pasa caminando en ese instante y le rompe la cabeza, es solo por obra del azar. No hay otra razón que valga. Si nos contagiamos del llamado coronavirus, a pesar de todos los avances y previsiones de la ciencia, no es solo porque no nos preservamos en casa y evitamos el contacto con el prójimo, sino porque también somos víctimas de la inmixión del azar. De aquí es que el pánico sea uno de los sentimientos más acuciantes en estas circunstancias.
La vida es, en sí misma, una lucha entre la pulsión de vida y la pulsión de muerte, entre lo singular y lo universal, como lo concluyera Freud en sus comienzos. Los seres humanos sin darnos cuenta de qué se trata en realidad, nos encontramos en una carrera contra las leyes de la entropía: inventamos todo tipo de alimentación (orgánica, vegana, etc.) para sumar energía, para transformarla en algo más favorable, para hacer la vida más larga, para perfeccionar nuestro cuerpo en contra de la vejez y de la enfermedad. Sin embargo, la entropía hace sentir su predominancia cuando se llega a percibir inevitablemente el triunfo de la enfermedad sobre la salud, la pobreza por sobre la riqueza, el odio por sobre el amor, la violencia por sobre la paz.
¿Estamos ante una situación generalizada, en tanto declarada una pandemia, que nos conducirá a un destino pesimista para la humanidad? ¿Serán las leyes de la entropía las que se están jugando para equilibrar nuestra existencia en el mundo mediando la selección por el azar?
Rudolf Clasius formuló en 1865 la ley del aumento irreversible de la entropía con un destino pesimista, pero Prigogine y Stengers, sostenían que el orden y el desorden se presentan no como opuestos, el uno al otro, sino como indisociables. Y agregaban que las posibilidades apocalípticas ya se cumplieron al comienzo del universo en los segundos de la explosión inicial. Por lo tanto, aquella promesa de disolución del universo no estaría pesando como una condena inexorable.
Del mismo modo lo leía Freud: “Solamente por la acción mutuamente concurrente u opuesta de los dos instintos primigenios – el Eros y el instinto de muerte -, y nunca por uno solo de ellos, podemos explicar la rica multiplicidad de los fenómenos de la vida”
En el siglo XXI ya no se cree, como se pensaba en el siglo XX, que la evolución del Universo va en la dirección de la degradación, sino que la evolución va en la dirección del aumento de la complejidad. Y la ciencia está acuciada por esta condición, de tal modo que debe apurar sus pasos para ganarle al tiempo y a las complejidades no siempre calculadas. Hay un nuevo significante real en su mira: el Covid19 que como real que es, no admite metáforas, sólo una respuesta precisa y sólo una.
Pero, a pesar de que la ley del Universo es ésta, no podemos evitar de relacionarnos con la energía, la de la entropía misma y su sistema, para la preservación de la vida. ¿Se tratará de la inestabilidad que necesita la naturaleza para alcanzar el máximo equilibrio? Penosa conclusión de que somos impotentes frente a la omnipotencia del Universo. Pero me apresuro a afirmar: NADA de esto es el FIN. El orden y el caos se retroalimentan y esa tensión inestable da luz, para nuestro asombro, a un campo enormemente creativo: No solo tendremos una nueva vacuna y un nuevo saber médico y farmacológico que nos prevendrá frente a una nueva enfermedad evitando cobrarse más vidas, sino que además estamos aprendiendo, en el seno de cualquier lugar del mundo, a convivir en la soledad de nuestros habitas con los recursos que nos dio nuestro psiquismo para responder tanto a las crisis como a lo “nuevo” amenazante. El coronavirus nos da el beneficio de que lo real insoportable no esté entre nosotros, en lo peor de los humanos, sino que esta puesto afuera, extranjero a nuestra “tela” subjetiva.
El beneficio de una guerra viral es que no hay un sujeto portador del gran Mal causante de los estragos más cruentos, sino que es un virus al que al matar, no nos deja con las secuelas brutales de las guerras humanas, (la culpa, el odio y el horror) sino con la inmensa satisfacción de haber ganado la existencia para nosotros.
Por ello lo esperable es que en la salida de esta adversidad, lejos de renovar el rechazo por el prójimo, con ese racismo que anida muchas veces en lo más profundo de nuestro ser, renovemos ahora sí la verdadera solidaridad de reencontrarnos en ese lazo social sin el cual la vida carecería de sentido.

Argentina, Marzo 2020





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