Asociación
Europea
de Historia del Psicoanálisis

Titulo: “La otredad contemporánea”- Autor: Ana Petro


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La otredad contemporánea (*)

La otredad contemporánea (*)
Conceptos claves: alteridad, exterioridad, extemidad, diferencia sexual-distinción sexual, transexualidad, nuevas identidades.

Ana Petros: Psicoanalista, Fundadora de $eminario Psicoanalítico (Tucumán, Argentina) Miembro Fundador de la Red Americana de Psicoanálisis (RAP). Ex Docente de la Universidad Nacional de Tucumán (UNT) y de la Universidad Privada Sto. Tomás de Aquino, Ejerció la docencia clínica sobre psicosis en la Clínica Psiquiátrica IPPI. Autora de diversas publicaciones nacionales e internacionales.
Email: annapetros@hotmail.com


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Introduzco una pregunta: ¿es que lo diverso y su rechazo son contemporáneos? ¿Es posible formular un nuevo modo de pensamiento, respecto a ello, acorde a estos tiempos?
La diversidad, lo distinto, lo diferente, tal vez enuncian solo matices para nombrar una misma operación fundante del sujeto: su relación a la otredad.
La constitución del semejante no es sin complejidades, una de ellas es cuando se concibe al otro, como lo otro; resulta de ello un espacio contable por fuera de lo que el sujeto está dispuesto a admitir como propio. Es lo exterior, que reúne aquello que corresponde a una colectividad a la que no se quiere pertenecer. Su existencia pone en peligro la propia existencia de aquel que necesita excluir aquello que él mismo contiene y que no quiere ni siquiera percibir. El otro lo pone a “salvo” de ese encuentro y por ello necesita de su existencia desagradable lejos de la propia, pero asegurada en algún lugar. El otro, con sus diferencias, nos amenaza con el peligro del retorno de lo reprimido. Es así que los sentimientos de aceptación o de rechazo que se encarnan en el otro, conforman también las condiciones para el racismo.
¿Qué de esto tiene connotación de actual? Que lo diferente y lo diverso ya no se ocultan en ningún closet, sino que han retornado del a-fuera para tomar lugar entre el entramado social al cual no podemos evitar pertenecer.
Esta concepción reúne a la existencia del semejante como a la de la sexualidad. Pensada hasta hace pocos años entre el ocultamiento y el enigma, la sexualidad desafía a la siguiente pregunta: ¿Hoy podemos sostener con las mismas convicciones el concepto de sexualidad freudiana? Transmutaciones de género y de identidades, certitudes que eluden la angustia del quién soy, remiten al cuestionamiento de si se ha producido un movimiento radical en el modo de concebir a la sexualidad alrededor de un significante que la promovía. Y si estamos en tiempos “nuevos” que exigirían renovar estos postulados.
La afirmación de que hay sexualidades en lugar de sexualidad, es lo que intentarían marcar para su autentificación algunos discursos contemporáneos. Le cabe al psicoanálisis, al menos, formularse nuevas preguntas. Lo cierto es que para cualquiera que las pudiera enunciar: sociedad, Institución, política, lo importante es que no sea proclive a caer en “… la aparente incapacidad de constituirse uno mismo sin excluir al otro y en la incapacidad de excluir al otro, sin desvalorizarlo y, finalmente, sin odiarlo”1

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Cuando algunos movimientos feministas creen que la diversidad encontraría oposición desde  las categorías de la diferencia sexual que emanaría de una concepción performativa del psicoanálisis (sic), es cuando estamos obligados a determinar nuestra posición al respecto. En este caso, el analista que responda, tendrá que distinguir desde qué lugar lo hace.  No hay dudas de que es inevitable que él tenga una posición subjetiva, y que ésta no esté exenta de sus prejuicios y de sus limitaciones; de sus rechazos y aversiones.  Pero ello, no le pertenece a la posición del psicoanálisis. 
Llegados a este punto, se hace necesario precisar algunas aclaraciones.
La diferencia sexual que no le corresponde a Freud, sino a la biología, no deviene tampoco de lo que por convención hemos llamado significante Falo, para indicar de algún modo a lo innombrable que determina la irrupción de la sexualidad. Si algo caracterizó al pensamiento freudiano es que se apartó muy tempranamente del biologismo. Lo que este significante produce, es que en el Inconsciente se inscriba o se rechace a la distinción sexual. Lo que la distinción sexual2 determina, y que no es equivalente a la diferencia de los sexos que es anatómica, es que todo goce tiene un menos (-) que hace a la imposibilidad de la satisfacción total. Se trate del homosexual, transexual, heterosexual, etc. Todo sujeto estará en menos (-) desde su constitución misma por ser sujeto hablante, por tomar la palabra de una cosa que se tiene y se pierde, y que por ello se intenta su nombre. Esa “pequeña diferencia (-)” 3 producida marca una condición inherente a la constitución subjetiva para todo sujeto. La distinción sexual precisamente, no determina los modos de gozar. No hay patología del gozar ni normativa alguna. En todo caso, digamos de una vez, el gozar es diverso.
La búsqueda de la identidad, esas construcciones teóricas de contenido incierto como diría Freud 4, que intenta aprehenderse en nuevos nombres: gay, queer, cuerpos mutantes, albores de la nueva carne, cuerpos angélicos, género neutro, etc. solo dicen de la perturbación que aqueja al cuerpo por la angustia de la intervención de ese en menos (-) inherente a la sexualidad fallida y a la imposibilidad de lograr eludirlo. Nada más y nada menos que lo mismo que acontece para los heterosexuales, que emulan una sexualidad legalizada, libre de angustias y de tropiezos.
En esa búsqueda incesante, la transexualidad es el paradigma. Ella podría ser leída más que como cambio de sexo, como una mutilación de esa parte del cuerpo que se cree que representa a la sexualidad, y que lo remite al sujeto a una encrucijada propia de ese momento existencial. Y vale decir en esta oportunidad, que cuenta con la complicidad del Otro que, en estos casos, se ha “cientifizado” solo en la perspectiva de un discurso real, desarticulando la genitalidad de la sexualidad, colaborando en la supuesta “quita” de eso (Ello) que angustia. Pero dos órganos, deviniendo de la naturaleza biológica, jamás lograrán la equivalencia a dos sexos; es solo el pene y su ausencia en tanto pérdida, lo que constituirá la experiencia por medio de la cual se fundará el significante de la distinción sexual y el lenguaje.
En definitiva, la intromisión del orden de la sexualidad se basa en el pasaje por la percepción inaugural que encuentra al vacío donde se esperaba encontrar algo. Dicho esto, la naturaleza y la anatomía pierden su valor hasta para determinar un juicio moral sobre cuál es la “normalidad” que rige para la sexualidad. Ésta, como bien sabemos, esta entramada por los significantes en juego en la singularidad de cada sujeto; y más aún, por la intrincada relación de la pulsión con su objeto. Los modos de goce han estado siempre al servicio de quien goza y nunca hubo cultura suficiente que lograra impedirlos. Entonces, cuando se pide su legalización, ¿qué se pide? ¿La autorización imaginaria otorgada al goce heterosexual? ¿La legalización de Otro goce? Pero, ¿cuándo los goces no fueron prohibidos o interdictos para todos los casos?
El goce del otro siempre ha constituido una perturbación para el sujeto y esto guarda una relación estrecha con el racismo. Nunca es aceptado el otro al que rechazo ya sea porque goza como yo no lo admito o como yo no me lo permito a mí mismo. La exigencia de que sea idéntico a lo que espero, toma ribetes extremos. En muchos casos se le exige al otro renunciar a esa diferencia; o bien, convertirse en lo que yo soy. La intolerancia puede llegar al extremo de pedir por su “conversión” a lo que esta admitido. De no ceder a esa exigencia, puede provocarse hasta su desaparición.
Alan Turing, británico, matemático, lógico, científico de la computación, criptógrafo, filósofo, y corredor de ultra distancia, fue fundamentalmente quien creó una máquina calculadora de capacidad infinita ( la máquina de Turing) que operaba basándose en una serie de instrucciones lógicas, sentando así las bases del concepto moderno de algoritmo. La máquina de Turing fue la precursora de la teoría de computación. Bajo su supervisión, se comenzó a construir la primera computadora electrónica. Cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial, ofreció un insospechado marco de aplicación práctica de sus teorías, al surgir la necesidad de descifrar los mensajes encriptados que la Marina alemana empleaba para enviar instrucciones a los submarinos a través de la máquina Enigma. Turing, al mando de una división de la Inteligencia Británica, diseñó tanto los procesos como las máquinas capaces de efectuar cálculos combinatorios mucho más rápidamente que cualquier ser humano, y éstos fueron decisivos en la ruptura final del código alemán. Sin embargo, nada de estos logros y valores como investigador, creador y ser humano genial bastaron para que su homosexualidad fuera algo reservado para él y sin cuestionamientos. Condenado por “indecencia grave y perversión sexual”, se le dio a escoger entre la cárcel y las inyecciones de estrógenos para tratar su “mal”. Turing, convencido de que no había cometido ningún delito, escogió el tratamiento. Engordó muchísimo y le salieron pechos, además de convertirse en un hombre impotente, en el amplio sentido de la palabra. Su muerte causada por intoxicación del cianuro en una manzana envenenada, dejó abierta la sospecha de un asesinato.

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La apuesta del movimiento de los “artistas cárnicos” sustenta y defiende la hipótesis de “la nueva carne”, como de “la puesta en cero”, con la esperanza de “librarse” de los enunciados tradicionales, que harían de la sexualidad el resultado de un imperativo cultural: aquel de la distribución de los goces respondiendo a un ordenador de la supremacía del pene como valor dominante. Confundiendo, al pene con el significante, malversan a Freud bajo la acusación de tener una ideología que retrasa el “avance” de la sexualidad. Y declaran que:

[...] llegará un día en que la transformación de género ya no se percibirá como un acontecimiento triste, penoso, vergonzoso y trágico, sino como un maravilloso milagro de renacimiento de la vida para seres desafortunados que han sufrido un género equivocado desde su nacimiento. Ellos esperan ansiosos el amanecer de ese día.

¿Es posible producir estas “revoluciones” transformadoras de la condición humana sin padecer la locura o el desborde propio de los desvíos de la ciencia? ¿Es posible el re-nacer de otro modo que no sea bajo la condición de esa insuficiencia humana en la que nacemos todos? Y por último, ¿cuántas variables son posibles de re-inventar para evitar la angustia existencial y anular al Otro del discurso por el que constituimos a nuestro Inconsciente?


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La transexualidad también concitará la atención de André Green 5. Al respecto, dirá que es la expresión de un conflicto entre el narcisismo y las pulsiones de destrucción que llevarían al sujeto a un enfrentamiento entre deseos convergentes y divergentes. Su salida la encontrará en un aplastamiento pulsional llevado a cabo por el narcisismo primario: un aniquilamiento del deseo sexual que arrastra también a la pretendida identificación sexuada y que dará como resultado, finalmente, un “género neutro”. Muchos autores llaman de este modo o con el término “angelismo” a la lograda identidad quirúrgica.
Los neutros o los ángeles, serían un intento de representar los cuerpos mutantes, que parecerían erradicar de este modo el deseo sexual; de no ser así, los llevarían nuevamente a la humanización de un hombre o de una mujer. Es decir, al encuentro con el punto de la angustia, ese punto sin remedio, que deviene del fracaso de la plenitud del goce.
Los cuerpos pesados, en tanto la gravedad de lo real no los aliviana, se evaden plenos de la ilusión imaginaria de lograrse incorpóreos, cuyo goce sexual les sea innecesario.
Ofrecidos sólo a la mirada, exhiben esta conversión hecha para el espectáculo. ¿Por qué será que en las “Manifestaciones de los derechos gay”, habrá tanto show de travestismo y de transexualidad, en el cual el espectáculo consista en un derroche de exhibicionismo y de actitudes feminoides exageradas y provocadoras? ¿Qué tendrá que ver eso con la homosexualidad y con una reivindicación de los derechos a las igualdades civiles y a la protesta contra la discriminación?
Resulta de todo ello una paradoja: y es que lo que se quiere lograr hará precisamente a su rechazo, puesto que la escenificación de emular a La Mujer será siempre fallida, en tanto ella no puede ser representada más que como obscena, caricaturesca y nunca lograda.
Este espectáculo es ofrecido con los ropajes extremos de un masoquismo lacerante a la mirada del Otro superyoico que, finalmente, condenará a los sujetos allí expuestos al destino de la poca cosa. Desde luego, esa “poca cosa” que jamás podrá ser confundida con los beneficios subjetivos que da la posición estructural, cuando se es sujeto $ atravesado por “la pequeña diferencia“.
Aquí se hace necesario ubicar a la homosexualidad en una posición estructural que soporta las encrucijadas de la distinción sexual, y que por ello se diferencia y se desprende del destino de la transexualidad y el travestismo, que insisten en el valor del órgano por encima del significante.

Llama la atención lo que muchos médicos investigadores a la hora de la intervención quirúrgica necesitan definir, para justificar la operación de reasignación de sexo, y es la condición de ser un “transexual verdadero”. ¿Qué carácter tendría aquí lo verdadero?
El “verdadero transexual” parecería guardar un paralelismo con la demanda de ser una “Verdadera Mujer”. Ambas posiciones, eluden la instancia psíquica subjetiva a favor de la verdad como certeza verificable. ¿Dónde tiene su punto de partida la certitud de la creencia: en el demandante o en el demandado?
Podríamos nombrar como real-signación (real-signo o resignación) el destino de muchos de estos sujetos objeto de los experimentos de la ciencia.
No podríamos aliviarnos al pensar que se debe efectivizar un corte en lo real (mutilación), para dar entrada al significante. Por el contrario, si la castración es amenaza, angustia, pérdida y finalmente operación significante, es porque nadie está dispuesto a perder lo que ama, lo que tiene valor y lo que hace semblante de potencia.
Es decir, la castración se lleva a cabo por el significante fálico, que introduce la función de terceridad en tanto elemento irreductible a cualquier condicionamiento y que evita todo deslizamiento a lo real.
El corte de un órgano como castración real, se hace sobre ese órgano que no fue simbolizado; y por lo tanto, tampoco amado por el sujeto. Se realiza sobre un órgano que molesta porque es “un agregado equivocado de la naturaleza”; un cacho de carne que sobra o que falta en su materialidad. El médico también lo cree del mismo modo.
Y por ello lo real-signa-signo, que no es significante.
Cambiar un órgano, es creer que se puede cambiar lo imposible por otro órgano que permitiría la ilusión de lo posible.


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Si la sexualidad, como el sexo, no pueden ser modificados a voluntad del “consumidor” (sus defensores: historiadores, feministas, médicos, transexuales, etc.) es porque nunca podría ser alterada, por ninguna ciencia y ni siquiera por el deseo mismo, la inevitable distinción sexual. Es ella responsable del efecto de estar siempre en menos (-) en cualquiera de las posiciones en que la que se encuentre el sujeto. Y es, también, su impostergable efecto el que marca a la diferencia sexual que deviene de la anatomía.
Ernesto Laclau, distingue en la tesis fundamental del pensamiento de Copjec,6 que mientras diferencias tales como las raciales, étnicas o de clase están insertas en lo simbólico, en el caso de la diferencia sexual tan sólo su fracaso está inscripto. La importancia –nos dirá– está en la noción de la representación de un límite absoluto, la de un objeto a la vez imposible y necesario.
Por ello, formularse la pregunta una y otra vez sobre qué es el sexo, determina una vez más que todo lo que se pueda decir al respecto, no sólo para tratar de definirlo sino para tratar de entenderlo, sería insuficiente. Insistimos: su dificultad está en la raíz de su constitución misma siendo él inaprensible al sentido. Como lo sintetiza Copjec:

[...] el sexo es el traspié del sentido [...] el sexo se produce a partir del límite interno, la falla de la significación […] donde las prácticas discursivas tropiezan.

Coincido también en las críticas a aquellos postulados sobre la sexualidad, por los cuales ésta dependería de discursos performativos y del dictado de la norma para el sexo. Siendo así, la sexualidad o el sexo mismo serían posibles de ser ordenados a priori. Por lo tanto, el significante que los marcaría sería aprehensible a un significado y no a la cadena asociativa y a la sobredeterminación, propia del malentendido. Por ello, la sexualidad freudiana siempre estuvo relacionada con el enigma, y no a la respuesta comunicativa ante la pregunta de qué es una mujer, pues Ello (ça) no se comunica. Es lo imposible de saber.
Copjec, basándose en las antinomias kantianas, define que el sexo no tiene otra función que la limitación de la razón; o sea, eliminar al sujeto de la esfera de la experiencia posible o del entendimiento puro.
Si no hay discurso que lo preceda no hay, entonces, performatividad; como no hay comunicación acerca de él; como no hay relación sexual.
El sexo se encontraría, precisamente, en la falla de todas esas intenciones: puesto fuera del campo de lo simbólico, por el real de su diferencia (-).
Para continuar, ¿cuál es la relación entre sexo y sujeto? ¿Y por qué el sujeto freudiano se nombra como sujeto sexuado?
El sujeto emerge de la falla y de la diferencia entre el sexo y la sexualidad. De ahí que cuando se trata de separarlo de su sexualidad, no es sin consecuencias para él. El sujeto en sí no es maleable por ninguna ideología, porque no se deja aprehender por ser efecto del significante, pero también por ser efecto de lo real. Como nos enseñara Lacan, su aparición siempre es incalculable y nos sorprende: en el lapsus, el acto fallido, el sueño, el síntoma, etc.
Una vez más, la enseñanza que obtenemos de la transexualidad es precisamente que allí la elección sexual ha caído bajo las intenciones de la maleabilidad de la ciencia. Sin embargo dijimos, que en muchos casos, el sujeto no se encuentra finalmente en un “acuerdo” con ese éxito obtenido; y denuncia de este modo que su sexualidad escapa a lo calculable en las buenas intenciones de la ciencia.
La noción de incalculable es propia del psicoanálisis y contraria a otros saberes. El primero parte de la idea de que “no todo puede ser dicho”. Por el contrario, una ciencia encuentra en lo que no puede ser dicho ni conocido su punto de partida para llegar al conocimiento.
Cuando desde el psicoanálisis nombramos sujeto sexuado, estamos diciendo sujeto fallado, producto de la falla; precisamente, lo contrario de que el sexo ya lo determine como sujeto identificado, aprehensible y calculable.
Si hay alguna identificación imaginaria posible es porque, ante la falla, la identificación es el modo de anclaje que el sujeto encontrará para hacer frente a un real que lo amenazará siempre con des-anclarlo. Recurso que no quiere decir que la identificación a la posición sexual se haya realizado, sino, más bien, que la in-calculabilidad se ha aprehendido de una calculabilidad.


6
Para concluir, la angustia por los resultados de identidades no logradas o los suicidios post-asignación, son los datos que tenemos de que el sujeto aún está a la espera de otro rescate: el de un discurso que lo cobije volviéndolo sobre las vías de cierta imposibilidad. Paradójicamente, esta posición es el recurso más logrado para soportar la existencia. De todos modos, ante esta realidad, los analistas debemos aceptar no haber encontrado suficientemente la salida de esta encrucijada que nos plantea la otredad contemporánea, cuando ella ha ocupado los escenarios sexuales, políticos, ideológicos, raciales.
Nuestra intención de responder, lo que se alcanzará también siempre a medias, se encuentra en el punto donde se cruzan varios caminos, y donde aquel que tomemos depende de nuestra subjetividad en juego. Porque, como en tiempos de Freud, la sexualidad no solo nos atañe sino que desafía a nuestro silencio.

(*) Para ser publicado en la página Web de la (AEHP), Barcelona. España.




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