Asociación
Europea
de Historia del Psicoanálisis

LIBROS, ARTÍCULOS Y CONFERENCIAS ASOCIACIÓN EUROPEA DE HISTORIA DEL PSICOANÁLISIS


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Intervención en la mesa redonda sobre “Psicoanálisis y/ó psicoterapia” organizada
por la AEHP
Barcelona, 24-octubre-2008
Manuel Baldiz
Psiquiatra y psicoanalista
Miembro docente y fundador de ACCEP (Asociación Catalana para la Clínica y la
Enseñanza del Psicoanálisis) y analista miembro de la EPFCL (Escuela de Psicoanálisis
de los Foros del Campo Lacaniano).
Supervisor clínico del CDIAP de Mollet
Coautor de los libros colectivos “Salud mental” (editorial Doyma, 1992) y “Conceptos
freudianos”(editorial Síntesis, 2005).
Coautor -junto a Mª Inés Rosales- de “Hablando con adolescentes” (Diván el terrible,
Biblioteca Nueva, 2005).
Autor de “El psicoanálisis y las psicoterapias” (Diván el Terrible, Biblioteca Nueva,
2007).
Empezaré, en cierto modo, por el final, enseñando mis cartas. Voy a leerles unos
párrafos muy sintéticos que son los que escribí hace un par de años para concluir el
libro “El psicoanálisis y las psicoterapias”:
-La psicoterapia en estado bruto ha existido desde siempre, pero fue el psicoanálisis la
primera disciplina que sistematizó la teoría y la clínica del poder curativo de las
palabras.
-Una gran parte de las psicoterapias son caricaturas del psicoanálisis y/o han surgido
directa o indirectamente de los ámbitos psicoanalíticos, separándose cada vez más de
sus principios clínicos y de su ética. Otras, por el contrario, sostienen tesis
absolutamente opuestas a las psicoanalíticas, pero incluso en éstas, en algunas
ocasiones, hay desarrollos conceptuales o técnicos en los que surgen cuestiones que
recuperan –sin saberlo- descubrimientos analíticos ya clásicos.
-Todas las psicoterapias utilizan de un modo u otro la palabra pero la diferencia más
radical entre las psicoterapias y el psicoanálisis estriba en el estatuto de lo que se quiere
alcanzar a través de la misma. De igual modo casi todas las psicoterapias usan (explícita
o implícitamente) la transferencia entre el paciente y el terapeuta, pero solamente el
análisis ha elaborado una teoría estructural de los fenómenos transferenciales y de su
lógica subyacente.
-Cuestiones como el contexto en el que tiene lugar la cura, la utilización del diván o la
frecuencia de sesiones no son determinantes a la hora de distinguir entre el psicoanálisis
y las psicoterapias.
-En el psicoanálisis no se resuelve la falta del sujeto. Si así fuera, convertiríamos al
analizante en un “animal de rebaño”. Por el contrario, se le brinda la opción de utilizar
el deseo como un medio de relacionarse con la falta pero no de saturarla.
-El deseo es la clave de la operación analítica, tanto en lo que respecta a la posición del
que escucha (que debe estar animada por el llamado deseo del analista) como en lo que
hace referencia al analizante. El psicoanálisis, a diferencia de otras terapéuticas,
construye un espacio para aquello que es subjetivo pero sin renegar de la ciencia, y
rescata el deseo inconsciente como el gran antídoto frente a la desesperación.
Dicho lo anterior, quiero decir también que me ha sido muy grato constatar a raíz de la
lectura previa de las ponencias de los buenos colegas con los que hoy comparto esta
mesa redonda, cómo –más allá de ciertas diferencias de perspectiva teórica y de
pertenencia institucional- son numerosas las coincidencias de orden práctico y clínico
en este terreno siempre resbaladizo de las articulaciones entre lo psicoanalítico y lo
psicoterapéutico.
Voy ahora a plantear una serie de cuestiones, no sin antes explicitar que para mí, en la
peculiar época que estamos viviendo, el punto más sensible es, probablemente, el de
tratar de transmitir al exterior de las comunidades analíticas la eficacia del psicoanálisis
y la especificidad de su cura, prescindiendo un poco de la polémica un tanto agotadora
entre psicoanálisis puro y psicoterapia psicoanalítica.
1-Existen diversas maneras de conceptualizar la posible relación entre el psicoanálisis y
las psicoterapias.
Una opción bastante extendida en ciertos medios es la que opta por oponer de manera
radical el psicoanálisis a las psicoterapias, incluso aquellas que se dicen
“psicoanalíticas”. De acuerdo a dicha oposición, no habría ningún terreno común ni
ninguna confusión posible. Un planteamiento así permite preservar la especificidad
absoluta del psicoanálisis con respecto al conjunto de las psicoterapias,
independientemente de que dicho conjunto sea heterogéneo y plural hasta la
exasperación. Esa es su ventaja, preservacionista casi, aunque a veces pueda entreverse
en ella cierta actitud fóbica, de no querer contaminarse para nada de ese conjunto del
que se guarda la distancia y se marca la diferencia. Pero un planteamiento semejante
también tiene sus peligros, sus inconvenientes que conviene conocer. Acentuar
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radicalmente la oposición psicoanálisis-psicoterapias comporta dos riesgos importantes:
por una parte, puede interpretarse entonces que el psicoanálisis no es terapéutico, y, por
otra, se puede generar un efecto elitista, como si el mensaje esencial fuese que los
analistas desean mantenerse alejados de los psicoterapeutas porque, de alguna manera,
se consideran superiores a ellos, pertenecientes a una casta de elegidos. Enseguida nos
ocuparemos en detalle de la cuestión fundamental de si el análisis es o no realmente
terapéutico. Digamos por ahora tan solo que, según y como se presenta ante lo social
esta dualidad psicoanálisis-psicoterapias, y sobre todo cuando se transmite de un modo
excluyente, hay que tener mucho cuidado para no abonar todavía más las frecuentes
críticas respecto a la supuesta ineficacia clínica del psicoanálisis, con lo cual se le haría
un flaco favor a la causa psicoanalítica.
Otra opción diferente, opuesta por completo a la anterior, es aquella que ubica al
psicoanálisis en el conjunto de las psicoterapias, como una praxis más de dicho
conjunto. Situar al psicoanálisis en el interior del campo de las psicoterapias implica
considerar que éste, el análisis, es una psicoterapia. Ello no impide que inmediatamente
después podamos hacer todo tipo de argumentaciones a fin de diferenciarlo del resto de
las psicoterapias, pero el punto de partida, por decirlo de algún modo, es éste: el
psicoanálisis es una psicoterapia. Del posible elitismo del que hablábamos hace un
momento, hemos pasado tal vez a un exceso de humildad, colocando al psicoanálisis en
pie de igualdad con todas las llamadas psicoterapias, incluso con aquellas más triviales e
impresentables. Un riesgo esencial se nos aparece: por mucho que nos esforcemos
entonces por presentar sus especificidades, el hecho de aparecer como “uno más” en la
serie de los tratamientos “psi” diluye por fuerza la subversión del descubrimiento
freudiano, y además ni siquiera es justo desde un punto de vista histórico.
En el primer caso tenemos al análisis como el uno de la excepción, separado de las
psicoterapias, sin mezclarse con estas. En el segundo caso se trata de la lógica, más
contemporánea en cierto modo, del uno-más dentro del todos-iguales. Todos
compitiendo contra todos, sin aprioris ni excepciones.
Freud escribió en la penúltima de sus conferencias de introducción al psicoanálisis dos
párrafos muy significativos:
“Ustedes saben que el psicoanálisis nació como terapia; ha llegado a ser mucho más que
eso, pero nunca abandonó su patria de origen, y en cuanto a su profundización y ulterior
desarrollo sigue dependiendo del trato con enfermos”.
“Acaso sepan ustedes que nunca fui un entusiasta de la terapia”.
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Con estos dos párrafos tan explícitos se nos dibuja claramente la posición de Freud
frente al tema en cuestión. No tiene más remedio que reconocer y recordar que tanto el
origen como la propia pervivencia del análisis vinculan a éste con la dimensión
terapéutica, pero hace dos añadidos a dicha constatación: el uno, teórico, consiste en
afirmar que el análisis es más que una terapia, y el otro, de índole personal, y harto
conocido por los que leen a Freud, es su poco entusiasmo particular por la función
terapéutica del análisis, interesándole mucho más la dimensión de investigación y de
producción de conocimiento.
Si considerásemos simplemente que ese poco entusiasmo terapéutico de Freud es un
asunto anecdótico o un mero rasgo de su carácter, nos perderíamos tal vez una de las
claves esenciales de la especial manera de curar que tiene el análisis. Poniendo freno al
“furor curandis” (la tendencia furibunda de curar al otro a toda costa), y privilegiando
por el contrario el deseo de saber, es como justamente el análisis alcanza la
especificidad de su acción curativa.
Leamos todavía unos fragmentos más de ese texto freudiano. Dice:
“Por lo que yo sé, los psicoterapeutas que se sirven del análisis de manera ocasional no
pisan un terreno analítico seguro; no han aceptado el análisis íntegro, sino que lo han
diluido, acaso le han quitado el veneno”.
“Comparado con los otros procedimientos de psicoterapia, el psicoanálisis es sin lugar a
dudas el más potente. En toda justicia es así; pero también es el más trabajoso y el que
más tiempo demanda”.
Y, por fin, en el último párrafo, encontramos una frase que resume sus argumentaciones
de manera magnífica: “Como terapia es una entre muchas, sin duda primus inter pares”.
Habíamos analizado hace un momento dos maneras opuestas de presentar el problema
análisis-psicoterapias. Para salir de las contradicciones propias de ambas perspectivas,
no hay más remedio que hacer algunas piruetas y/o algunas matizaciones.
Freud lo intentó a su manera con esa conclusión en latín del “primus inter pares”, es
decir el primero destacado entre un conjunto de semejantes. Esa formulación freudiana
es en realidad una postura mixta respecto de las dos que acabamos de examinar. Acepta
que el análisis es una psicoterapia pero, a la vez, no se rinde ni renuncia a seguir
considerando que ocupa un lugar claramente diferenciado del resto de las mismas. Y en
otros lugares nos proporciona argumentos diáfanos para ahondar aún más en esa
cuestión, sobre todo cuando precisa que si bien es una psicoterapia, el verdadero
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psicoanálisis no se puede reducir nunca a esa dimensión. Es psicoterapia pero no sólo.
Es no-todo psicoterapia, podríamos decir utilizando términos algo más modernos.
Para representar gráficamente esa ubicación peculiar se puede imaginar un círculo que
englobase todas las psicoterapias y otro círculo que representase al psicoanálisis, y
ambos círculos compartiendo una zona común. Con dicha plasmación imaginaria, se
nos presentan dos cuestiones esenciales que hay que resolver. Primera, aunque el
psicoanálisis se superponga en algunos elementos con el campo de las psicoterapias,
igualmente es absolutamente necesario desarrollar cuales son sus peculiaridades teóricas
y clínicas, incluso respecto a aquellas psicoterapias que supuestamente más se le
aproximan. Y segunda, hay que aclarar bien en qué consiste toda esa “zona” del
psicoanálisis que queda por fuera del ámbito de lo psicoterapéutico. Si no nos asustan
las paradojas es factible sostener que esa parte del trabajo analítico que va más allá de
los síntomas y que, desde una primera aproximación, podría parecer un “más allá de lo
terapéutico” es, en realidad, lo más específicamente y radicalmente terapéutico del
psicoanálisis.
Cierta objeción que a veces se esgrime frente a aquellos que defienden la vocación
terapéutica del análisis es aquella que argumenta que en el análisis no hay finalidades
preconcebidas y, por tanto, tampoco la finalidad terapéutica puede ser su objetivo. Es
una crítica que surge desde un hecho verdadero (el análisis es más que una terapia) pero
que puede llevar hasta posturas un tanto equívocas y engañosas. Es cierto que una
característica diferencial del análisis es que se trata de una terapéutica ajena a cualquier
idea de norma o normalización del sujeto. En contra de lo que se pudo deslizar por fuera
de lo estrictamente analítico, sobre todo en la época de máximo apogeo de los analistas
posfreudianos instalados en los Estados Unidos, el análisis no es normativizante ni
adaptacionista. A lo sumo, adapta un poco mejor al sujeto con la castración y con sus
condiciones de goce, pero eso dista mucho de implicar una idea preconcebida, al inicio
de la cura, de cómo conseguir una normalización del paciente. Lo que sucede es que
todo ello no quiere decir, sin embargo, que en la dirección de la cura no podamos
hablar, con propiedad, de ciertas finalidades.
Colette Soler, en una conferencia sobre los fines del análisis, advierte que dicha
expresión, “el fin del análisis”, es un término que tiene la ventaja de ser equívoco,
designando a la vez un momento y una finalidad eventual. La ambigüedad semántica no
siempre está reñida con la precisión conceptual. En ocasiones como la que nos ocupa,
cierto grado de equivocidad puede enriquecer un concepto. La misma Colette Soler, en
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otra conferencia sobre el mismo asunto, evoca la cuestión del “fin” de la neurosis no en
el sentido de su curación sino de su “finalidad”, y, de acuerdo a la idea freudiana de que
el beneficio neurótico funciona como una meta para el sujeto, sugiere que la neurosis es,
de hecho, “una enfermedad teleológica”, es decir con una finalidad en sí misma.
Podemos afirmar entonces que hay finalidad en la neurosis, ya sea la búsqueda de un
punto de equilibrio entre el yo y las representaciones inconciliables, ya sea la tentativa
de procurar un goce inconsciente al sujeto manteniendo a raya su deseo; pero también
podemos postular la existencia de alguna finalidad en el análisis, en el sentido de
propósitos y fines que le son propios. La neurosis tiene una finalidad y es eficaz para el
sujeto hasta que, en algún momento, empieza a dejar de serlo, hay un
desencadenamiento, una crisis, por las circunstancias que sean, y se abre así la puerta
posible de otra eficacia y otra finalidad muy diferentes: las del análisis.
Dejemos bien claro que la finalidad del análisis no se reduce a la eliminación de los
síntomas. Es algo que en el interior del mundo analítico no hace falta ni siquiera
enunciar, pero conviene insistir en ello todas las veces que haga falta si los
psicoanalistas queremos transmitir de una manera inteligible hacia el exterior en qué
consisten los resortes, los fundamentos y los efectos de nuestra práctica clínica.
Siguiendo con esta idea simple del interior y el exterior de las comunidades analíticas,
resulta llamativo como, a veces, en el purismo extremo de algunas de ellas parece como
si se minusvalorase la eficacia terapéutica. Los analistas repetimos una y otra vez, en
nuestros textos y en nuestras discusiones, que hay que huir del “furor curandis” (yo
mismo lo acabo de decir hace un rato), pero deberíamos preservarnos también de no
caer en el extremo opuesto.
Sería una extraña paradoja que los analistas no defendieran la dimensión curativa del
análisis. No vamos a perder por ello nuestra especificidad como analistas. Todo análisis
bien conducido tiene efectos terapéuticos, y esa es una de sus finalidades, aunque no sea
la única, y algunos incluso consideren que no es en absoluto la principal.
Hemos visto que sería falso construir un Freud completamente desinteresado por los
aspectos terapéuticos del análisis, a pesar de su indiscutible escaso entusiasmo por lo
terapéutico. De igual modo, cuando trabajamos a un autor tan complejo como Lacan
podemos encontrar argumentos que minimizan o dejan de lado los efectos terapéuticos
de la experiencia analítica, pero ello no debe confundirnos. Algunos han practicado esa
lectura sesgada pensando tal vez que así preservaban la especificidad del análisis (el
“oro puro” de la conocida metáfora freudiana, en contra de las aleaciones más
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asequibles) y no se dejaban someter a los dictados del Otro social que exige cada vez
más la resolución de los conflictos sintomáticos y la eficacia inmediata. No obstante, es
válido sostener, o incluso reivindicar, desde la propia orientación lacaniana, la finalidad
terapéutica de todo análisis, sin falsas promesas de felicidad pero también sin
oscurantismos, tratando además de argumentar cual es la especificidad de sus efectos
terapéuticos.
¿Qué mejor prueba de que a Lacan no le incomoda la dimensión terapéutica del análisis
que su reiterada utilización del término “cura”?. Eso ya da cuenta de su posición,
aunque luego pueda hablar también de lo incurable de cada sujeto que aparece al final
del análisis. Así pues, en una línea de claras resonancias freudianas (dado que Freud ya
había advertido de los “restos” que quedan al final de un tratamiento, en su texto
“Análisis terminable e interminable”), para Lacan hay cura pero sin ignorar que también
hay algo de lo incurable. En todo caso hay que distinguir bien entre lo incurable
circunstancial, ligado a los azares de las curas con determinados analistas y a lo
contingente de los encuentros en juego, y un incurable al que podemos llamar
“estructural” (aunque los analistas solemos abusar de dicho término), que no es otra
cosa que lo imposible de curar de la propia condición humana.
Siguiendo con Lacan, veamos qué dijo en algunas de las ocasiones en que se refirió
directamente a esta cuestión de lo terapéutico.
Destacaremos dos ejes fundamentales: el más allá de lo terapéutico y el binomio
análisis-terapias.
Respecto a la primera cuestión es importante destacar algo que en su momento fue muy
subversivo. Lacan modifica la tradicional barrera entre análisis terapéuticos y análisis
didácticos (aquellos que habilitan para ejercer el análisis), postulando que la única
diferencia entre unos y otros es que en los didácticos el analizante deviene analista, pero
potencialmente todo análisis llevado hasta el final puede producir un analista. Así por
ejemplo, en el texto “Del sujeto por fin cuestionado” sugiere que “el análisis a secas” no
es más que “una restricción” del análisis didáctico. Y en la última página de su escrito
“Del Trieb de Freud y del deseo del psicoanalista” se pregunta “¿cuál es el fin del
análisis más allá de la terapéutica? Imposible no distinguirlo de ella cuando se trata de
hacer un analista (....), es el deseo del analista el que en último término opera en el
psicoanálisis”.
En “Variantes de la cura tipo”, encontramos la frase tal vez más conocida de Lacan
acerca de la materia que nos ocupa. Escribe: “El psicoanálisis no es una terapéutica
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como las demás”, y agrega poco después que la diferencia pasa por la “preocupación,
puntillosa llegado el caso, de pureza en los medios y en los fines” concluyendo que la
susodicha preocupación es “un rigor en cierto modo ético, fuera del cual toda cura,
incluso atiborrada de conocimientos psicoanalíticos, no sería sino una psicoterapia”.
Repitamos la polémica frase: “El análisis no es una terapéutica como las demás”. La
fórmula puede parecer casi el reverso de las de Freud que hemos citado antes en las que
se dice que el análisis es una terapia como las demás o una entre muchas aunque algo
diferente. Pero no es exactamente el reverso. Si Lacan pensase que el análisis no es una
terapéutica, no haría falta que añadiese “como las demás”. Es, por tanto, una especie de
“si pero no” que puede recordar a otra fórmula lacaniana que sostiene que el
psicoanálisis tal vez no sea una ciencia pero “no es sin ciencia”, dado que es
inconcebible sin ésta. Por eso, a la fórmula de Lacan podemos agregarle: “pero es una
terapéutica”. Y en todo caso, de lo que sí se preocupa Lacan es de distinguir análisis de
psicoterapia.
Aunque en sentido estricto también hoy en día podríamos seguir sosteniendo, como
hacía Freud, que la psicoterapia por excelencia es el psicoanálisis; a efectos pragmáticos
y teniendo en cuenta la evolución terminológica producida por el uso a lo largo de
tantas décadas, es quizás más operativo distinguir como hace Lacan esa terapéutica tan
particular que es el análisis de las demás terapéuticas que podemos englobar bajo el
nombre global de psicoterapias.
El desdén de Lacan hacia las psicoterapias es manifiesto. Con frecuencia se menciona la
vez en que manifestó que la psicoterapia nos retrotrae a lo peor (“Radiofonía y
Televisión”), pero debemos ser muy cuidadosos con esas citas sacadas de contexto, y
además –como es obvio, aunque vale la pena insistir en ello- no tenemos porque estar
por completo de acuerdo con todos sus enunciados y enunciaciones. Es cierto que hay
terapias que pueden conducir a posiciones subjetivas totalmente contrarias al deseo,
pero también es cierto que hay individuos que obtienen un beneficio legítimo de ciertas
prácticas de escucha aunque éstas no se puedan calificar rigurosamente como analíticas.
2-Ante una demanda de ayuda, existen en realidad dos posibles respuestas. La primera
es aquella que, de un modo u otro, le dice al sujeto: “Yo sé de qué padeces y lo que te
hace falta, sé lo que necesitas...”. Es la respuesta que subyace en el fondo de todas las
psicoterapias no psicoanalíticas, más allá de su enorme pluralidad de corrientes y
tendencias.
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La segunda opción, la del psicoanálisis, es la que le dice al sujeto: “Yo no sé lo que te
ocurre, y es por ello que debes hablar”.
Ante la demanda del paciente, el analista responde con otra demanda: “habla”. El
analista no parte de una posición de saber. Puede saber sobre psicoanálisis, puede haber
leído todos los libros de psicoanálisis del mundo (tarea cada vez más imposible, por
cierto), puede tener una dilatada experiencia con muchos pacientes, pero, sea como sea,
frente a cada caso nuevo no tiene más remedio que hacer abstracción de todo ese saber,
dejándolo entre paréntesis, y operar desde la ignorancia específica acerca de lo que le
sucede a aquel que le consulta. Por eso decimos, con Lacan, que el deseo del analista es
la otra cara de la pasión de la ignorancia.
Es preciso que el analista se encuentre habitado por un deseo muy diferente del deseo
del Amo, un deseo que le aleje de la tentación de abusar del poder que obtiene con la
transferencia. Eso nos lleva a la cuestión de la formación del analista, que constituye
además otra de las diferencias radicales respecto al resto de las terapias. Para acceder al
lugar del psicoanalista no basta un entrenamiento profesional y un estudio teórico, como
suele ser habitual en el conjunto de las psicoterapias. La formación del psicoanalista
implica esencialmente un trabajo con el inconsciente.
3-En mi experiencia clínica no hago diferencias a priori entre lo que sería una
psicoterapia psicoanalítica y un psicoanálisis. No me identifico con esas corrientes que
parecen pensar la psicoterapia psicoanalítica como una especie de psicoanálisis bonsái
aplicable en situaciones y demandas en las que el psicoanálisis no sería factible.
No me cansaré de repetir que todo psicoanálisis que merezca dicho nombre tiene una
dimensión psicoterapéutica y otra que va más allá de esa primera, pero saber de qué
modo va a desarrollarse un tratamiento determinado es algo que no es posible prever en
el momento de iniciar el proceso. No dependerá (ó al menos no del todo) ni del número
de sesiones por semana, ni del contexto en el que se produce la cura, ni de la utilización
ó no del diván, ni tampoco de la duración total del trabajo efectuado. Puede haber
procesos efectuados en la más absoluta ortodoxia en lo que respecta al número de
sesiones por semana, el uso del diván y la prolongada duración del tratamiento, en los
que sin embargo, a pesar de todo, lo que allí acontece no sea específico de la ética del
análisis ni toque los verdaderos fundamentos inconscientes del sujeto. Por el contrario,
en circunstancias que no siempre coinciden con la ortodoxia clásica, puede darse un
trabajo perfectamente coincidente con lo que entendemos como análisis.
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Que haya ó no discurso analítico no depende de las circunstancias reales del llamado
encuadre, aunque algunas de esas circunstancias pueden ser, sin lugar a dudas,
favorecedoras del mismo.
El psicoanálisis es condición necesaria pero no suficiente para que haya analista. De un
modo semejante, podemos decir que una vez tenemos a un analista, su existencia, su
presencia en un encuentro dado con alguien que acude a consultarle, es condición
necesaria pero no suficiente para que haya análisis.
En estos tiempos en que a menudo insistimos en nuestras presentaciones en las nuevas
patologías, en el incremento del narcisismo y en las crecientes dificutades para el
ejercicio de lo analítico, quiero en esta ocasión reivindicar algo que también se sigue
constatando día a día en los dispositivos institucionales y en los consultorios privados
de los analistas. Todavía hoy, más de un siglo después del inicio de la cura analítica,
hay pacientes que nos sorprenden y que repiten, sin saberlo, el encuentro inaugural entre
la escucha freudiana y el discurso histérico. Todavía hoy hay sujetos que consiguen
zafarse del discurso imperante que todo lo reduce a etiquetas y protocolos. Todavía hoy
hay lo que podemos llamar “buenos encuentros”, aquellos que desafían las condiciones
más adversas. Todavía hoy hay mujeres y hombres como, por citar tan sólo un breve
ejemplo, una señora de mediana edad que vino a verme hace muy poco diagnosticada de
ex-alcohólica y con un largo recorrido por diversas instituciones de la salud mental. A
pesar de haber estado expuesta durante años a esa concepción que hace girar todo
entorno a la dependencia del tóxico, en muy pocas entrevistas se autorizó a sí misma a
empezar a hablar de cosas que no había contado nunca a nadie y a las pocas semanas,
apenas ayudada por mis escasos señalamientos y algunas preguntas que la animan a
proseguir, está efectuando ya un trabajo lúcido y liberador en el que la
historización/histerización se da de la mano de la adquisición de un incipiente saber
sobre sí misma al tiempo que sus producciones oníricas muestran ya claramente el acuse
de recibo de su talento inconsciente, si me permiten decirlo así, como por ejemplo un
sueño reciente que me ha traído en el que se encontraba un libro de páginas blancas y
creía entender que se trataba de re-escribir algunos episodios de su vida.
Por el momento voy a detenerme aquí. Gracias por su atención
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