Asociación
Europea
de Historia del Psicoanálisis

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EL ANÁLISIS DEL SUPERYÓ.

Por: Eduardo Braier.

Salvador Espriu, 69/71 6º 2ª
08005 Barcelona.
Tel: 93 2213094
eabraier@telefonica.net

 

 

EL ANÁLISIS DEL SUPERYÓ. 

RESUMEN

Se ofrece una reseña, a la que se suman comentarios y
postulaciones personales, de los principales aportes
y sucesos que jalonan la historia del concepto de
superyó en el movimiento psicoanalítico. El autor
se centra preferentemente en los aspectos teórico –
clínicos y en las teorías de la cura, con especial
hincapié en las hipótesis freudianas acerca del superyó,
comentando asimismo las de M. Kein. Subraya la
vigencia e importancia que en la clínica psicoanalítica posee la
constelación conceptual que Freud describe a lo largo de varios
trabajos de la década del ’20: sadismo del superyó- masoquismo
del yo, junto a la descripción del sentimiento inconsciente de
culpabilidad y la necesidad de castigo (“los que fracasan al
triunfar”; “reacción terapéutica negativa”) y señala sus notables
coincidencias temáticas con obras literarias de Dostoievsky y Kafka.
Finalmente revisa propuestas terapéuticas freudianas y
postfreudianas con relación a la patología del superyó.

 

 

 

I. INTRODUCCIÓN
A la hora de pensar en el superyó, en la riqueza que supone el concepto y en los múltiples interrogantes que nos sigue provocando, fui recordando una serie de ideas y experiencias acumuladas a lo largo de muchos años de práctica psicoanalítica, almacenadas en el preconsciente las unas, rescatadas de la represión las otras, en medio de la reelaboración efectuada. Intentaré transmitirlas del modo más coherente que me sea posible y siguiendo el hilo de las referencias a algunos de los principales acontecimientos que jalonan la historia de la noción de superyó en el psicoanálisis. Por otro lado, el historiar nos permitirá apreciar mejor cómo se fue pergeñando y configurando el concepto, así como las exploraciones acerca de la incidencia de esta instancia psíquica en el campo de la clínica psicoanalítica.
Me centraré preferentemente en los aspectos teórico-clínicos, incluyendo las teorías de la cura con relación a la patología del superyó, sin desconocer que existen una serie de cuestiones en torno a su génesis, estructura y funciones que continúan siendo objeto de grandes polémicas e importantes divergencias entre las diferentes escuelas.

II. EL ANÁLISIS DEL SUPERYÓ
Remitiéndonos especialmente a los sustanciales aportes freudianos, hemos de rever la participación del superyó en el funcionamiento mental normal y en la psicopatología, aunque sin detenernos en las distintas entidades nosológicas.
La patología que observamos en la clínica psicoanalítica comprende tanto aquellos cuadros en los que puede deducirse la existencia de deficiencias en la estructuración del superyó, así como otros caracterizados por la severidad del mismo. Son más bien estos últimos, de los que la melancolía y la neurosis obsesiva constituyen ejemplos paradigmáticos (Freud, 1923), los que han dado lugar a que hoy se hable de una clínica del superyó y los que más nos interesan en esta ocasión. Desde luego, no se me escapa que dentro de lo que llamamos la patología contemporánea abundan los cuadros en los que hay justamente un déficit en la estructuración del superyó y en los que el yo ideal toma el comando por sobre el ideal del yo. Son pacientes a los que les falta un sostén interior, como diría H. Mayer (2000), que entiendo no sólo como un déficit yoico sino también de la función protectora del superyó.
Finalmente nos introduciremos en lo que constituye una metapsicología de la cura en cuanto al superyó, tema en el que acaso aún no se haya ahondado demasiado, e incluiré autores postfreudianos y algunas ideas personales al respecto.

Podemos dividir la historia del concepto de superyó en tres partes:
a) la etapa previa a su “presentación en sociedad”, que recién empieza a ser llamado de este modo -superyó- por Freud a partir de 1923, con la exposición de la teoría estructural de funcionamiento del psiquismo. Esta etapa inicial se extiende desde prácticamente los primeros trabajos freudianos hasta la publicación de El yo y el ello;
b) una segunda etapa, que comienza en 1923 y que abarca hasta 1939, con las últimas obras de Freud, y
c) una tercera etapa, que se extiende desde entonces hasta nuestros días, en la que se registran incursiones y aportaciones variadas sobre el tema a cargo de diferentes autores.

Primera etapa:

Así como el superyó no se constituye, según lo considero, de la noche a la mañana con el naufragio del complejo de Edipo, sino que su origen y desarrollo admiten fases previas, tampoco el desarrollo mismo del concepto aparece de pronto en 1923, ya que está antecedido de una larga prehistoria, hecha de hipótesis contenidas en los textos freudianos y en los de algunos de sus discípulos.
Hay una serie de referencias teóricas y clínicas que van emergiendo en la obra de Freud y que pueden ser vinculadas con la noción de superyó, vinculación que el propio Freud efectuará después de surgida la definitiva denominación y de modo explícito en la mayoría de los casos.
• Una de las primeras referencias es la censura onírica, citada en el libro de los sueños (Freud, 1900) y que ha de quedar posteriormente adscripta a la función superyoica. El precedente puede remontarse incluso a la acción de la censura que Freud describe ya en los Estudios sobre la histeria (Breuer y Freud, 1895), y que relaciona con la defensa. Le siguen:
• Tótem y tabú (1913 [1912-13]), obra en la que Freud se refiere a la horda primitiva, el parricidio y la culpa, buscando las raíces filogenéticas de la conciencia moral en el ser humano.
• Diversas alusiones, en diferentes artículos, a la culpa y los autorreproches en el neurótico obsesivo (véase, por ejemplo Freud, 1909), hasta señalar en las conferencias de 1916-17 que el obsesivo posee una “[…] extremada conciencia moral” (Conferencia 17. El destacado es mío).
• Introducción del narcisismo (1914). No hay dudas de que este texto nos brinda elementos para pensar en la génesis de lo que hoy -con algunos autores- podemos convenir en llamar Ideal del yo y que Freud (1933 [1932]) incluirá posteriormente dentro del superyó como una subestructura.
• A continuación nos encontramos con el modelo propuesto en Duelo y melancolía (1917 [1915]), en el que el creador del psicoanálisis preanuncia no sólo el concepto de conciencia moral y la segunda tópica en general, sino que sienta las bases para pensar cómo opera esta conciencia moral, tanto en el duelo patológico como en la melancolía, así como en la manía.
• Otros hallazgos freudianos de este período, fácilmente vinculables a la noción de superyó y correspondientes a una patología “moral”, se hallan expuestos en Algunos tipos de carácter dilucidados por el trabajo psicoanalítico (1916); ellos son de un gran interés para la clínica psicoanalítica. Me refiero a los caracteres que su autor llamó “los que fracasan al triunfar” y a “los delincuentes por sentimiento de culpa”. (Me ocuparé de los primeros al rever El yo y el ello).

Hay todavía más conceptos relacionados con el superyó antes de 1923:
• En Lo ominoso quedan sentadas las bases para comprender a la instancia crítica como un doble –antagónico- del yo.
• Una referencia especialmente importante, esta vez quizá más en lo que atañe al ideal que a la conciencia moral, es el conocido modelo de Psicología de las masas y análisis del yo, de 1921. Se trata de un aporte para comprender precisamente la psicología de las masas, a través de la transferencia -considero que se le puede llamar así, y de hecho Freud menciona el término una vez al menos en ese trabajo- del ideal de cada individuo sobre el líder.
Aunque con el mencionado nombre de ideal del yo, ya en Psicología de las masas… encontramos una descripción bastante completa del superyó; lo llamativo es que se ha reparado poco en esto. (A tales fines, los exégetas de la obra continúan dirigiéndose directamente a El yo y el ello). Hay en la obra de 1921 concretamente un capítulo en el que Freud anticipa -con todas las letras, diría yo- la noción de superyó: es cuando habla de una fase de diferenciación dentro del yo4.
Freud adjudicará al superyó funciones muy distintas del yo, que incluso ya habrá de detallar en el citado texto. Ellas son: autoobservación, conciencia moral, censura onírica y una especial influencia en la represión5.

Segunda etapa
En esta etapa y en lo que atañe a la producción freudiana pueden apreciarse dos momentos culminantes respecto de la teoría del superyó: el primero de ellos tiene lugar en 1923, con El yo y el ello, en que la noción es presentada con la nueva denominación, superyó (Uber-Ich) y además como una organización particular en el seno de la división tripartita de la personalidad; el segundo se registra en 1933, cuando en las Nuevas Conferencias de introducción al psicoanálisis Freud redefine las funciones, esto es, los componentes de ese superyó. Antes y después de 1933 existen asimismo significativas contribuciones de Freud que también hemos de considerar.

• El yo y el ello. En este trascendente texto hay una serie de aportaciones en torno al superyó, aún llamado ideal del yo en algunos pasajes. (Después la terminología habrá de reformularse y el ideal del yo pasará a ser sólo una subestructura del sistema del superyó, aquella que tiene a su cargo la formación de ideales ).
Una cuestión que resulta curiosa: ¿por qué no incluyó Freud la denominación “superyó” en el título de esta obra y aludió en cambio solamente a las otras dos instancias psíquicas? Siempre queda el expediente de pensar que el superyó es descripto en parte como un desprendimiento del yo, tal como lo fuera en 1921 (un doble del yo, hemos visto también). En este sentido cabe recordar que Freud a veces, cuando nombra al yo, según considera Etcheverry, traductor de las obras de Freud de la colección de Amorrortu, se está refiriendo a lo que dicho traductor traduce como el sistema del yo, el cual comprende también al superyó.
El superyó presupone, como lo trae Freud en 1923, prohibiciones e ideales. Por una parte, existe la instancia crítica, prohibidora (conciencia moral), que es heredera del complejo de Edipo, instaura la ley de prohibición del incesto, contribuye a la represión del Edipo e introduce al sujeto en la cultura; por otra se halla la instancia que promueve la creación de ideales (ideal del yo) y cuyos orígenes son anteriores. El superyó resulta contradictorio en un punto en cuanto a su imperativo categórico: “Así como yo –como tu padre- deberás ser” (léase ideal del yo); pero a la vez, “así como yo no debes ser; hay cosas que me están reservadas”, lo que remite a la prohibición del incesto (léase instancia crítica).
El superyó es ya por entonces considerado el producto de identificaciones -secundarias- con las figuras parentales. Aquí está implícito el modelo de Duelo y melancolía (introyección e identificación), a lo que cabe sumar la participación de Abraham, con un trabajo que publicará en 1924.
De esos años son también los artículos freudianos referidos al complejo de Edipo y a la fase fálica, que cabe articular con estas hipótesis.

Revisemos en este punto la historia del movimiento psicoanalítico. Qué sucedía en esos momentos?
Quien llegará a cuestionar y criticar mucho la teoría acerca del superyó que Freud expone en 1923, es su primer gran biógrafo, Ernest Jones. Vale la pena reproducir parte de lo que Jones escribió por entonces:

“Pero cuando abandonamos estas valiosas y vastas generalizaciones y pasamos a un estudio atento de los problemas en cuestión, aparece un considerable número de molestas dificultades. Para mencionar sólo unas pocas aquí: ¿cómo entender que la misma institución pueda ser un objeto que se presente al ello para ser amado en lugar de los padres y, al mismo tiempo, una fuerza activa que critique al yo? Si el superyó se genera tras la incorporación del objeto de amor abandonado, ¿cómo puede ocurrir que de hecho derive más a menudo del progenitor del mismo sexo? Si está compuesto por elementos tomados de los instintos no sexuales, “morales”, del yo, según nos lo hace esperar el papel que desempeña en la represión de los instintos sexuales incestuosos, ¿de dónde extrae su naturaleza sádica, o sea, sexual?” (Jones, 1926).

A lo objetado por Jones se podría responder desde los propios textos freudianos, recordando que el superyó es una formación compleja, con varias y muy diferentes raíces originarias, en relación tanto con el mundo exterior como con el interior, dentro del cual es concebido no sólo como una diferenciación del yo sino también hundiendo sus raíces en el ello (Freud, 1924); a la vez de ser una “enérgica formación reactiva” (Freud, 1923), es también una formación libidinal.

Con El yo y el ello quiero traer a colación lo que ya Freud había anticipado al referirse a “los que fracasan al triunfar”. Volvamos, pues, por un momento a 1916. Ese año el creador del psicoanálisis había explicado en “Algunos tipos de carácter…” algo que no puede ser soslayado si pretendemos adentrarnos en el estudio de la acción enjuiciadora y castigadora, esencialmente inconsciente, del superyó. En dicho artículo mencionó repetidas veces la intervención de lo que ya por esos años denominó conciencia moral, equiparable a lo que luego será la subestructura de igual nombre del sistema del superyó, e incluso destacó el sentimiento de culpabilidad subyacente en estas situaciones y su relación con las fantasías propias del complejo de Edipo, tanto parricidas como incestuosas. De modo que en 1916 está casi todo dicho, con bastante antelación a lo que Freud desarrollará en 1923 respecto de la parte inconsciente del superyó (de la conciencia moral en particular), que describirá no obstante como algo novedoso, así como del sentimiento igualmente inconsciente de culpabilidad y la consiguiente necesidad de castigo.
Lo que estamos comentando puede también relacionarse sin dificultades con lo que Freud describió en El yo y el ello como reacción terapéutica negativa (RTN) en el tratamiento psicoanalítico.
Todo esto quedará plasmado en una constelación conceptual que Freud desarrollará dentro de la primera mitad de los años ’20 en distintos artículos que se irán sucediendo y que enseguida iremos mencionando. En esta constelación habrá de relacionar el superyó, más precisamente el sadismo del superyó (referido a la instancia crítica), con el yo de la segunda tópica y nos hablará, paralelamente, de un yo masoquista (Freud, 1924) en conflicto intersistémico con dicho superyó, conflicto del que serán ejemplos prototípicos la melancolía y la neurosis obsesiva; esto deriva en el sentimiento inconsciente de culpabilidad, del cual habla también Freud en otros artículos, aparte del de 1923 (véase Freud, 1924 y 1930), y su concomitante necesidad de castigo que, tanto en la RTN como en la descripción de “los que fracasan al triunfar”, se traduce en el sufrimiento psíquico o moral, como se prefiera llamarle, que le procura la enfermedad al sujeto; Freud dirá también que esto último podrá ser reemplazado por alguna desventura o un padecimiento somático importante.
La constelación es, pues, la siguiente:
superyó sádico-yo masoquista y sentimiento inconsciente de culpabilidad- necesidad de castigo.
Esta problemática atañe especialmente a la conciencia moral, antes que al ideal del yo, y lo notable es que transcurre con una participación muda o solapada de ésta, que adquiere distintos disfraces; se trata de un superyó omnipresente y cuya presencia se infiere. (Suele decirse de Dios que está en todas partes, pero que nadie lo ve. Clara alusión, tengo para mí, a la instancia crítica, proyectada en la imagen de Dios).
A mi entender, cierta literatura de la época ha reflejado magistralmente dicha problemática. Me refiero a algunas obras tempranas de Franz Kafka, en el terreno literario uno de los más grandes indagadores de la mente y de las tribulaciones del ser humano, obras que se agregaron a las de Dostoievsky. Sin duda Dostoievsky y Kafka, además de ser dos de los escritores más interesantes de los siglos XIX y XX para la psicología profunda, son -y esto viene muy a cuento si del superyó se trata- los que escriben sobre el delito o la falta, la culpa y el castigo. No en vano el gran escritor ruso produjo Crimen y castigo, cuyo título ya es de por sí altamente significativo.
Freud había leído y estudiado parte de la obra de Dostoievsky. Como consecuencia de ello nace Dostoievsky y el parricidio, artículo que pertenece al segundo quinquenio de los años ’20 y en el que analiza Los hermanos Karamazov. Vale la pena reeler esta obra freudiana, porque en ella encontramos varias de las claves de la constelación conceptual que impera en la clínica psicoanalítica de las neurosis y cuya descripción debemos al genio de Freud .
El cuento La condena, de Kafka, está también, a mi juicio, en relación con toda esta cuestión, pero no es el momento de detenernos en ello. Quiero, al menos, señalar que existe una interesante coincidencia histórica entre las narraciones de Kafka (incluyendo también su novela más importante, El proceso) y ciertos descubrimientos freudianos de la época, especialmente en lo que atañe a la descripción de dicha constelación de conceptos. Veamos: La condena fue escrita en 1912 y publicada en 1916, siendo este último el mismo año en que Freud presenta el artículo en el que describe a “los que fracasan al triunfar”; Kafka había asistido a algunas conferencias en Praga que versaban sobre las ideas de Freud y el psicoanálisis, pero ello fue antes, por 1913 ó 1914, mientras que Freud en esos años es posible que todavía no hablara abiertamente de estas concepciones; que no hablara del superyó, aunque sí había llegado a esbozar la participación del sentimiento de culpabilidad en las manifestaciones psicopatológicas, en el caso particular del “Hombre de las Ratas”.
Ya sabemos lo que opinaba el propio Freud acerca de las aptitudes de ciertos pensadores, escritores o poetas, para captar los más hondos secretos del alma antes que los hombres de ciencia. Por su parte, en esos tiempos, probablemente tampoco conocía la obra de Kafka, que recién alcanzó un auge años más tarde, después de la muerte del escritor.
El creador del psicoanálisis citaba a escritores de su tiempo, pero no lo hizo, que yo sepa, con Kafka. Para ejemplificar de modo paradigmático la situación de “los que fracasan al triunfar” había recurrido en 1916 justamente a obras de dos grandes dramaturgos, Shakespeare e Ibsen. Creo que La condena hubiese sido también un buen ejemplo al respecto.
En suma, me estoy refiriendo a captaciones de hechos que paralelamente experimentarían estos dos hombres, Freud y Kafka, sin conocer uno el pensamiento del otro (aunque Kafka algo sabía acerca de las ideas de Freud, pero poco), como a veces pasa con, por ejemplo, las obras musicales de distintos compositores de una misma época, que pueden parecerse mucho, habiendo algo en el contexto histórico-cultural que éstos comparten y que incide sobre sus creaciones. Fíjense, tomo sólo otro punto, ya que no quiero extenderme demasiado: el protagonista de El proceso (Kafka, 1925) es acusado de un delito absolutamente incógnito y condenado a morir. Y qué decía Freud acerca de las personas que experimentan la RTN y/o los que fracasan ante el éxito? Que se comportan como si hubiesen cometido algún delito en sus vidas, lo que responde, y la clínica nos lo demuestra, a que existen deseos inconscientes incestuosos y parricidas, con los que inconscientemente relacionan sus logros; incurren entonces en actos de una naturaleza autodestructiva a modo de punición, debidos a una necesidad inconsciente de castigo, que así se ve satisfecha.
Ahora bien, lo notable es el carácter esencialmente inconsciente de todo esto, de la instancia crítica, lo que equivale a decir: del juicio y las acusaciones provenientes de esa parte inconsciente del superyó, de la culpabilidad que se infiere habita en el sujeto, de la consiguiente necesidad de castigo y de la condena. Es ciertamente algo de un alcance impresionante: baste pensar que se trata de una falta o delito imaginario, pero con castigos verdaderos. Comprobarlo asiduamente en nuestros despachos no nos hace perder aún nuestra capacidad de asombro. Nos lleva a pensar que hasta antes de sobrevenir un cambio favorable, psíquico y/o existencial en la vida del sujeto, su yo “negociaba” con su superyó para evitar un castigo demasiado severo, transando a través de un padecimiento, generalmente representado por la propia afección psíquica, que por eso el sujeto se niega -inconscientemente, cabe decirlo una vez más- a abandonar para pasar a una situación mejor.
La hipótesis que subyace al fracaso ante el éxito me parece de enorme utilidad en la clínica; si bien hay casos típicos y paradigmáticos, como los que señala Freud en el artículo de 1916, más allá de esto la hipótesis apunta a una dificultad en mayor o menor grado siempre presente en las personas neuróticas y que es intrínseca a la noción de conflicto tal como fue planteada por el propio Freud desde los comienzos de su obra. Quiero decir que -sentimiento inconsciente de culpa mediante- como resistencia al cambio psíquico, como dificultad para convivir con los logros y progresos, de aprovecharlos, cuidarlos y disfrutar de ellos, resulta un hecho de comprobación habitual y que requiere la intervención analítica.
En este procesamiento conceptual hay que ahondar en los conceptos de sadismo y de masoquismo tal como fueron expuestos en los años ‘20; sadismo del superyó, dijimos, al que entiendo que los sueños llamados punitivos que Freud describe desde 1900 en adelante podrían corresponder, a la vez que estarían vinculados con el masoquismo del yo. En cuanto al masoquismo, es de fundamental importancia la lectura del artículo de 1924, donde Freud describe tres formas: masoquismo erógeno, femenino y moral. De ellos el moral es el que está más relacionado con el superyó, desde la necesidad de sufrimiento para experimentar un castigo, dado el sentimiento inconsciente de culpabilidad.
Cabe agregar además las nociones de pulsión de muerte y de compulsión de repetición, tratadas en los comienzos de la década que estamos historiando en ese trabajo tan genial como intrincado que es Más allá del principio del placer y también en El problema económico del masoquismo. De la pulsión de muerte se ocupará extensamente Freud también más adelante, en El malestar en la cultura, así como en 1933, lo que cabe incluir para poder comprender mejor esta dinámica.
Todos estos conceptos están vigentes y son revisitados por el psicoanálisis contemporáneo, en especial por numerosos autores procedentes de Francia y de Argentina.
Á. Garma fue de los primeros en abrevar fructíferamente en este circuito conceptual freudiano, aunque a veces se le pueda cuestionar haber insistido demasiado en una línea interpretativa basada en el sometimiento masoquista del yo a un superyó sádico.
Desde luego, en El yo y el ello - de esta obra seguimos hablando, aún no hemos de dejarla atrás, dada su enorme riqueza- encontramos referencias al citado sadismo del superyó, especialmente en la melancolía (en la que alcanza tal magnitud que puede conducir al suicidio) y en la neurosis obsesiva.
Antes de abandonar El yo y el ello quiero todavía seguir reflexionando un poco más acerca de la constelación conceptual inferida por Freud desde la clínica, porque en mi criterio ha sido una verdadera revolución en el psicoanálisis, reconciliándonos una y otra vez con la idea de la existencia de un psiquismo inconciente capaz de explicar una serie de conductas de las personas y buena parte de su propio destino; determinismo inconsciente frente al cual creemos que el psicoanálisis sigue siendo un recurso importante para intentar cambiar de modo favorable el que podría ser un desgraciado curso de los acontecimientos.
Por cierto que el episodio personal que narra Freud (1936) en su visita a la Acrópolis tiene en un todo que ver con esta problemática, al tiempo que revela la capacidad de su protagonista para detectar el origen y el sentido de ciertos fenómenos y vivencias, pasibles de ser experimentados por el neurótico o aún el hombre normal: en su relato (carta a Rolland, otro notable literato), el malestar y la oposición que surgen en Freud con motivo de la posibilidad de realizar algo largamente deseado (viaje a Atenas) y la dificultad para disfrutar de ello (en la visita lo invade un “sentimiento de enajenación”, la sensación de que es “demasiado bueno para ser cierto”), son referidos sobre el final a la culpa por “llegar tan lejos”. “Parece como si lo esencial en el éxito fuera haber llegado más lejos que el padre, y como si continuara prohibido querer sobrepasar al padre”, remacha Freud. En el mismo artículo relacionará esto significativamente con “los que fracasan cuando triunfan”, con el sentimiento de culpa y el “severo superyó”.
En este orden de cosas, es sumamente frecuente y motivo de comentario lo que a veces nos sucede en torno a algo muy deseado: una vez alcanzado, suelen sobrevenir sensaciones que no dejan de extrañarnos y que pueden dificultarnos o aún impedirnos disfrutar el acontecimiento; una suerte de desinterés, desilusión, desencanto, insatisfacción y/o hastío que nos invade y amenaza con echarlo todo a perder…
El escritor y periodista Juan José Millás (2004) realizó una nota acerca de José Luis Rodríguez Zapatero, a pocos meses de haberse convertido éste en presidente de los españoles. En ella dice, a propósito de Zapatero:
“Estaba, en fin, ante un hombre que tenía una buena casa, un buen trabajo y una familia a la que amaba, que es a lo que aspira todo el mundo. Lo ilógico es que se sintiera desgraciado, aunque hay mucha gente que se deprime al alcanzar lo que desea”.
(Las cursivas son mías).

Es cierto que las explicaciones, psicoanalíticas o no, acerca de las consabidas depresiones a las que apunta Millás, pueden ser más de una, pero además nos encontramos claramente ante la situación que estamos considerando: la de haber alcanzado el éxito o un importante logro, y lo que ello entraña para el inconsciente del sujeto; más precisamente, para su superyó inconsciente. Vemos asimismo que se trata de algo que no pasa inadvertido a los legos, más allá del hecho de que Millás sea un agudo observador, de lo cual no me cabe la menor duda. (Una vez más, se trata de un escritor).
Me pregunto si los “sueños de examen”, que se cuentan entre los sueños típicos descriptos por Freud (1900), más allá de las explicaciones que en su momento éste les diera, no responden a veces a esta dinámica; estoy aludiendo a ciertas ocasiones en que parecería que estuviéramos ante la misma situación, en versión “psicopatología de la vida cotidiana”, de fracaso ante el éxito: el implacable superyó retrotrae al durmiente a su condición de estudiante-niño, esto es, aún no aprobado ni aceptado por la autoridad parental como adulto-potente, autoridad representada en el sueño por los examinadores (maestros, profesores), en el que el superyó castigador le hace al soñante revivir – y no es raro que sea con angustia- la situación de examen, como si no reconociera el logro de haberse el sujeto graduado.
Que yo sepa, Freud nunca estableció una tal relación, al menos en forma explícita.
En tales circunstancias, además de admitir esta interpretación, parecería asimismo razonable asociar estos “sueños de examen” con los “sueños punitorios”, estos sí clásicamente relacionados por Freud con la acción del superyó (Freud,1920; 1920 a; 1923 [1922]; 1930; 1933 [1932]); más precisamente, con un cumplimiento de deseos de parte de la instancia crítica.

• Inhibición, síntoma y angustia. (1926 [1925]). Vuelve aquí a ser tratado el tema de la culpa, así como el de la angustia de castración, fundamento esta última de la represión en el neurótico y de la producción de síntomas; el creador del psicoanálisis aborda aquí además el papel del sentimiento de culpabilidad en los síntomas. Todo esto es clave en los años’ 20 y se halla en directa conexión con la constelación conceptual a la que hago referencia.
Finalmente, Freud describe distintos tipos de resistencia dentro del tratamiento psicoanalítico, entre las cuales figura la que proviene predominantemente del superyó, que es la de la RTN, antes citada y que produce la necesidad de enfermar o de continuar enfermo. (Volverá a hacer mención de ella, entre otros textos, poco después en ¿Pueden los legos ejercer el análisis?).
• Y llegamos a 1930, año de la publicación de El malestar en la cultura, obra que contiene algunas hipótesis en torno a la agresividad del superyó (y que abordaré más adelante); además se señala aquí con claridad la relación de la constitución del superyó con las instancias sociales; éste no sólo es el heredero del complejo de Edipo y su configuración no depende exclusivamente de las figuras parentales.
Freud se había referido con anterioridad a dichas cuestiones, pero es en este artículo que se manifiesta expresamente su preocupación por lo social, así como en Psicología de las masas, y en ambos se incluye el tema del superyó.
Introducidos en este contexto tiendo a suponer que, demasiado inclinados a pensar en la patología del superyó, tal vez no hemos reflexionado suficientemente acerca de lo necesario de la existencia de la instancia crítica para el individuo y la sociedad, al perpetuar la prohibición del incesto y el parricidio y permitir el acceso a la cultura y la exogamia. Sin el superyó probablemente no existiría el sentimiento de culpa; y cabe un cierto elogio de la culpa, abordada en el trabajo de 1930 una vez más y de modo muy especial por Freud, aunque también vea en ella el gran problema de la civilización.
Quizás tampoco hemos meditado lo bastante acerca de la importancia del superyó en la educación del sujeto.
Cabe añadir que en El malestar… Freud describe nuevamente la constelación de factores a la que venimos haciendo referencia.
• 1933: Dentro de las Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis, la número 31, titulada “La descomposición de la personalidad psíquica” (Freud, 1933 [1932]a), es de fundamental importancia para entender las teorías del superyó en Freud, quien en esta ocasión le atribuye finalmente las funciones de conciencia moral, autoobservación y formación de ideales. Freud reafirma por ende su idea ya expuesta en El yo y el ello, de que el superyó encierra tanto las aspiraciones como las prohibiciones de cada sujeto. (Ideal del yo/ Conciencia moral). Es tanto modelo como juez.
De una gran validez clínica es lo siguiente, señalado allí por Freud: mientras de la relación conciencia moral/ yo emerje el sentimiento de culpabilidad (de aquí deriva toda la constelación que venimos comentando), de la relación del yo con su ideal depende -en parte al menos- la autoestima y surge el sentimiento de inferioridad. Así, la depresión de muchos melancólicos no es sólo por considerarse –a menudo omnipotentemente- culpables de diversos hechos, lo que remite a la relación yo-conciencia moral, sino que además se sienten desgraciados y despreciables por cuanto suelen poseer un ideal del yo tan elevado que acaba por ser inaccesible – “se han puesto el listón muy alto”, solemos decir- y la distancia entre el yo y el ideal resulta abismal; en consecuencia, tienen la autoestima por los suelos. Se trata de un tipo de depresión narcisista que, lógicamente, no es patrimonio exclusivo de los melancólicos, pero en ellos se aprecia con facilidad.
En esta conferencia vuelve Freud a hablar del superyó en el melancólico y de la resistencia inconsciente (que en un extremo da lugar a la reacción terapéutica negativa), en relación con la necesidad de castigo, vinculada a su vez con el sentimiento inconsciente de culpabilidad, deseos masoquistas y la conciencia moral. Dice además que la necesidad inconsciente de castigo interviene en toda contracción de neurosis.
También en las Nuevas conferencias… Freud (1933 [1932] b) describe el superyó en la mujer, al que considera laxo, menos severo que en el varón, posición con la que nunca he estado de acuerdo, porque la clínica -y dado que el superyó, como decía Glover por aquellos años ‘20, es uno de los conceptos más clínicos que podamos encontrar en la obra de Freud- lo desmiente día a día. Uno se encuentra con muchas mujeres ciertamente martirizadas por su superyó. La afirmación de Freud, junto a su pensamiento acerca de la sexualidad femenina, con el que también tengo puntos importantes de disidencia, le valió que se le haya echado encima parte del movimiento psicoanalítico femenino de entonces y –sobre todo- de estos últimos años, porque el concepto de un superyó laxo puede incluso tener implicancias peyorativas. Recordarán que en la citada conferencia Freud señala esto en relación directa con el devenir del edipo en la niña, distinto del varón, lo que lo conduce inexorablemente y de un modo forzado –así lo entiendo yo al menos- a colegir que el superyó de la mujer es menos severo. En el varón, según Freud, tendrá que constituirse un superyó severo como enérgica barrera, emergiendo de la situación edípica con un sistema capaz de perpetuar en él la prohibición del incesto a través de la amenaza de castración. Como la niña no se ve amenazada con la castración y abandona por ende más lentamente que el niño sus deseos edípicos, supone Freud que su superyó habrá de ser menos severo. Creo que en este punto Freud paga tributo a hacer depender en exceso la formación y naturaleza del superyó (más precisamente la conciencia moral) de los avatares del complejo de Edipo, del que, lo ha repetido varias veces, el superyó es su heredero. No obstante, y siguiendo este razonamiento freudiano en lo que atañe a las influencias del complejo de Edipo en las características estructurales del superyó, siempre he pensado que en la niña la magnitud del temor a la pérdida del objeto amado o del amor del objeto amado (en este caso me refiero sobre todo a la madre en tanto rival edípica) no tiene por qué ser desestimada.
Son temas que habrá que seguir revisando.
La existencia de un superyó muy severo o incluso cruel en muchas mujeres que uno ha tenido oportunidad de tratar, que soportan exigencias internas desmedidas, propensas a los autorreproches y a castigarse de diversos modos, podría en cambio entenderse, diría yo, a partir de ideas aportadas por Abraham (1924) y por Klein, en las que la formación del superyó no dependería sólo de la resolución edípica, presunciones que puedo adoptar sin mayores dificultades. Así, cabe tener en cuenta: la gradual y progresiva introyección de aspectos de las figuras parentales antes del naufragio del edipo -y después, claro-, las que, ya sea por la real severidad de los objetos reales externos y/o por la agresión existente hacia ellos, incluso con fantasías sádicas orales y anales, devienen superyós feroces que torturan al yo o, desde la perspectiva kleiniana, objetos internos superyoicos, perseguidores y crueles. Y esto podría darse tanto en mujeres como en varones. Que tales objetos, persecuciones y acusaciones intrapsíquicos se resignifiquen luego, desde el Edipo y desde el complejo de castración, es otra cuestión, que no es preciso tratar ahora.

A todo esto y en lo que a Klein respecta, recordemos que en los años ’20 estaba analizándose en Berlín con Abraham, el más estrecho colaborador de Freud. Pero Abraham muere en 1925 y Klein pierde por ello el apoyo y reconocimiento que necesitaba de la Sociedad Psicoanalítica de Berlín. Se traslada entonces a Londres, al ser allí bien acogida por Jones, donde empieza a ocuparse del tema del superyó, que había interesado también a quienes fueron sus analistas, Ferenczi y el nombrado Abraham y que habían escrito artículos sobre el tema. Klein irá elaborando sus teorías, que paulatinamente habrán de diferir de las de Freud y de la ortodoxia de la época. La conocida querella con A. Freud, que alcanzó en Londres su período más exacerbado entre los años 1926 y 1943, estuvo en gran medida centrada en la naturaleza y cronología del origen del superyó.
Esto también forma parte de la historia del concepto de superyó…
Veamos, escuetamente al menos, la noción de superyó en Klein y la escuela inglesa.
Klein atribuye al superyó un origen temprano que vincula con las primeras identificaciones y con la teoría de los objetos internos, objetos “casi personas”. Para ella, el superyó sería inicialmente el precipitado de múltiples y contradictorias identificaciones con los progenitores, en el que objetos extremadamente buenos coexisten con otros extremadamente malos (Klein, 1928). Este superyó puede ser muy voraz y sádico en relación con las fantasías oral-sádicas del lactante, aunque la autora señala también sus aspectos protectores.
He aquí una síntesis del pensamiento de Klein en torno al superyó:
I. En el análisis de niños la autora detecta que muy tempranamente sus pequeños pacientes tienen culpa y remordimiento. Postula, pues, la existencia temprana del superyó, antes del complejo de Edipo, aún del Edipo precoz.
II. El superyó es especialmente severo y feroz en el niño, mucho más que en los adultos, y mucho más que los padres reales; esto se halla en relación con las fantasías sádico orales y anales del niño. Se irá suavizando en su severidad y habrá una integración de sus partes contradictorias.
III. El superyó es visto como un conjunto de objetos internos en relación con el yo, a diferencia del concepto de superyó de Freud, que reduce las relaciones objetales intrapsíquicas a la relación entre el yo y el superyó. Superyó es en Klein más bien un adjetivo (objeto interno superyoico).
IV. Klein reconoce, junto a las figuras terroríficas o sádicas, figuras ayudantes, que sólo cobran mayor importancia en sus teorizaciones a partir de 1935, con la introducción de la posición depresiva, el objeto bueno interno y su preservación. (Klein, 1935).
V. La introyección de los padres es un proceso activo desde un comienzo, no sobreviene tras la pérdida de los objetos amados en el final del complejo de Edipo. Aquí Klein coincide más con Abraham, que postulaba que introyección y proyección son procesos continuamente activos, en relación con fantasías orales y anales.
De acuerdo con esta propuesta kleiniana, a la que adhiero, por introyección de los objetos parentales sobre todo, la formación del superyó se iniciaría antes del final del edipo tardío y sería gradual.
VI. Klein dirá en 1932 que el superyó se origina en el instinto de muerte.
VII. Pero hablará también de la posibilidad de modificación del superyó, especialmente en cuanto a su severidad, y más que nada por influencia del objeto externo real. Como puede suponerse, esta postura abriría mayores esperanzas desde el punto de vista terapéutico y habría de ser, a mi entender, muy favorable a propuestas como la de Strachey (1934) de intentar la modificación cualitativa de la severidad del superyó mediante el tratamiento psicoanalítico y la incidencia del analista en tanto objeto externo real benevolente.
VIII. Desde 1935 en adelante Klein fue abandonando el concepto de superyó y la teoría estructural para reemplazarlos por su concepción de los objetos internos (sádicos) -lo que le parecía configuraba un mundo interior mucho más rico- y también para dar lugar a la elaboración teórica de la culpa en relación con la posición depresiva.


Los principales postulados alusivos a los problemas terapéuticos suscitados por el superyó patológico surgen, en Freud y en otros, a posteriori de la definición teórica de su estructura; habrán de ser, pues, ulteriores a El yo y el ello. Aparecen más o menos rápidamente en los años siguientes, por los que se sitúan en la segunda etapa de esta historia de la evolución del concepto de superyó.
En el caso que se considerara que el superyó es en sí mismo inmodificable, un primer- y elemental- objetivo terapéutico consistirá en auxiliar al yo (entendido tanto como el yo de la segunda tópica o aún como la persona total) en su lucha contra el superyó. En 1930 había señalado Freud: “[…] en la tarea terapéutica nos vemos precisados muy a menudo a combatir al superyó y a rebajar sus exigencias”. Pocos años después citaría como objetivo del tratamiento psicoanalítico “[…] fortalecer al yo, hacerlo más independiente del superyó […]”. ( Freud, 1933 [1932]. El destacado es mío).
Cómo puede lograrse esto último? Ampliando el yo preconsciente-consciente (por ende enriquecido y fortalecido por la labor analítica), lo que permite al analizando tomar consciencia del accionar de un superyó sádico, que lo hace objeto de denigración, acusaciones, reproches, amenazas, engaños y/o castigos, y al que su yo, masoquista y preso de un sentimiento –a menudo inconsciente- de culpabilidad, debe enfrentarse.
El Freud de “Análisis terminable e interminable”, vale decir, el de sus últimos trabajos, parece conformarse con este cometido (salvo en una frase que expresa al año siguiente, tan enigmática como sugerente y que más adelante recordaremos), consistente en producir un cambio circunscripto solamente al yo, cuando señala: “El análisis debe crear las condiciones psicológicas más favorables para las funciones del yo; con ello quedaría tramitada su tarea”. (Freud, 1937. El destacado es mío).

Un segundo objetivo terapéutico, más ambicioso, contempla la posibilidad de que la cura analítica implique un cambio psíquico que incluya la modificación del superyó; me refiero a un cambio en la estructura misma de éste, lo cual, de ser factible, supone una meta terapéutica nada fácil de lograr y que cabe considerar con cierto detenimiento.
Ahora bien, toda esta cuestión no es nueva. Si hacemos un poco de historia al respecto y siempre dentro de esta segunda etapa (1923-1939), encontramos lo siguiente:
• La existencia de trabajos sobre el tema a cargo de Alexander, Radó y Sachs ya en 1924 (VIII Congreso Internacional, celebrado en Salzburgo) y de Alexander en 1925.
• J. Strachey, destacado psicoanalista, además de traductor de las obras completas de Freud, encaró con admirable rigor metodológico la posibilidad de un cambio cualititivo del superyó en relación con el empleo de interpretaciones transferenciales, en su conocido artículo “Naturaleza de la acción terapéutica del psicoanálisis” (1934).
• En 1936 Bibring abogaba porque el objetivo del análisis comprendiera el disminuir la severidad del superyó y la tensión de la relación con el yo; en términos parecidos se expresaron A. Freud (1936) y Nunberg (1931; 1932), propuestas todas que tenían puntos de coincidencia con la de Strachey.
• Fenichel (1938) sostenía –y podemos asociar también esta idea con lo aportado por Strachey- la necesidad de “destruir” la parte arcaica del superyó.
• Freud (1940 [1938]) mismo llegó a hablar de la necesidad de “desmontar” el superyó “hostil”, como más adelante veremos.
• La transferencia del superyó en el analista, que Freud había señalado ya en 1923 y sobre la que volvería sobre el final de su obra (Freud, 1940 [1938]), convierte a ésta en un campo privilegiado para el análisis del superyó, en el que se externaliza y despliega la dramática de la relación intersistémica de este último con el ello y el yo (al transferir el analizando de inmediato la función crítica y enjuiciadora en el analista) y en el que se basa la hipótesis de Strachey acerca del cambio cualitativo en la conciencia moral.

Toda esta producción demuestra que en los años 20’ y ’30 el tema del superyó en la cura ya preocupaba mucho a la comunidad psicoanalítica internacional.
Pasemos ahora a la tercera y última etapa, en la que también encontraremos referencias a los aspectos terapéuticos.

Tercera etapa
He aquí, desde mi perspectiva personal, algunos hitos:
• Á. Garma (1932; 1943; 1962; 1966) es uno de los que más ha contribuido a la investigación de la relación del yo con el superyó en las distintas afecciones e insistido en la importancia de conseguir modificaciones en la misma como meta fundamental del tratamiento psicoanalítico. Sus contribuciones se ubican mayoritariamente en esta tercera etapa, desde los años’40 en adelante. Considero que Garma (1974) sigue al Freud de 1923, pero también a M. Klein, cuando propone como uno de los objetivos terapéuticos básicos del psicoanálisis que el analizando haga consciente su sometimiento masoquista inconsciente a los objetos –superyoicos- perseguidores internos y externos. Cabe además pensar en la influencia de T. Reik, que fue su analista -con sus estudios acerca del masoquismo (Reik, 1941) - y que a su vez se había analizado con Freud. Capítulo aparte merece la hipótesis de Garma, compartida con su esposa, E. G. de Garma, acerca de la presencia de un superyó engañador en la manía y estados maníacos, que embauca al yo (Á. Garma y E. G. de Garma, 1966).
• También se pronunciaron por la posibilidad de cambios dentro del superyó autores como Wallerstein (1964) y Lagache (1969).
• En mi criterio, los aportes de A. Rascovsky (A. y M. Rascovsky, 1967; A. Rascovsky, 1981) resultan de fundamental importancia para comprender los efectos deletéreos del superyó en la patología.
• Intercalaré a continuación observaciones derivadas de mi experiencia clínica, que tengo especialmente en cuenta dentro de mi modus operandis en torno del llamado “análisis del superyó” (A. Freud, 1936), en tanto algunas de ellas se hallan íntimamente vinculadas con los descubrimientos de Rascovsky (1981) acerca del filicidio. Además traeré a colación ciertas propuestas técnicas e hipótesis personales para comprender la naturaleza de los cambios terapéuticos en el superyó.

1) La regresión que acompaña a las afecciones, a la que se suma la del proceso analítico, hace que, en vez de impersonal y abstracta, como de acuerdo con Freud (1926 [1925]; 1933 [1932]) correspondería a un sujeto con un cierto grado de evolución psíquica, la instancia superyoica adquiera para éste características antropomórficas. Ello se ve reflejado en la transferencia analítica y extraanalítica, los sueños y fantasías del paciente, en los que dicha instancia se personaliza a través de figuras representativas de determinados objetos superyoicos (el padre castigador, por ejemplo). El movimiento regresivo del superyó revela entonces la génesis de éste en la introyección de tales objetos, con sus correspondientes mandatos, prohibiciones, amenazas, etc., que han impedido el desarrollo de un yo fuerte; el sujeto se siente acosado por miradas y voces punitivas. Empero, la situación nos permite formular interpretaciones haciendo referencia a estos objetos, a la sazón proyectados, y analizar las tribulaciones del yo del paciente en su conflictiva relación con ellos.
Desde la perspectiva kleiniana es también factible pensar todo esto en términos de la presencia de diversos objetos internos persecutorios y de características superyoicas.

2) Pero, además, en momentos del análisis previos a que se produzca o detecte transferencia alguna del superyó -o de los objetos superyoicos- en el analista u otros objetos externos, situación esencialmente interna, persecutoria y culpógena, pueden asimismo tener cabida intervenciones del analista que apunten a desvelar estos conflictos en el analizando. Me dirijo entonces a él haciendo alusión, por ejemplo, al “padre interno”, “el padre que lleva dentro”, etc. Propongo llamar a estas intervenciones interpretaciones del conflicto intrapsíquico e intersistémico. Con frecuencia esta conflictiva superyó- yo puede expresarse de modo parcial y en el nivel consciente a la manera de una voz interior (“la voz de la conciencia”), que engaña, acusa, amenaza y/o degrada al analizando. (“Eres el culpable de lo que sucede”, “no sirves para nada”, etc.).

3) Otro aspecto que tengo especialmente en cuenta es la valoración del componente filicida de los progenitores y de personas en funciones parentales y/o educativas en la configuración del superyó, particularmente en lo que concierne a la magnitud que puede adquirir su sadismo. Veámoslo con algún detalle en la siguiente secuencia que expondré:

3.a) Suele haber una ostensible relación entre la existencia de una madre y/o un padre intensamente filicidas, cuyas conductas en la relación con el hijo/a presentan algunas de las variantes propias de lo que A. Rascovsky (1981) denominó el filicidio atenuado (maltratos diversos, físicos y psíquicos; abandonos, negligencias, etc.) y la constitución de un superyó sádico. La situación persecutoria se ha entonces internalizado y continúa en la relación del superyó con el yo. Lo que acabo de decir parafrasea aquella tan reveladora frase de Freud (1928 [1927]):
“[…] la relación entre la persona y el objeto-padre se ha mudado, conservando su contenido, en una relación entre yo y superyó, una reescenificación en un nuevo teatro”.
Es importante indagar, dentro de la clínica psicoanalítica, en las múltiples manifestaciones del filicidio atenuado, las que pueden pasar desapercibidas desde una visión superficial.
Uno de los más claros testimonios sigue siendo Carta al padre, de Franz Kafka, en el que el gran escritor describe pormenorizada y agudamente tanto las numerosas y habituales conductas filicidas de su progenitor para con él, como las huellas deletéreas que habrían dejado en la mente del Franz niño; sin embargo, no es extraño dar hoy con una versión circulante de que el padre de Kafka era un hombre normal y corriente, es decir inofensivo … (juicio probablemente basado sólo en los comportamientos formales que su progenitor presentaba en el terreno social, pero no en la intimidad familiar), en cuyo caso lo escrito por Kafka en su famosa carta sería atribuible sobre todo –craso error, diría yo- a la neurótica subjetividad del escritor. En realidad se trata de conductas parentales que tienden a ser desmentidas, lamentablemente asaz frecuentes, ni qué decir en aquellas épocas de marcado autoritarismo paterno. Es razonable suponer que el objeto real-padre y su despótica conducta hacia el hijo hayan tenido bastante que ver con la neurosis de Kafka y la conformación del superyó del escritor...
Estamos acostumbrados a comprobar en pacientes adultos, tanto hombres como mujeres, que han sido objeto de crueles prohibiciones de parte de uno o ambos progenitores desde la infancia, que continúan padeciéndolas como el primer día, como si el tiempo no hubiese transcurrido. Resulta patético y renueva nuestra capacidad de asombro comprobar la eficacia psíquica que mantienen estas prohibiciones anacrónicas y las consiguientes amenazas sobre el yo del analizando. Ejemplos: prohibición de estudiar, de emprender determinada actividad artística, etc. La angustia persecutoria infantil suele continuar en ese adulto bajo la forma, por ejemplo, de situaciones de naturaleza fóbica que se desencadenan ante cualquier tentativa de llevar a cabo aquello prohibido. “No me animo”, “me muero de miedo”, nos dicen, e incurren en las consabidas maniobras de auto-sabotaje ante sus deseos. A la severidad o crueldad de los padres le suceden la severidad o crueldad comprobada del superyó que perpetúa dichas prohibiciones; superyó que, como antes recordamos, se transfiere con facilidad a objetos del mundo exterior y que se ve representado en los sueños -a menudo pesadillas- por figuras censuradoras y castigadoras. Esto determina un destino de inhibiciones, frustraciones y fracasos, en personas que por sí mismas difícilmente habrían de animarse a emprender determinada actividad, y que sin el análisis tampoco podrán conocer profunda y cabalmente la acción inconsciente de la censura de la que son víctimas; si eventualmente se permiten realizar algo relacionado con lo prohibido pueden padecer diversas reacciones -de aquellas que caracterizan a “los que fracasan al triunfar”, por ejemplo (Freud, 1916)- y estados de ánimo depresivos o angustiosos que revelan el sentimiento de culpa subyacente y la amenaza superyoica, sucedánea de la amenaza de castración (Freud 1926 [1925], e inconscientes por igual. Además, es frecuente que caigan en una repetición en cadena y reproduzcan sobre sus hijos las mismas prohibiciones y amenazas padecidas, habiéndose identificado con un progenitor represor y tratando a los hijos del mismo modo en que ellos son tratados por su propio superyó (identificación con el agresor). Adoptar una posición distinta, tratar bien a los hijos, conllevaría, entre otras cosas, tener que enfrentarse con los padres internos (superyó), lo que les cuesta sobremanera.
Me decía un analizando:
“Bastaba que mi padre me mirara para intimidarme. No hacía falta que me dijera ni que hiciera nada más para que yo temblara de miedo temiendo cuál sería su castigo ante mi desobediencia. Muchas veces me sorprendo mirando a mi hijo con esa misma mirada severa y no puedo evitar que me tenga mucho miedo también, contrariamente a lo que yo desearía”.

A mayor intensidad de las tendencias filicidas de los padres (y/o sustitutos), mayor crueldad del superyó.
Es interesante comprobar los puntos de vista de Freud al respecto, sólo en apariencia contradictorios, en rigor compatibles y conceptualmente muy valiosos, aunque acaso resulten expuestos de un modo algo cambiante u oscilante, como si en este asunto su pensamiento vacilara. Así, en El malestar en la cultura, sostiene la proveniencia de la energía agresiva del superyó tanto de a) la energía punitiva de la autoridad exterior, como de b) la propia agresividad del sujeto destinada a esa autoridad y no descargada. Acerca de esto último dice, por ejemplo:
“[…] la severidad originaria del superyó no es –o no es tanto- la que se ha experimentado de parte de ese objeto o la que se le ha atribuido, sino que subroga la agresión propia contra él.”
(El destacado es mío).
Comenta Freud que la severidad del superyó del niño no refleja para nada la severidad del trato recibido; cita además aquí a Melanie Klein entre quienes han “destacado correctamente” este hecho. Y añade, hablando siempre de la severidad del superyó:
“Parece independiente de ella [de la severidad del trato], pues un niño que ha recibido una educación blanda puede adquirir una conciencia moral muy severa”.
(Lo escrito entre corchetes me pertenece).
Aunque de inmediato agrega:

“Empero, sería incorrecto pretender exagerar esa independencia; no es difícil convencerse de que la severidad de la educación ejerce fuerte influjo también sobre la formación del superyó infantil”.
Pocos años antes, en “Dostoievsky y el parricidio”, había señalado rotundamente:
“Si el padre fue duro, violento, cruel, el superyó toma de él esas cualidades…”.
(Se trata de lo que poco antes citamos, procedente del mismo artículo, esto es que la situación persecutoria con el progenitor se continúa intrapsíquicamente).
Y en ese mismo texto, más adelante, escribía también:
“[…] un factor accidental no puede menos que pesar: que el padre temido sea muy violento también en la realidad”.
Desde luego que estamos considerando no sólo “la severidad de la educación”, sino sobre todo la crueldad o directamente el sadismo en padres y educadores, evidenciados en las diversas formas de maltrato, negligencia y desprecio al hijo/a, que pueden canalizarse tanto con la educación como pretexto como con el abandono más flagrante.
Al mismo tiempo cabe reconocer que es de innegable importancia la mencionada línea de pensamiento que Freud desarrolla en El malestar en la cultura, reiterada en “La descomposición de la personalidad psíquica” y que mucho antes formulara en Tótem y tabú, por la que la severidad primaria del superyó obedecería a la propia agresión del sujeto (portador de tal superyó) hacia el objeto.
A esto debemos además añadir que son varios los autores que han remarcado que la severidad del superyó puede no guardar relación con la conducta real de los padres y educadores o aún tener con ésta una relación inversa (autonomía del superyó que a la vez también resulta un hecho comprobable en la clínica psicoanalítica, lo mismo que el de convertir en ogros, por proyección de objetos internos superyoicos perseguidores y castigadores, a quienes no lo son).
Sin embargo, considero que aferrarse demasiado a esta sola perspectiva entraña el riesgo de escamotear actitudes severas y/ o crueles de parte de los progenitores y que son así desestimadas o directamente ignoradas. Las tendencias filicidas pueden fácilmente ser desmentidas, dado su carácter siniestro y ante la culpa generada por las tendencias parricidas, capaz de nublar la visión del investigador más avezado.
No desconozco que sobre estos temas se ha instalado en psicoanálisis una ya antigua polémica, a la que no es ajena la escuela inglesa, criticada por no atender a veces lo suficiente al objeto externo real y poner excesivamente el acento en el sujeto, en su carga tanática constitucional y sus fantasías sádicas, que explicarían el feroz sadismo que para él adquiere el objeto. No obstante, tampoco hay que olvidar que, como antes cité, ha sido la propia Klein quien cifró las expectativas de modificación del superyó severo del paciente en la presencia y acción de un objeto externo, el analista.
3.b) Pero con la introyección de los objetos parentales filicidas no termina la cuestión. Habrá todavía más consecuencias negativas y que se reflejarán en la naturaleza sádica del superyó, capaz de alcanzar un alto grado de violencia sobre el yo, violencia que puede exteriorizarse a través de múltiples manifestaciones patológicas, con las que estamos muy familiarizados.
Si bien hemos de dar por descontado que todo hijo albergará inevitablemente deseos parricidas al atravesar el complejo de Edipo (cualquiera sean las características de los padres, es decir, aun cuando fuesen cariñosos y protectores), y ello incidirá en la agresividad del superyó, la intensidad de estos deseos parricidas se halla asimismo en directa relación con las pulsiones filicidas de aquéllos. Veámoslo en la propia tragedia narrada en Edipo Rey. El desprecio y la intención de matar a Edipo evidenciados por su padre, Layo, en la encrucijada de los caminos, han de provocar la ira del primero hacia Layo y su séquito. Antes, en cambio, Edipo había huido del lado de sus amados padres adoptivos para evitar causarles daño alguno, advertido por el oráculo de que acabaría matando a su progenitor y acostándose con su madre. Identificado con el padre agresor, como acertadamente señalan A. y M. Rascovsky (1967), Edipo, en defensa propia además, le dará muerte. Entonces, ¿a quién mata finalmente Edipo? Al padre filicida, y no al padre protector…
¿Hacia dónde me dirijo ahora?, se preguntarán. Hacia la siguiente deducción: a mayor intensidad de los deseos parricidas (y/o matricidas), incrementados por las pulsiones filicidas de los progenitores, se desarrollará un mayor sadismo del superyó, alimentado dentro de un verdadero círculo vicioso por el cual el superyó se ve cargado adicionalmente con toda la agresión conque el yo reacciona, pero que no descarga, contra el odiado y temido objeto parental filicida, objeto que introyectado ha devenido identificación superyoica y que amenaza ahora también retaliativamente al yo, ensañándose aún más con él.
No se trata sólo de la búsqueda de la verdad, que ya es decir. De este modo, adentrándonos más en la génesis íntima de ese superyó cruel para intentar desarticular el mencionado círculo vicioso filicida-parricida que explicaría la magnitud de su virulencia, considero que tendremos mayores posibilidades de comprender y combatir su acción deletérea sobre el yo.

Aunque el interrogante acerca de si el superyó puede ser modificado por el tratamiento psicoanalítico es, como hemos visto, de antigua data, considero que fue bastante dejado de lado desde hace un cierto tiempo y que es por ello oportuno reformular. Atañe a un tema de indudable importancia en psicoanálisis, que desde hace años me viene interesando y que se halla comprendido dentro de lo que podemos llamar una metapsicología de la cura (Braier, 1990 a), en tanto la utilización del tratamiento psicoanalítico conlleva la posibilidad de una reorganización profunda de la personalidad del analizando.
Dado el papel que el superyó desempeña en la vida psíquica, el cambio terapéutico en su estructura habrá de tener en definitiva una considerable importancia en la salud mental del analizando. Al respecto parece oportuno recordar una frase de Freud en El yo y el ello, obra en la que, recordemos, denominó indistintamente ideal del yo o superyó a esta instancia psíquica:
“[…] quizás es justamente este factor, la conducta del ideal del yo, el que decide la gravedad de una neurosis”.
Entiendo que si partimos de la teoría freudiana de formación del yo y el superyó sobre la base de identificaciones (Freud, 1923; 1933 [1932] a) -teoría que también seguirá Klein y que desarrollará con sesgo propio-, las que de este modo determinan el carácter de una persona (Freud, 1923; 1933 [1932]), es dable pensar en la posibilidad de un cambio estructural producido por el análisis y vinculado con desidentificaciones terapéuticas de aquellas identificaciones patógenas causantes de las alteraciones del carácter (Braier, 1989; 1992)2.
¿Ha insinuado Freud algo que pudiera tener relación con una tal labor durante la cura analítica? Considero que sí. Con respecto a la resistencia por sentimiento inconsciente de culpa, frente a un superyó “muy duro y cruel”, por la que el analizando ha de continuar enfermo, Freud (1940 [1938]), según lo anticipé, llega a decir:
“Para defendernos de esta resistencia, estamos limitados a hacerla consciente y al intento de desmontar poco a poco ese superyó hostil”. (El destacado es mío).
Freud nos habla de “desmontar” un superyó (por medio de la labor analítica), lo que entrañaría, a mi juicio, una desidentificación, dado que el superyó, siguiendo al propio Freud, sería producto del “montaje” de diversas identificaciones.3
En mi criterio, esta acción desidentificatoria puede sustentarse no sólo en el análisis de la transferencia y depende en esencia de volver conscientes las identificaciones patógenas- básicamente inconscientes-, así como los factores desiderativos y defensivos que determinan su génesis y permanencia (Braier, 1989). Estas identificaciones se hallan a menudo fuertemente arraigadas en el superyó y/o en el yo del sujeto. El laborioso trabajo de desidentificación está comprendido dentro del trabajo elaborativo del proceso psicoanalítico y tiene, más específicamente, semejanzas con el trabajo de duelo.
Vale la pena que, a poco más de setenta años de su publicación, al menos mencionemos brevemente el artículo de Strachey, que nos habla acerca del cambio en el superyó dentro de una línea bien definida del trabajo analítico, y que desde la perspectiva que propongo supone también la presencia de fenómenos -en este caso expresamente dentro del campo de la transferencia-contratransferencia- de desidentificación y reestructuración identificatoria (Braier, 1990).
Opino que gran parte de lo que en su artículo de 1934 nos dice Strachey sigue siendo de gran interés y mantiene su vigencia. Allí su autor expone con claridad lo que en su opinión resulta ser el- al menos hoy diríamos un- resorte de la cura en psicoanálisis. El mecanismo en cuestión producirá, entre otras consecuencias, una modificación en el superyó del analizando, consistente en una disminución de su severidad.
El artículo de Strachey es ya otra historia por sí mismo. No olvidemos que se trata de uno de los escritos sobre técnica psicoanalítica más leídos, después de los de Freud.

La historia continúa…
Hemos de incluir además las contribuciones de Lacan. En su obra hay distintas elaboraciones del concepto de Superyó, sobre todo en relación con la dupla ideal del yo/ yo ideal. No me considero autorizado a revisar un tema tan complejo como el del superyó en Lacan, pero al menos señalaré y comentaré algunos puntos que me parecen relevantes y que creo haber logrado captar. Me consta que el Seminario XX de Lacan, llamado “Aún”, es de lectura obligada para entender aquello del Superyó como un imperativo al goce. Describe allí el autor francés un superyó tiránico que ordena el goce, que incita al goce, al tiempo que lo prohibe. Esto es fundamental en la teorización de Lacan, y personalmente lo entiendo en parte desde la teoría freudiana de la relación del superyó no tanto con el mundo exterior sino con la que también mantiene, desde sus orígenes, con el ello (Freud, 1923; 1933 [1932]), por la cual –el superyó- puede también representar ante el yo el mundo del goce, el mundo del ello. Hay una frase algo enigmática y un tanto paradójica en El yo y el ello en relación con esto, que es cuando Freud señala que el superyó es abogado del mundo interior, vale decir del ello, y que se opone al yo, que es el representante del mundo exterior… Este superyó, repito, ordena gozar, castiga y/o prohibe además el goce, mientras goza a su vez por ejercer la prohibición. Asimismo, desde esta perspectiva, el superyó resulta un puro cultivo de la pulsión de muerte (Nasio, 1988), con lo que coincide con un cierto Freud, que no sólo en El yo y el ello sugiere tal cosa, sino también –en contradicción con otras hipótesis suyas- en otros pasajes de su obra. (No comparto esta propuesta de Freud, precisamente por haber adoptado yo ideas opuestas del propio Freud, que cito en otro trabajo -Braier, 2005- al referirme a la función protectora del superyó).
Por otro lado, este superyó tiránico y básicamente inconsciente que describe Lacan, al empujar a violar la prohibición, me recuerda a un tipo particular de superyó, decididamente perteneciente a la patología: el ya citado superyó engañador, descripto por Á. y E. Garma (1966) en la manía. El superyó de los textos lacanianos, poseería, pues, otra función, diferente de las hasta aquí citadas: una función de exhortación (al goce) y, además, desmesurada, como se encarga de apuntar Nasio (1988).
Dentro de esta tercera y última etapa de la evolución histórica de la noción del superyó y sus múltiples enigmas, que llega hasta nuestros días, cabrían además los autores que han investigado el desarrollo del superyó después de la resolución del complejo de Edipo, entre los que se cuentan A. Freud (1958), H. Loewald (1961), E. Jacobson (1964) y –más recientemente- P. Blos (1970; 1979), al ocuparse de la adolescencia. En las etapas adolescentes deberá darse una reestructuración del superyó, que resulta de las desidentificaciones y las nuevas identificaciones, siendo espontánea y propia de este período de la vida.
Hay acerca del superyó, además, una serie de trabajos, simposios, etc., celebrados a lo largo de los últimos veinte años en diversos países. Quiero al menos citar los valiosos aportes de H. Bleichmar (1995; 1997) sobre la transformación terapéutica del superyó por la vía de la desidentificación, así como los de Jorge Aragonés (1999) en torno al ideal del yo y el superyó en su texto acerca del narcisismo. Me detengo aquí.


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