Asociación
Europea
de Historia del Psicoanálisis

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LA CRISIS Y SUS EFECTOS EN LA SUBJETIVIDAD

 

Eduardo Braier[1]

 

                                                                 

                                                          “Si viéramos el capitalismo a distancia y este fuera

                                                                   una persona, diríamos que es un loco autodestructivo.”

                                                                   (Lluís Pasqual. Director teatral. Entrevista  en El

                                                                   Periódico, Cuaderno del domingo, 29 de enero del 2012).

 

                                                                        «En el mercado, los poseedores de bienes se relacionan

                                                                  con los demás sólo por la vía del intercambio. Por tanto,

                                                                  sus relaciones se enajenan y cosifican; se vuelven meras

                                                         relaciones entre cosas, lo cual se refleja incluso en el lenguaje.

                                                         En una ocasión, una camarera en un restaurante neoyorquino,

                                                         me dijo:  "Usted es el sandwich de rosbif y col, ¿no?". Todas las

                                                        relaciones humanas, en la sociedad capitalista, tienden a tornarse

                                                       cuantificables, medibles y empíricamente predecibles.» 

                                                       (Crimen delicioso[Historia social del relato policíaco], de Ernest

                                                       Mandel, ed. Textos sociales 1986, México.)

 

 

     

LA CRISIS

 

 Les hablaré de la grave crisis que estamos atravesando y de su incidencia en la subjetividad de los ciudadanos. Para ello debemos partir del hecho de que, además de económica, la crisis es política, social, humana y global, al afectar a países de Europa y a los EEUU. Es, pues, una “policrisis”, como dice Edgard Morin, que sobrellevamos desde hace ya casi cinco años.

 Crisis del capitalismo salvaje y global. A todo esto, Henry Kissinger, que en su largo y triste historial tanto ha contribuido a que se produjera esta crisis -un “buen” lapsus entonces habría sido pronunciar “crisi-nger”-, llegó a deslizar que el término “globalización” era una manera novedosa de nombrar la hegemonía estadounidense...

  Crisis que es cíclica y, como resulta obvio, técnicamente previsible (y ya no sólo desde las teorías marxistas), de dramáticas consecuencias, al hundir a millones de seres humanos en la desocupación y la pobreza, pasando por la exclusión hasta llegar a la marginación social; todo esto con su cortejo de desesperación, incertidumbre, indignación, o bien bajo una cada vez mayor sensación de impotencia, inermidad, resignación y desesperanza en la población.

 Vamos hacia una “financiarización” del mundo, que comprobamos resulta muy difícil de frenar. Es  inocultable la existencia de un poder financiero que manda sobre el poder político, lo que convierte a los distintos gobiernos en simples ejecutores de un plan devastador[2].

 Raffaele Simone, lingüista italiano, describe en su libro El monstruo amable (Simone, 2012) cómo el poder de la derecha actual, globalizada y mediática, se basa en un cambio tal que, en lugar de recurrir a los métodos violentos y represivos, domina en Occidente habiendo prometido la felicidad con una sonrisa e imponiendo un paradigma cultural que nos convierte en “gente que consume” (Simone, 2012; 2012a).

 He aquí, diría yo, la solapada violencia social del capital globalizado.

 

CONSECUENCIAS ECONÓMICO-SOCIALES

 

 Una sucinta enunciación de problemas, de los que cada uno de ellos de por sí demandaría largas consideraciones, sería: aumento del número de desocupados (en España, como todos sabemos, el total sobrepasa largamente los cinco millones); cierre de numerosas empresas; despidos masivos y abaratados; caída o congelación de los salarios; empleos precarios; miles de ciudadanos despojados de su vivienda o que no les alcanza para el alquiler,  privados además de protección social por inusitados recortes bajo la justificación de reducir el déficit, tanto del presupuesto en salud (hasta se cierran quirófanos) como en educación, áreas estas que debieran ser intocables; aumento del número de indigentes y de los índices de delincuencia; ciudadanos repletos de deudas que no podrán pagar; subidas de impuestos, recortes en cultura...Y un largo etcétera.

 Se llega a hablar de toda una generación perdida, en tanto a los jóvenes de hoy se les hace cada vez más difícil aspirar a un buen trabajo y  acceder a una vivienda en propiedad (todo lo cual potencia en ellos la tendencia a la evasión de la realidad a través de la adicción a diferentes tipos de drogas y al alcohol, que ya venía haciendo estragos, así como del escapismo del sexo compulsivo y banalizado, o incluso virtual, generándose nuevas adicciones). Buena parte de la  juventud hoy ya no piensa en ganar más sino simplemente en poder encontrar un empleo y en  conservarlo; aquellos que ya lo tienen suelen ser oprimidos y explotados. Muchos jóvenes tampoco aspiran a comprar una vivienda, sino a poder pagar un alquiler (con frecuencia sólo el de una habitación en un piso compartido...); ni a tener familia e hijos.

 Lamentablemente, son ya demasiados los casos en  los que sólo se trata de... sobrevivir...

 España tiene el mayor porcentaje en Europa de paro juvenil y de jóvenes ni-ni (ni trabajan ni estudian; muchos porque trabajo no encuentran y estudiar no provoca entusiasmo, ya que ello muy probablemente no les garantizará ni mucho menos una salida laboral).

 Cada vez son más los que, aún poseyendo una buena formación profesional, se ven forzados a migrar al extranjero en busca de mejores oportunidades laborales. La fuga de jóvenes cerebros pre- anuncia un futuro empobrecedor para el país, tanto en lo técnico como en lo intelectual, en las ciencias como en las artes; aún no nos damos suficiente cuenta de la magnitud que está adquiriendo todo esto y hasta dónde puede llegar.

 Para colmo de males en España se suma el riesgo de cercenamiento de derechos sociales ya adquiridos, como el matrimonio homosexual y el aborto, así como el incremento de la corrupción, con casos por todos conocidos (al menos eso: empiezan a conocerse), el enriquecimiento ilícito,  una nefasta reforma laboral que hace que las cuentas las tengan que pagar como siempre y sobre todo los trabajadores, el padecer la mayor brecha social entre ricos y pobres de toda la Unión Europea, los panegíricos a protagonistas de regímenes dictatoriales y criminales, la impunidad, la administración de una justicia a todas luces injusta y vergonzante a los ojos del mundo, que absuelve a los culpables y condena a los inocentes y justicieros (el mundo al revés; aunque se trata de algo lamentablemente remanido, ya anticipado por Discépolo, el filósofo popular de los argentinos, en las letras de sus tangos de la primera mitad del siglo XX)[3]...

 En Cataluña,  la marginación y la miseria se expresan en seres que arrastran carritos de supermercado  llenos de chatarra y de cartones, en barracas y chabolas que van apareciendo en plena ciudad, la mayoría de ellas en el distrito 22@ y, como si de una cruel ironía se tratase, en solares comprados por especuladores en plena burbuja inmobiliaria y ahora abandonados porque la crisis ha devaluado su precio de mercado (en abril una de estas  barracas se incendió y murieron cuatro de sus ocupantes). “Ni que decir tiene la ironía que supone que este barraquismo se concentre especialmente en la zona de la ciudad que debía ser símbolo de posmodernidad, diseño e innovación de la Barcelona del siglo XXI”, escribe Xavier Bonal, profesor de sociología de la UAB (Bonal, 2012).

 

 

EFECTOS DE LA CRISIS EN LA SUBJETIVIDAD

 

  Como es lógico que así sea, lo que se espera de mí es un discurso psicoanalítico antes que socio-político. Vamos allá.

 Desde una visión meramente descriptiva y atendiendo en primer lugar a sus efectos en el plano  afectivo,  la crisis nos muestra una población azotada por la ansiedad y el miedo (al paro, a los recortes, a la priMon, 13 Jan 2014 16:38:27 +0100ma de riesgo, al “corralito”), cuando no por el desasosiego o directamente el pánico, así como la humillación, la pesadumbre y la depresión, que amenaza en convertirse -si ya no lo es- en la enfermedad nacional[4]; también reinan la inseguridad, la incertidumbre, el descrédito, el sentimiento de desprotección, de impotencia, la indignación, la resignación y la desesperanza. Todo esto trae aparejado, entre otras cosas, el incremento de diversos tipos de adicciones, patologías del acto y psicosomáticas.

 Aumenta, claro está, el consumo de ansiolíticos y antidepresivos en la población, así como el del alcohol y las drogas.

 El índice de suicidios se ha disparado en varios países de Europa.

 

 Este viene siendo el desalentador panorama en salud mental a lo largo del año 2012.

 

 Ahora bien, ¿cómo podemos entender psicoanalíticamente lo que acontece en la intimidad del mundo psíquico de cada ciudadano, víctima de tamaña degradación y descomposición social?

 Partamos de reconocer la decisiva incidencia de la realidad exterior sobre la subjetividad, determinando estructuraciones y desestructuraciones en esta última. Efectuaré algunas consideraciones sobre el particular, haciendo especial hincapié en los efectos de lo que cabe  llamar el trauma social y también en los cuadros depresivos que se generan en muchas de las personas afectadas por  la crisis.

 Recordemos que el Estado de Bienestar nació en el Reino Unido en los años '40, inspirado en un programa de seguridad social que sirvió de base para su extensión a otros países de Europa, y que incluía cinco grandes temas: la seguridad social (monetaria), la sanidad, la educación, la vivienda y la política de pleno empleo.

 El Estado de Bienestar, gravemente herido por la crisis y a medida que la protección social es cada vez menor, corre el peligro de transformarse -si es que ya no estamos en él- en lo que podríamos llamar un Estado de Desamparo. Por ahora algunos periódicos hablan de un adelgazamiento del Estado de Bienestar...

 Las instituciones estatales pueden ser concebidas como subrogados de los objetos primarios de amor en su función protectora, de modo que en estas circunstancias lo que se moviliza es el sentimiento de desvalimiento de la población, al quedarse sin trabajo, sin dinero, vivienda o atención médica adecuada. Estos dramáticos hechos operan como situaciones traumáticas, con significaciones y respuestas diferentes en cada individuo, movilizando diversos tipos de ansiedades (de castración,  de separación, etc.),  pero sobre todo de aniquilamiento, en tanto sacuden los cimientos de la organización psíquica, al reactivar el trauma básico del desamparo. Es de suponer cuánto puede ello  desestabilizar  a  estructuras de por sí endebles e inestables como las fronterizas, por ejemplo, las que hoy en día, como todos sabemos, abundan en nuestra sociedad y pueblan nuestros despachos profesionales.

 En estas situaciones críticas  suele producirse  además una regresión yoica, por la cual el sujeto tiende a refugiarse en un estado narcisista ligado a las más elementales necesidades de autoconservación. Asistimos entonces a una suerte de degradación del narcisismo, en individuos que, por así decir, retroceden a un estado primario de egoísmo, en detrimento de un narcisismo más evolucionado que había traído consigo la instauración de ideales éticos, los cuales entrañan la preocupación por el semejante. Añadiría que ello puede llevar a muchos ciudadanos al aislamiento, alejándolos de la posibilidad de sensibilizarse ante el sufrimiento ajeno y de adoptar posiciones solidarias, en una situación de “sálvese quién pueda” que exacerba la tendencia a la salida individualista, a la manera del capitán del crucero italiano[5].

 Los proyectos de vida se ven asimismo inexorablemente afectados. La crisis de valores implica una verdadera crisis de los ideales, una suerte de aplastamiento de éstos.

 Otra respuesta es el inevitable incremento del mecanismo de la desmentida de esta realidad tan angustiante, como defensa extrema, de habitual observación en poblaciones que se han visto afectadas por las guerras, la represión y/o las crisis económicas[6].

 

 Cabe adentrarnos un poco en los estados depresivos que la crisis provoca, a fines de precisar  algunos de los mecanismos que pueden intervenir en su producción: 

 

a) Pérdidas debidas a la crisis: me refiero a los duelos en relación con las pérdidas de vínculos, tanto laborales como sociales, así como de lugares, roles e ideales, pérdidas todas debidas a la exclusión o a la  marginación social padecidas; desde luego, ha de incluirse aquí la falta de ingresos, en muchos casos hasta para cubrir las necesidades mínimas, así como el significado simbólico del dinero y otros bienes y por ende lo que con ellos se pierde. Pensemos, por ejemplo y sobre todo, en  los millones de parados, en los que la depresión es una consecuencia previsible y muy frecuente; o en empresarios arruinados que llegan hasta el suicidio. (Hecho particularmente notorio en Italia).

b) Caída de la autoestima: cabe subrayar los efectos específicos de la pérdida de contacto con personas que en su interrelación con el sujeto, a través del respeto, reconocimiento,  valoración, aprecio y/o admiración que le habían venido brindando,  lo dotaban de suministros narcisistas (H. Bleichmar, 1974),  como puede ser el caso de autoridades y compañeros laborales, o el de los espectadores para un actor, etc. etc. En ocasiones asistimos a un verdadero desmantelamiento de tales objetos en la vida del sujeto,  tan necesarios para sostener su autoestima; ocurre entonces algo semejante a lo que experimentan muchos inmigrantes en su nuevo destino, en especial si no tienen una buena inserción laboral y social.

 A esto se suma la acentuación del desfasaje existente entre el yo y su ideal, cuando, dadas las circunstancias adversas, este último se vuelve cada vez más inalcanzable. Ello afecta considerablemente el equilibrio narcisista, con la consiguiente disminución de la autoestima, siendo suficiente para provocar una depresión narcisista. Al respecto recordemos que, de acuerdo con  Freud (1933 [1932]),  el sentimiento de inferioridad deviene de los desajustes entre el yo y el ideal del yo. Pero en una sociedad en crisis no sólo opera el desaliento por lo inaccesibles que pueden resultar los ideales o la dolorosa renuncia a los mismos (imposibilidad de mantener un proyecto para el futuro), sino también directamente la ausencia de ideales, lo que conduce a la falta de expectativas, al desinterés y la apatía, parientes cercanos todos de la depresión[7];

c) Sentimientos de culpabilidad patológicos:  ante su difícil situación económico-social, debida por ejemplo a la pérdida del empleo o a la caída acentuada de los ingresos ocasionada por la recesión (precisa y lamentablemente, cabría ya hablar también de depresión en vez de recesión), algunas personas padecen  intensos sentimientos de culpa y autorreproches (los que son más ostensibles  en sujetos obsesivos y melancólicos); ellos experimentan las consecuencias de la crisis como si de un fracaso personal se tratase, cuando la razón fundamental es ajena a ellos  (pueden tener una buena  formación, buen rendimiento, experiencia, antigüedad, etc.), soliendo encontrar casi siempre, superyó sádico mediante, algún motivo para culpabilizarse acerca de lo que les sucede;

 d) Desequilibrios psíquicos producidos por acontecimientos de naturaleza traumática propios de la crisis: éstos, como ya he mencionado antes, conmocionan la de por sí precaria estructura de sujetos con patología de déficit, de las que la organización borderline constituye un paradigma. La amenaza real que implica la crisis provoca la consiguiente activación de traumas tempranos, disparando las angustias de aniquilamiento o de separación e incrementando, entre otros, los trastornos en la identidad y en la autoestima, pudiendo además intensificar los estados de desvitalización, apatía, tedio y/o depresión que suelen hallarse previamente presentes en estos individuos a modo de telón de fondo.

 

¿CÓMO HEMOS LLEGADO A ESTO? CAPITALISMO, SOCIEDAD  Y

   SUBJETIVIDAD

 

 En lugar de limitarnos a la crisis, convendría  que intentemos reflexionar acerca de cómo hemos llegado a esta situación.

 Yago Franco (2011) -de aquí en más pronunciaré siempre el nombre, Yago,  y no sólo el apellido, para que no vayan a creer por un instante que estoy por hablar de Francisco...-  destaca el hecho que la sociedad de una época participa decisivamente en la creación de la subjetividad. El históricosocial -nos dice- contribuye a darle a la psique una forma determinada,  más allá de las diferencias entre unos y otros sujetos. Sostener esto no significa necesariamente caer en un reduccionismo sociológico. El polo opuesto sería la exaltación de la idea de un individuo casi autista, que  sólo fuera pulsión y fantasía.

 El propio Freud se ocupó siempre de analizar la relación entre aparato psíquico y realidad exterior, dejándonos un valioso legado.

 Sobre la interrelación psique-sociedad ha insistido y profundizado un autor de cuyo fecundo pensamiento soy especialmente deudor en este terreno: Cornelius Castoriadis (1922-1997), filósofo y psicoanalista, pensador notable, de gran influencia en el Mayo Francés y al parecer vinculado a la famosa frase “la imaginación al poder”. Habiéndose relacionado con Lacan, importantes desacuerdos lo alejaron más tarde de éste. 

 Para Castoriadis, así como para Piera Aulagnier, que era su esposa, psique y sociedad son inseparables. Ambos autores han realizado importantes contribuciones metapsicológicas sobre este tema.  En el caso de Castoriadis, acaso su tesis principal se halle en su texto La institución imaginaria de la sociedad (1993), que nos habla de la creación -y también de la destrucción-, por parte de cada sociedad, de distintos mundos simbólicos. Este autor nos ofrece un abordaje desde el  que podemos analizar los efectos del capitalismo en la mente de las personas y en los vínculos sociales, para así entender cómo ha sido posible llegar a los extremos que hoy padecemos; lo veremos poco más adelante. A continuación expondré una secuencia de ciertos cambios esenciales y globales experimentados por la sociedad  occidental desde los años '20 del siglo pasado hasta  nuestros días y su repercusión en la subjetividad de los ciudadanos, precisamente a los fines de tener más elementos para analizar lo que acontece en el momento actual.

 

 1º. El malestar en la cultura

 Comenzaré con el modelo aportado por Freud en El malestar en la cultura, todo un icono entre los aportes del psicoanálisis para la comprensión de los problemas que aquejan a la sociedad. Recordemos que esta obra fue publicada en 1930, esto es, cuando los comienzos de la crisis económica mundial a la que arrastró el capitalismo de entonces; y coincidiendo además con el aumento del poder de Hitler, que ya empezaba a evidenciarse.                  

 Freud nos habla allí de un malestar, inevitable y también soportable, al tiempo que necesario, en especial relación con la coartación de impulsos sexuales a que obliga la cultura. Pero  para explicar dicho malestar se refiere también allí a la incidencia en cada sujeto de la pulsión de muerte, la que se traduce en la hostilidad hacia los demás, así como a la conformación del superyó, el masoquismo originario, el sentimiento inconciente de culpabilidad -que la religión incrementa- y a la consiguiente necesidad de castigo; todo lo cual hace que hace la agresividad, en principio dirigida hacia los demás, se vuelva contra el propio yo.  Lo aquí citado en realidad formaría parte de “un infortunio común” (Y. Franco, 2011), a su vez compensado por un bienestar proveniente de la  inserción del individuo en la cultura (“Bienestar mínimo”, en términos de Y. Franco). Es que dicha inserción ofrece al sujeto tanto relaciones objetales, en las que éste puede en parte liberar sus pulsiones sexuales y  agresivas,  como -y aquí ya viene algo señalado por Castoriadis-  “objetos para la sublimación” y “modelos identificatorios” (Castoriadis, 1993),  lo cual a su vez configura un entramado simbólico.

 Con Castoriadis (1993) cabe pensar que cada  sociedad crea un magma de significaciones imaginarias sociales que orienta el sentir y el hacer de los sujetos que la integran, dada la incidencia de los valores, los hábitos, el ordenamiento sexual, etc. Se trata de un sentido instituido que es incorporado y que condiciona la estructuración psíquica, la que a su vez posibilita al sujeto el acceso a la cultura. Habiendo en éste capacidades identificatorias y sublimatorias surgirán también satisfacciones en relación con los ideales establecidos intrapsíquicamente y con  el logro de aceptación y reconocimiento por parte de la sociedad.

 Castoriadis escribe además que tal entramado es heterogéneo como la sociedad misma, siendo producto de un determinado procesamiento psíquico en cada sujeto. Así, el resultado en un individuo -siempre siguiendo a este autor- en cuanto a su relación con este magma de significaciones imaginarias sociales instituido en la subjetividad, puede ser la alienación o la autonomía, o bien, lo que sería más frecuente, la producción de modalidades mixtas.

 Mientras las instituciones mantengan -aunque sólo fuera en parte- una función de amparo,  esta cultura será esencialmente protectora del sujeto; y lo será aún cuando constituya un caldo de cultivo propicio para las neurosis, dado que se establece sobre la base de una situación inevitablemente conflictiva y propia de la relación del ser humano con la civilización.

 La neurosis histérica, así como la fóbica  y la obsesiva, fueron precisamente las expresiones psicopatológicas prototípicas de la cultura en los tiempos de Freud, y que éste pudo estudiar en profundidad. Actualmente siguen existiendo, por cierto, aunque con matices clínicos un tanto distintos,  moldeadas por los cambios que ha venido experimentando nuestra cultura.

 

2º. El avance del modelo capitalista

 ¿Cómo continúa esta historia en el mundo occidental? El sistema capitalista ha ido penetrando, acrecentando y ampliando su poder en las imperfectas y frágiles democracias, haciendo verdaderos estragos. Ni qué decir, siguiendo el orden cronológico de los acontecimientos, de la crisis del sistema en 1929, que se extendió durante diez años (la llamada “década infame”) y que tuvo una nefasta repercusión mundial. Al respecto tengamos claro que el mantenimiento del llamado Estado de Bienestar ha sido posible pese al capitalismo y nunca gracias a él sino a una sostenida defensa de los derechos humanos.

 Ahora corresponde  analizar especialmente la relación entre capitalismo y subjetividad.

 Coincido una vez más con Y. Franco (2011) cuando escribe que si bien en los años sesenta y en parte de los setenta hubo  movimientos globalizados sumamente interesantes, tanto sociales como artísticos, intelectuales y políticos, impulsados por ideales que tendían a crear una sociedad diferente,  a mediados de los '70 comienza en cambio a notarse cada vez más que la subjetividad propia del modelo descripto por Freud se ve interferida -e invadida, diría también yo- por la instauración de una subjetividad distinta y antagónica,  impuesta por el sistema capitalista.  

 Para intentar comprender en qué consiste esta nueva forma de subjetividad acudiremos en primer término a Castoriadis. Éste pone el acento en la significación imaginaria que intenta imponer el capitalismo, “...que compele, dice Y. Franco (2011) -entusiasta seguidor de las teorías de este pensador-, a producir más, acumular más, ganar más, consumir más...”. Desde una perspectiva lacaniana Y. Franco (2011) añade que esto empuja al goce en el consumir, bajo una promesa de lo ilimitado, la cual a su vez  se sustenta en el rechazo de la castración [8] .

 Aquí quiero citar textualmente todo un párrafo de Y. Franco (2011) quien, apoyándose en Castoriadis, resume con meridiana claridad algunos de los principales efectos del capitalismo en la subjetividad:

 

 “[...] el capitalismo logró instituir de modo universal la certeza en el desarrollo ilimitado de las fuerzas productivas y de la producción, en el dominio de la naturaleza y de la técnica, instilando sed de consumo y de posesión de dinero, y haciendo equivaler este conjunto a la felicidad. Logró que se dé por natural dicho estado de cosas. Fundamentalmente, logró instituir a la economía en el centro del imaginario social, y logró plasmar un mito: el del desarrollo. Estas significaciones, incorporadas a la subjetividad, dieron origen a un sujeto reproductor, a su vez, del capitalismo.”

 

 En las últimas décadas del siglo XX comenzaba, pues,  a globalizarse un sujeto privatizado y conformista (Castoriadis, 1990), “... ligado al confort, al consumo, al abandono de los asuntos políticos /públicos” (Y. Franco, 2011).

 Castoriadis (1999) señala que el imaginario capitalista se basa en la racionalidad técnica. Por mi parte diría que el mismo conduce a hacer del pragmatismo extremo y degradado una virtud. Tenemos la oportunidad de observar sus consecuencias en nuestros propios despachos y en no pocas personas. Sufrimos -no hay otra expresión más adecuada quizás que esta- como terapeutas en más de un sentido a lo largo de nuestra labor, situación que nos lleva a ejercitar al máximo nuestra paciencia, ante la superficialidad, la pobreza del pensamiento de algunos pacientes, imposibilitados de captar significados que vayan más allá de lo tangible. Es que este pragmatismo es la expresión de una particular crisis, la crisis de la imaginación y del pensamiento creativo, capaz de llevar a un progresivo deterioro de la subjetividad. Ante alguien que intenta pensar, reflexionar, interrogarse e indagar, escuchamos cada vez más aquello de “no te comas el coco”, o “no le des más vueltas”, “te enrollas demasiado”, etc. El lenguaje, ordenador de la sociedad y de lo psíquico,  se ve amenazado ante la posibilidad de su progresivo empobrecimiento; amenazado sobre todo en cuanto a la traducción de significaciones y a una destrucción de las significaciones contenidas en las palabras, lo que conduce a una destrucción del pensamiento. Palabras como “ciudadano”, “estado”, “verdad” o “justicia” quedan reducidas a un código limitado, decidido y regido por el poder, como también sucediera en la Rusia de Stalin (Castoriadis, 1981).

 Escribe además Castoriadis (1997) que en el sistema capitalista la significación consiste sobre todo en disfrutar del consumo de objetos[9]. Lo demás es insignificante, entendiendo por insignificante algo que carece de sentido y también como sinónimo de lo superfluo. El riesgo es que ello acabe produciendo un sujeto y una sociedad  insignificantes.

 “La educación es vivida como una carga -tanto por alumnos como por docentes-, y los valores y normas son reemplazados por un elogio del nivel de vida, […], el confort, el consumo, que ocupan, junto con el dinero, el vacío de significaciones”, señala Y. Franco (2011). Guillermo Bodner (2012) nos recuerda además que la ideología del fundamentalismo neoliberal se ha venido imponiendo en el mundo académico.

 Lamentablemente, creo que estamos asistiendo a lo que sería un avance progresivo de la insignificancia tal como la describe Castoriadis (1997), lo que implica una destrucción de significaciones.

 Personalmente considero que desde el punto de vista metapsicológico estos hechos pueden ser comprendidos, aunque sólo sea de modo parcial -ya que la cuestión es más compleja-  a la luz de  los procesos de sobreinvestidura de determinadas representaciones (objetos de consumo, por ejemplo) y de desinvestidura de otras, que pasan a ser desestimadas o directamente ignoradas, todo lo cual es impuesto por el sistema a la ciudadanía desde los más diversos contextos y por distintas vías con persistente insistencia, hasta convertirse en una constante que deviene  realidad cotidiana imperante y característica de la sociedad.

  La imposición de la citada significación imaginaria social, impulsada por el capitalismo, que empuja al consumo compulsivo y que tiene claros efectos des-humanizantes y des-socializantes (porque el individualismo que se genera impide la realización de proyectos colectivos, precisamente por desinvestidura de las instituciones sociales, despojadas de su validez), se ha visto especialmente incrementada desde los años '90 en adelante, con un decisivo papel jugado por la educación, así como por la propaganda. Acerca de  esto último digamos que es a través de los medios masivos de comunicación, en especial los visuales, que se materializa la tentativa de “homogeneizar el sentido totalmente instituido” (Y. Franco, 2011) e imponerlo a los ciudadanos en su subjetividad y con la expectativa que estos contribuyan a reproducirlo, dando lugar a comportamientos uniformizantes. En los últimos años ciertas  características de estas transmisiones han ido en aumento, tales como la velocidad y la saturación de información (Y. Franco, 2011). Todo esto es comprobable ya sea en la televisión como en internet, los móviles, la radio, los periódicos y revistas, el cine, etc. y, desde luego, el discurso se ha instaurado en las relaciones humanas[10].

 La propaganda insta a comprar hasta las cosas más inútiles, mientras los artefactos caducan cada vez más rápidamente (obsolescencia programada, que le llaman); y siempre nos quieren hacer sentir que algo nos falta, que vivimos en un estado de falta, lo que va unido a la promesa de cubrirla (Y. Franco, 2011). Entre otras cosas, muchas personas se han visto empujadas por la ola compradora y, como suele decirse, “se han hipotecado de por vida” comprando una vivienda que, finalmente y dada la catástrofe económica que les ha supuesto la crisis no han podido seguir pagando, han sufrido el desahucio y el banco se ha quedado con ella.

 3º. La crisis actual

 

 Las crisis económico-sociales que el capitalismo ha provocado han venido atacando y socavando las distintas piezas que conforman la organización psíquica desde la perspectiva descripta inicialmente por Freud, amenazando con desestructurarla del todo, proceso en cuyos pormenores no me será posible entrar demasiado. A cambio de ello cabría remitirnos a lo que Piera Aulagnier llamó “violencia secundaria” (Aulagnier, 1975). De dicha violencia  sólo diré que el sujeto experimenta el ataque de su yo a sus posibilidades significantes e identificatorias, con la consiguiente amenaza sobre su “proyecto identificatorio”, de acuerdo con los términos empleados por esta autora. (Hay sobre todo un trastrocamiento del ideal del yo, lo que conlleva una desorganización del psiquismo, especialmente en lo que concierne a la tramitación de las pulsiones)[11].

 La crisis es entonces, metapsicológicamente hablando y al decir esta vez de Cornelius Castoriadis, una “crisis de significaciones” (Castoriadis, 1997), que coincide con la crisis de las instituciones sociales.

 Es cuando Y. Franco (2011) señala el pasaje del infortunio común  a un  “más allá” del malestar en la cultura. Siguiendo los pasos del Freud de El malestar..., Y. Franco desarrolla asimismo un pensamiento sumamente interesante, que atañe a las transformaciones que entonces sufre la dialéctica de la pulsión de muerte vinculada a la relación del sujeto con sus semejantes y la cultura. La depositación de la pulsión de muerte en la relación con los semejantes y las instituciones de la sociedad que hasta entonces existía, se ve así dificultada o impedida, al decir de este autor, debiendo por ende ser introyectada. Entre otras cosas, ello puede producir efectos nocivos sobre el cuerpo. Al respecto menciona que entre  psicoanalistas de Buenos Aires que se hallan en conexión con médicos, existe un amplio consenso en lo que respecta al registro en las últimas décadas de un ostensible aumento en la población de patología somática (infartos, hipertensión, úlceras, alergias, etc.).

 Aquí hemos también de considerar el riesgo de caída catastrófica del Estado de Bienestar o protector, hoy considerablemente afectado, en lo que he dado en denominar un estado de Desamparo, el cual se traduce en la desestabilización o aún la desaparición de instituciones protectoras del sujeto.

 En estrecha relación con esto quiero formular lo siguiente: todos sabemos que en la actualidad los profesionales de la salud mental ya no hablamos tanto de neurosis como de trastornos no neuróticos, más graves, que afectan a buena parte de la población consultante, de los que los cuadros fronterizos, como antes dije,  configuran el paradigma; y como no podría ser de otro modo, ello  admite una analogía y una cierta relación entre el estado de Desamparo y la naturaleza de las  perturbaciones psíquicas de la población, puesto que éstas corresponden a una patología esencialmente de déficit, vale decir, de carencias antes que de conflictos, a diferencia de lo que acontecía con el modelo freudiano de la trama psíquica, el cual  respondía a una cultura provocadora de una patología predominantemente neurótica y, por ende, menos grave. La clínica psicoanalítica ha tenido, pues, también su crisis, que comenzó bastante tiempo antes de la actual crisis económica: la crisis de paradigma, pasando de las neurosis a los casos límites, rozando pero también ampliando las fronteras mismas del psicoanálisis en tanto método terapéutico. Sigo pensando que, dentro de las series complementarias, el elemento decisivo en la psicogénesis  de esta patología viene siendo el marcado déficit de las funciones parentales en la sociedad actual, habida cuenta del papel determinante que cumplen los progenitores -o sus sustitutos- en la estructuración psíquica del sujeto. Distintos cambios, tanto económico-laborales como sociales y culturales, han producido  el  deterioro de dichas funciones, con los resultados que están a  la vista.

 

 Parafraseando en parte a aquel político español adscripto al sistema capitalista -y de un poder hasta hoy nada escaso, por cierto, dentro de su partido-, diría: “Estamos mal... y vamos mal.”

 

LA DESTRUCTIVIDAD HUMANA

 

 Sabemos quiénes son los principales responsables de esta crisis. Obviamente, es ilusorio esperar que algún día motu proprio rectifiquen, que corrijan el rumbo, que tengan la grandeza de renunciar a tan inhumana e impiadosa explotación y a sus ingentes beneficios económicos; en suma, que renuncien al poder que detentan, mientras que sumergen en el hambre, la enfermedad y la muerte a millones de personas. Y es igualmente ilusorio creer  que en breve plazo los seres humanos seamos capaces de cambiar saludable y radicalmente el sistema que rige la distribución de la riqueza y por ende los destinos del planeta. Además, por desgracia, la historia de la humanidad nos demuestra que distintos sistemas de gobierno también han fracasado, poniendo en evidencia que es el hombre, con su potencial de destructividad el que fracasa, el que ha hecho que en definitiva se malogren incluso las que en principio se perfilaban como causas basadas en ideales al servicio del progreso y el cuidado de la humanidad y de la naturaleza; para no hablar de las infaltables guerras de turno, que siembran la muerte y la destrucción.

  Sabemos también cómo pensaba al respecto el padre del psicoanálisis. No por conocida he de omitir de citar la frase en la que explicita rotundamente su posición, ya que en este contexto considero conviene recordarla:

 

  “ […] el ser humano no es un ser manso, amable, a lo sumo capaz de defenderse si lo atacan, sino que es lícito atribuir a su dotación pulsional una buena cuota de agresividad. En consecuencia, el prójimo no es solamente un posible auxiliar y objeto sexual, sino una tentación para satisfacer en él la agresión, explotar su fuerza de trabajo sin resarcirlo, usarlo sexualmente sin su consentimiento, desposeerlo de su patrimonio, humillarlo, infligirle dolores, martirizarlo y asesinarlo. Homo homini lupus: ¿quién, en vista de las experiencias de la vida y de la historia, osaría poner en entredicho tal apotegma? ”. (Freud, 1930 [1929]).

 

LA RESPUESTA A LA CRISIS DESDE EROS

 

 Sin embargo, otras respuestas ante la crisis son posibles en lo inmediato, como la rebelión pacífica por medio de movilizaciones colectivas, de la que es un claro ejemplo el movimiento 15-M. Surgido en España, especialmente en la Puerta del Sol de Madrid y en la Plaza Cataluña de Barcelona, acaba de cumplir un año de existencia; en mi opinión implica la toma de conciencia de la responsabilidad que le cabe a cada ciudadano en los destinos de su país y en cierta medida del mundo y,  acudiendo nuevamente a la perspectiva de los afectos, la asunción de su derecho a indignarse, así como la comprobación del poder que puede adquirir la ciudadanía cuando se une y se compromete a luchar contra la adversidad. Si hemos de entenderlo de acuerdo con la última de las teorías pulsionales freudianas, diría que esta sería una buena muestra de la acción de las pulsiones de vida, ante tamaña destructividad que nos invade. Esta cohesión de la masa, nacida de un movimiento espontáneo y pacífico que defiende la idea de una democracia más participativa, bien puede atribuirse a Eros (Freud, 1920; 1921); a lo dicho hay que sumar que esta desobediencia de parte de la sociedad -y especialmente de los jóvenes- es lo contrario del sometimiento (de allí lo de insumisos).

 El movimiento 15-M, cuyas recientes movilizaciones y declaraciones demuestran que continúa vivo, se ha inspirado en las palabras de Stéphane Hessel, un anciano de 95 años, contenidas en ¡Indignaos! (Hessel, 2010), un breve texto que ha recorrido el mundo, escrito y publicado hace menos de un año y medio. El propio  Hessel se nos presenta como una cabal, formidable  representación de Eros; diría que ello es así hasta el asombro, no sólo por ser el autor de un alegato que exhorta a la insurrección pacífica (como la de Mandela, como la de Luther King), sino por  la vitalidad, la lucidez, la esperanza y la solidaridad con los pobres y oprimidos del mundo que demuestra a tan avanzada edad, con -además- una sorprendente biografía personal, la cual le otorga sobrados derechos a hacer oír su voz. Entre otras cosas, recordemos que desde 1941  fue miembro de la Resistencia francesa; que escapó no en una sino en dos ocasiones de una muerte segura de los campos de concentración alemanes; que en 1948 formó parte del equipo redactor de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, siendo el único de dicho equipo que permanece  vivo y que, si bien es judío, se ha convertido en un activo defensor  de la causa palestina.

 José Luis Sampedro Sáez, otro ilustre y venerable anciano de la misma edad que Hessel  (tenemos el honor de que haya nacido en Barcelona), escritor, humanista y economista de lúcido pensar, que comparte con Hessel sus principios, nos lo presenta en el prólogo de la versión castellana de ¡Indignaos! (Sampedro, 2011a) como lo que es, un eterno luchador. Hessel despierta nuestras conciencias para que evitemos permanecer indiferentes, nos alejemos del derrotismo y la resignación, nos indignemos y a continuación nos comprometamos (Hessel, 2010; 2011) contra la dictadura de los mercados. Sampedro, que a lo largo de su vida  ha venido criticando desde una perspectiva humanista el neoliberalismo y las atrocidades del capitalismo salvaje, cita también como referente a Gandhi y al canto de Raimon contra la dictadura: Digamos NO. (Sampedro, 2011 a)[12].

 Asimismo, Hessel señala la dificultad de indignarse y rebelarse ante un poder cuyas cabezas no son claramente visibles y en el que los responsables viven en un mundo que es interdependiente. Nuestro colega Bodner (2012) puntualiza también este aspecto, y al respecto cita a Klima, ensayista checo, quien señala: “A diferencia de los anteriores usurpadores de poder, estas estructuras de poder  no tienen rostro ni identidad. Son invulnerables a los golpes y a las palabras. Su poder es quizá menos ostentoso, menos abiertamente declarado, pero es omnipresente y no cesa de crecer” (Klima, 2010).

 

 

 A todo esto, en Cataluña venimos observando las diversas manifestaciones de la población a través de actos de protesta sin violencia a cargo de distintos colectivos contra medidas del gobierno de turno que atacan los más elementales derechos del ciudadano, como los relacionados con la salud, la vivienda, el trabajo y la educación.

   Lamentablemente, la represión policial, con claros fines intimidatorios, ha sido  la violenta respuesta de los súbditos del poder en varias de las concentraciones populares efectuadas en Barcelona y Madrid, así como en otras ciudades de Europa, de EEUU y de Israel, concentraciones que han estado organizadas  por agrupaciones inspiradas en el movimiento 15-M (Ocupa Wall Street es su réplica estadounidense). Para descalificarlas, el poder pretende instalar en el imaginario colectivo la asociación protesta social-violencia destructora, incriminando a la izquierda política y cultural en actos de vandalismo a cargo de grupos minoritarios, como acertadamente señala el historiador Joaquim Coll (2012).

 Por otra parte, en su Psicología de las masas... (Freud, 1921),  el creador del psicoanálisis, partiendo de las ideas de Le Bon, describía  el funcionamiento de aquéllas bajo la conducción de un líder; pero también nos hablaba allí de la posibilidad de que el conductor fuese reemplazado por una “idea rectora”. En el movimiento 15-M el desafío consiste en mantener la cohesión, la organización  y la perdurabilidad, y sobre todo lograr finalmente un resultado eficaz como producto de la acción mancomunada de un grupo humano que intenta defender las conquistas democráticas basadas en la libertad, la igualdad y la justicia, esto es, impulsado por un ideal común; prescindiendo -hasta donde ello fuera posible- de un liderazgo personificado en determinados individuos y de una estructura verticalista, como una fórmula contraria a las de los inútiles cuando no corruptos líderes y grupos políticos; el desafío es aún mayor habida cuenta de que el movimiento dista de ser homogéneo, hallándose integrado por personas de diferentes ideologías. Como vemos, es este un asunto tan importante como de incierto resultado, que invita a seguir reflexionando en torno de la psicología de las masas. En la obra que Freud dedica al tema se refería especialmente a ello. Escribe entonces:

 

 “Sobre todo, habría que ocuparse de la diferencia entre las masas que poseen un conductor y las que no lo tienen”.

 

  Prosigue planteando un interrogante:

 

 “Cabe preguntarse, además, si el conductor es realmente indispensable para la esencia de la masa...” (Freud, 1921).

 

 Más adelante destaca el “... papel del conductor dentro de la masa”. Dice acerca de esta última:

 

 “Todos los individuos deben ser iguales entre sí, pero todos quieren ser gobernados por uno. Muchos iguales, que pueden identificarse entre  sí, y un único superior a todos ellos: he ahí la situación que hallamos realizada en la masa capaz de sobrevivir”.

 

 Pensamos: de ahí la creencia en la existencia de Dios (y de los diferentes dioses), del poder del Santo Padre, de la existencia -y persistencia- de las monarquías, todo lo cual permanecería sostenido por esta necesidad.

 

 Y Freud acaba remitiendo al ser humano a un animal de horda:

 

“ el miembro de una horda dirigida por un jefe” (Freud, 1921).

 

 Para Freud la horda primordial, de la que, partiendo de una conjetura de Darwin, nos habla en Tótem y tabú (Freud,1913 [1912-13]), es una estructura que se reproduce indefectiblemente en toda masa humana.

 

 El debate continúa abierto.

 

 Veremos si el movimiento internacional en pos de recuperar, defender, mantener y mejorar los derechos humanos adquiridos sobre todo en la segunda mitad del siglo XX, prospera de algún modo, instrumentando mecanismos de protesta y de poder ciudadano desde su condición de movimiento autónomo y anticapitalista.

 

 En esta sociedad del dinero se trata básicamente de eludir, como menciona Sampedro (2011), el  “[…] consumismo voraz y […] la distracción mediática [···]”; y -sobre todo- agregaría yo: de que podamos pensar con libertad, para así  mantener una actitud sanamente crítica, abierta a nuestras posibilidades creativas y poder actuar de acuerdo con ello, haciendo oír nuestras denuncias y protestas, estableciendo redes solidarias internacionales y bregando por una economía social.

 La educación, tan venida a menos, será siempre clave para lograr una sociedad basada en otros valores.

 Así podremos sostener la esperanza.

  En lo que respecta a los psicoanalistas, hemos de aspirar también a que el psicoanálisis adquiera un lugar  más valorado en su aporte al cambio social. Ello provendrá de la extensión de sus procedimientos terapéuticos, representados por el método clásico y sus variantes, esto es, como psicoterapias de orientación psicoanalítica, propendiendo a la reflexión crítica en el sujeto y en definitiva a propiciar su libertad respecto de las imposiciones y opresiones externas e internas. En este sentido, cabe además recordar lo que Pichon Rivière reiteraba en torno a la importancia y alcance de la labor terapéutica cuando  los tratamientos atañen a seres que pueden ser considerados agentes de cambio en la sociedad (como es el caso de los educadores, por ejemplo). En suma, la posmodernidad no tiene que anular ni mucho menos la existencia del psicoanálisis. Por el contrario, frente a una cultura en la que impera una ideología del presente,  más que nunca el psicoanálisis ha de seguir ofreciendo un espacio para la introspección y el descubrimiento, para conectar el presente del sujeto y de la sociedad con su  historia y poder además pensar en las perspectivas futuras; para defender la humanización, amenazada por el paradigma del consumo, del que tampoco se salva la salud en general ni mucho menos la salud mental en particular, convertida también esta última en un artículo de consumo, DSM mediante, por el que se pretende imponer alevosamente una “medicalización de la vida” (FCCSM, 2011).

 Asimismo cabe valorar las contribuciones teóricas que, como las de los autores psicoanalíticos mencionados en esta ponencia, brindan su grano de arena para una mejor comprensión de la naturaleza de los males que enferman a nuestra sociedad, y que hemos de lograr que lleguen a la opinión pública a través de los distintos medios de comunicación; es lo  que solemos llamar psicoanálisis aplicado. (La denominación “psicoanálisis implicado”, tan sugerente, que suele emplear un analista argentino, Alfredo Grande, para circunstancias como estas, parece asimismo muy apropiada). Ahora bien,  todo esto será posible si los que detentan el poder nos lo permiten y en tanto los analistas demostremos una voluntad de participación activa en los destinos de nuestra civilización, tanto como ciudadanos comunes desde nuestro compromiso moral y político como  desde nuestra propia profesión, desde la que estoy seguro que tenemos mucho que decir y ofrecer. Por algo el sistema capitalista (en especial las empresas farmaceúticas en este  caso) viene tratando tan insistentemente de descalificar al psicoanálisis y, de ser posible,  de hacerlo desaparecer de la faz de la tierra.

 Ante el avance de la insignificancia, Castoriadis (1997) contrapondría el recurrir al trabajo de los intelectuales (¡qué importantes, digo yo, son los pocos pensadores con los que cuentan los países occidentales!); también a la acción de las artes y del psicoanálisis para crear nuevas significaciones. (En este sentido tenemos un estupendo ejemplo, muy cercano y fresco en el nuevo proyecto de Xoroi, librería que siempre ha constituido un baluarte del movimiento psicoanalítico en Barcelona y en Cataluña toda. Dicho proyecto jerarquiza la creación de un espacio para la realización de actividades vinculadas con el psicoanálisis y las artes en sus diversas manifestaciones). Todo esto, claro está,  aunado  a la imperiosa necesidad de que los hombres de la política puedan trabajar en pro de gobiernos autónomos y auténticamente democráticos, capaces de defender la libertad y la justicia, de políticas sociales y laborales que conduzcan a la inclusión social de la población.

 No tendríamos que considerar la posibilidad de un cambio como algo utópico. O, en todo caso, deberíamos aferrarnos a lo que parecería ser una utopía.

 “¿Para qué sirve la Utopía?”, cuenta el escritor uruguayo -notable pensador- Eduardo Galeano que, estando él presente, le preguntaron a Fernando Birri,  emblemático cineasta y teórico argentino. Y éste contestó: “Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré. Para qué sirve la Utopía? Para eso sirve: para caminar” (F. Birri, citado por E. Galeano, 1994).

 

 

UNA PREGUNTA SIN RESPUESTA

 

 Nos preguntamos: ¿despertará en algún momento la conciencia de los hombres de las grandes instituciones internacionales  para apelar a una “estrategia mundial” que frene tanta destructividad, como quiere Hessel? (Hessel, 2011). Ello nos conduce al interrogante sin respuesta con el que culmina Freud su célebre ensayo El malestar en la cultura, cuyos  renglones finales -interrogante incluido- deseo citar:  

 

 “Hoy los seres humanos han llevado tan adelante su dominio sobre las fuerzas de la naturaleza que con su auxilio les resultará fácil exterminarse unos a otros, hasta el último hombre. Ellos lo saben; de ahí buena parte de la inquietud contemporánea, de su infelicidad, de su talante angustiado. Y ahora cabe esperar que el otro de los dos “poderes celestiales”, el Eros eterno, haga un esfuerzo para afianzarse en la lucha contra un enemigo igualmente inmortal. ¿Pero quién puede prever el desenlace?” (Freud, 1930 [1929]).

 

 

   En suma, podemos formularnos esta pregunta de un modo sintético: ¿Quién triunfará, Eros o Tánatos?

  El texto de Freud parece escrito hoy. Sin ignorar los extraordinarios progresos tecnológicos, así como los de la medicina, por ejemplo, lamentablemente y desde entonces la historia tanática de la humanidad no ha cambiado demasiado, si es que en más de un sentido no ha empeorado. Podríamos decir que así fue a todo lo largo del siglo veinte y, parafraseando a Discépolo, “... en el 2000 también”; para ser más precisos digamos que esto es así hasta hoy, transcurrida más de una década de este siglo XXI que venimos transitando. El muy conocido “Cambalache”,  tango “de protesta” en el que Discépolo nos habla del mundo de su época y que también parece como si hubiera sido escrito hoy, veía la luz sólo cinco años después de la publicación de El Malestar en la cultura. No es casual -nada lo es- que tanto el trascendente y denso texto de Freud como el breve y contundente mensaje de Discépolo  coincidieran en el tiempo con la terrible crisis económica que,  iniciada precisamente en 1929 en Wall Street -que hoy sigue siendo el centro del capitalismo colectivo mundial- con el crac de la bolsa, se abatió sobre el mundo  hasta los comienzos de la Segunda Guerra Mundial, en 1939.

 Ante esta nueva crisis del sistema capitalista estadounidense, uno no puede dejar de pensar en la hipótesis de una compulsión de repetición más allá del principio de placer, tributaria de la pulsión de muerte (Freud, 1920).

 A ver si nos desatascamos, y alguna vez dejamos de tropezar con la misma piedra. (Léase capitalismo salvaje).

 En el mejor de los casos cabe pensar: ¿cuántas generaciones habrán de pasar hasta que pueda sobrevenir un verdadero cambio?

 Pese a todo lo dicho, hemos de sostener la esperanza y no caer en un pensamiento apocalíptico. 

 Hemos de creer aún que otro mundo es posible.

 La crisis  en verdad deseable no es otra que la crisis del paradigma dominante.

 Para salvar a nuestra civilización necesitamos un nuevo paradigma.

 

 (En cuanto a la referencia a Enrique Santos Discépolo, vaya también como un pequeño y simbólico homenaje personal que deseo brindar a quien todos reconocemos como, si bien no el único, el principal artífice de iPsi, el doctor Valentín Barenblit, al que sé un admirador de la obra de este poeta popular y que me honra con su generosa y añosa amistad).

 

                                                                                Barcelona, 19 de mayo de 2012.

                                                                     

 

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                             dominical, El Periódico de Cataluña, 26-02-12.



[1]     Psiquiatra. Psicoanalista. Miembro Pleno de la Asociación Psicoanalítica Internacional. Docente de iPsi. Miembro y docente de Gradiva (Barcelona). Miembro de la Asociación Europea de Historia del Psicoanálisis (AEHP).

      E mail: eabraier@telefonica.net

[2]    El documental “Inside Job” (2010), del director Charles Ferguson,  es una muestra notable y contundente de cómo ha venido operando este poder financiero.

[3]    Al menos tenemos una buena noticia: el cese de la violencia terrorista de ETA.

[4]    Ciertos datos epidemiológicos permiten prever que la depresión será la segunda causa de discapacidad en Cataluña en 2014 y la segunda causa de enfermedad en 2020, detrás de la cardiopatía isquémica. (FCCSM, 2011).

[5]    En referencia al Mon, 13 Jan 2014 16:38:27 +0100naufragio del crucero Costa Concordia, acaecido en enero de 2012 frente a la isla de Giglio, en Italia,  y que se saldó con  la muerte de varios pasajeros.

[6]    Desgraciadamente, cuando vivía en la Argentina, y en especial en sus años más difíciles, he sido un asiduo testigo este fenómeno.

[7]    Sin embargo, cabe señalar que las crisis económicas provocan también en algunos individuos una crisis positiva en su ideal, si por tal entendemos que, inicialmente forzados por las circunstancias -y siempre y cuando no se hallen en una situación extrema de hambre o marginación social-, al final acaban refugiándose en actividades culturales y/o artísticas antes inexploradas, menospreciadas o descuidadas por ellos y en las que el poder adquisitivo no constituye precisamente un requisito importante para acceder a las mismas; descubren o revalorizan y reflotan así  disposiciones, aptitudes y vocaciones, lo que puede verse acompañado  de una reformulación, en ocasiones significativa, de los ideales, que de materialistas pasan a ser más espirituales. He aquí una respuesta positiva que remedia en algo -o en mucho, según los casos- el malestar y la desprotección padecidos, salida que viene de la mano de la creatividad, inesperadamente incentivada por la propia crisis. Fenómenos de este tipo se han observado, por ejemplo, en ciertos sectores de la sociedad argentina, consecutivos a la catástrofe económica que para muchos significó el tristemente célebre “corralito”, en diciembre de 2001, habiéndose detectado un interés creciente en campos tales como la literatura y -sobre todo- el teatro. En este último y dentro del denominado teatro independiente se ha producido desde entonces un llamativo florecimiento, traducido en una proliferación considerable de nuevos dramaturgos, actores y directores y en un inusitado aumento de la creación y representación de obras, muchas de éstas de excelente nivel artístico. 

[8]           Similares ideas expresa Hesse (2011) cuando, desde un enfoque social y no psicoanalítico, aboga por anular lo que llama un “pensamiento productivista”, que se basa en el “cada vez más”, para que sea reemplazado por la aspiración a un enriquecimiento más “cultural, espiritual, ético” ; también Silvia Bleichmar (2005), recientemente fallecida, alentaba una valorización de la cultura, que consideraba un recurso de importancia fundamental frente a los sistemas sociales perversos impuestos por los poderes financieros y políticos.

[9]           Por su parte J. L. Sampedro (2012) nos dice que vivimos en un mundo en el que los objetos son amados y las personas usadas.

[10]          Viene a cuento mencionar que en una reciente encuesta entre la población estadounidense se ha registrado un elevado porcentaje (94%) que considera más que dudoso que el cohete Apolo XI haya pisado la luna en 1969. Existe  una cantidad importante de datos que indicarían que las imágenes televisivas que todo el mundo vio pudieron corresponder a un montaje fílmico, llevado a cabo por obvios motivos políticos, en el afán de mostrar una supremacía sobre los soviéticos en la carrera espacial. De ser así, apelando a la televisión, no sólo la sociedad americana, sino dos mil millones de personas habríamos sido engañados y tratados como borregos por el gobierno de los Estados Unidos de América.

             Los medios de comunicación estaban aún más controlados en esos tiempos, en que prácticamente no existía internet. El presidente de turno era Richard Nixon.

[11]   Aulagnier (1975) llama violencia primaria a la  imposición gradual en la psique de un mundo de sentido, tal que le permita al sujeto incorporar la cultura e incorporarse al mismo tiempo a ella, proceso en el que intervienen de manera decisiva los objetos parentales.

[12]   A fines del pasado mes de  abril ha vuelto a sorprenderme la publicación, también traducida  al castellano, de un nuevo texto de Stéphane Hessel (2011 a), continuación  directa de los dos antes citados, esta vez junto a otro nonagenario, el destacado filósofo y sociólogo francés Edgar Morin.

 


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