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Europea
de Historia del Psicoanálisis

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SUFRIMIENTOS Y ALGO MAS
Por: Luis Hornstein

Usted es el culpable
de todas mis angustias y todos mis quebrantos.
Usted llenó mi vida
de dulces inquietudes y amargos desencantos
(Usted, de G. Ruiz y J. Zorrilla)

El hombre actual sufre por no querer sufrir. Quiere anestesia en la vida cotidiana. Ciertos sufrimientos sólo son preocupante cuando son desmesurados sea por la duración, sea por la intensidad. Para atenuarlos, para borrarlos, recurrimos a diversas estrategias. Existen dos alternativas opuestas: ser un fiscal que condena el mundo porque “siempre fue y será una porquería” (Discépolo). O un abogado defensor, porque la vida le ha dado tanto “le ha dado la vida y le ha dado el llanto” (Violeta Parra).
La moral y la felicidad, antes enemigos irreductibles, se han fusionado; lo que actualmente resulta inmoral es no ser feliz. Hemos pasado de una civilización del deber a una cultura de los placeres. Allí donde se sacralizaba la abnegación, tenemos ahora la evasión; donde se privilegiaba la privacidad, tenemos la violencia mediática y la frivolidad. La dictadura de la euforia sumerge en la vergüenza a los sufren.
Conviértase en su mejor amigo, piense en positivo… Se insiste en que “tener onda” es ser chispeantes, divertidos, pum para arriba. No sólo la felicidad constituye, junto con el mercado de la espiritualidad, una de las mayores industrias de la época, sino que es también el nuevo orden moral.
Para el diccionario, “sufrir” es “sentir físicamente un daño, un dolor, una enfermedad o un castigo; sentir un daño moral; recibir con resignación un daño moral o físico”. No dice si el sufrimiento es un capricho, ni si es merecido o inmerecido, evitable o inevitable. Es obvio que hay sufrimientos inevitables. Pero no es tan obvio que también sufrimos neuróticamente. Habla, sí, de resignación, que vendría a ser “bancarse” el sufrimiento ¿Que es “resignación”? Es la renuncia a la satisfacción de un deseo, no la muerte del deseo. La rebelión dice no. La aceptación dice sí. La resignación es un proceso de duelo, demasiado confortable para que se desee abandonarla. Demasiado triste para quedarse ahí.
Predomina el sufrimiento causado por la pérdida (la muerte de alguien significativo, su rechazo, alguna acción suya que nos decepciona). Y aquí están incluidos el despido laboral, la quiebra de una empresa comercial, los sinsabores de un proyecto. El otro está presente, aun más que en la alegría. Está presente una distancia: entre antes y ahora, entre realidad y fantasía. Eso duele. Es un dolor sano, que a veces se intenta extirpar con distintos psicofármacos con alcohol o con otras conductas de evasión. Es sabido. Mejor dicho, hay que repetirlo.
Algún día, el que perdió a un ser querido, el que perdió una empresa (comercial o espiritual), el que creyó haber perdido todo, deja de sufrir o al menos el sufrimiento deja de estar omnipresente. Sin embargo, todos conocemos personas que son un continuo lamento.
Escribió Piera Aulagnier (1982): “Pensar, investir, sufrir: los dos primeros verbos designan las dos funciones sin las cuales el yo no podría devenir ni preservar su lugar sobre la escena psíquica: el tercero, el precio que deberá pagar para lograrlo”.
Dice el tango:
Primero hay que saber sufrir,
después amar, después partir
y al fin andar sin pensamiento...
La persona que sufre tiene dificultades para “investir”, para poner combustible al motor de su psique. “Investir” e “invertir” a veces son sinónimos. Invierto en la carrera universitaria o deportiva de mi hijo. Invierto esperanzas y esfuerzos en una corriente política o un proyecto. Vivir es arriesgar. “Desinvestir” es el proceso inverso: retirar la inversión, el entusiasmo, el interés. La indiferencia se convierte en escudo contra las afrentas que vienen de los otros y de la realidad. A veces son repliegues tácticos, para volver a la carga. A veces implican que uno ha bajado los brazos.
La multiplicidad de los sufrimientos que nos afectan es traumática. Nos aturde. Nos paraliza. Echamos mano a nuestros mecanismos reduccionistas. O bien, como Ulises, nos atamos al mástil salvador de la clínica.

USTED ES EL CULPABLE.....
El infantilismo y la victimización son dos modos de la irresponsabilidad. Es el intento de eludir las consecuencias de los propios actos, de gozar de los beneficios de la libertad sin sufrir sus inconvenientes. Hay quien está tan por encima de la culpa que llega a autoproclamarse mártir. “Sufro: indudablemente alguien tiene que ser el causante, así razonan las ovejas enfermizas” (Nietzsche, F.).
¿Qué es el infantilismo? Tenemos derecho a tener un techo, a evitar la intemperie. Otra cosa es que un adulto pretenda la protección que se le da al niño. El infantilismo combina una exigencia de seguridad con una avidez sin límites y evita cualquier obligación.
En cuanto a la victimización es concebirse según el modelo de los damnificados. Convertirse en inimputable. Al demostrar que el ser humano es movido también por fuerzas que no conoce (lo inconsciente) Freud también proporcionó a cada cual una batería de pretextos para justificar sus actos (mi infancia desgraciada, mi madre “castradora”, mi padre ausente). Sin embargo, el hombre sigue siendo responsable y no puede excusarse por una historia desfavorable.
Ser adulto es renunciar a las pretensiones desorbitadas, aceptando los obstáculos. La infancia termina con la pubertad. Pero tiene sus reediciones en la vida adulta. Destellos que aportan un flujo renovador. Tal vez una vida más plena sea eso. No es necesario hacerse todas las cirugías ni hablar a la moda, basta con recuperar la capacidad de asombro de la infancia.
Una manifestación habitual del sufrimiento es el aburrimiento. Cuando estamos entretenidos “comemos” de nuestros ahorros. Nuestro psiquismo es una alacena con provisiones. El aburrido no tiene reservas psíquicas. O quizá sea un devorador compulsivo, al que ningún alimento sacie. Y ésa es la acusación a la “sociedad de consumo”. Una tendencia bulímica, insaciable, determinada por una tecnología que abarrota de objetos al mercado (a la vez que millones de excluidos apenas sobreviven). El aburrido busca compulsivamente bebidas, drogas, sexo y otras excitaciones.

USTED LLENO MI VIDA DE DULCES INQUIETUDES Y AMARGOS DESENCANTOS
El otro es lo otro, los otros. Los otros cumplen diversas funciones: balance narcisista, vitalidad, sentimiento de seguridad y protección, compensan déficits, neutralizan angustias (Hornstein, 2000).
El vínculo narcisista no se cae, como los dientes de leche, pero coexiste con vínculos actuales. Hay reconocimiento de la diferencia entre pasado y presente. Se puede investir un futuro. Se puede crear, se puede gestar. No nos bañamos dos veces en el mismo río. Cambian el río y el sujeto. La alteración es una condición de los seres vivos. Uno deviene otro. La alteridad es la condición de los vínculos no demasiado impregnados por el narcisismo.
Ante el sufrimiento hay varias estrategias: la anestesia de los fármacos, del alcohol y las drogas (anestesia de doble filo), la calma chicha de ciertas corrientes orientales que decreta vanos nuestra mundanidad, nuestros afectos, nuestras preocupaciones. Otra estrategia es zambullirse en la magia del mundo. Entre la insípida calma y la vida intensa, votamos por la vida intensa. Pero no estamos predicando. He postulado el juego como herramienta terapéutica y he dado en mis libros sus bases metapsicológicas, que aquí no repetiré. Juego es la dimensión creativa que puede haber hasta en ciertas rutinas. Juego es lo que hay en el trabajo, cuando no es repetitivo (Hornstein, 2003).
Amar y trabajar, decía Freud. Narcisismo trófico para no morir. Los clásicos tienen eso: son actuales. El amor es un juego, incluso porque no siempre se gana, a diferencia del nirvana. Su espectro abarca una gama de sentimientos: el éxtasis, la dependencia, el sacrificio, la esclavitud, los celos. El amor supone que aceptemos sufrir por y a causa del otro, de su indiferencia, su ingratitud o su crueldad. En el enamoramiento todo nos encanta en el otro: después se va marchitando. Se trata del mismo individuo, pero uno soñado, deseado, esperado, ausente..., y el otro presente. El uno brilla por su ausencia, el otro es mate por su presencia.
Observemos esas parejas de cierta duración. ¿Se quieren hoy más que ayer pero menos que mañana? No se corresponde a la experiencia. Continúan deseándose, si han sabido transformar la locura amorosa de sus comienzos en gratitud, en confianza. La ternura es una dimensión de su amor, pero no la única. Existe también la complicidad, el sentido del humor, la intimidad, el placer explorado y reexplorado, existe esa apertura y esa fragilidad de ser dos. Hace tiempo que renunciaron a ser sólo uno. Han pasado del amor loco al amor a secas (Hornstein, 2011).
Amar supone lidiar con la angustia a perder un lugar privilegiado. André Comte-Sponville señala: “El envidioso querría poseer lo que no tiene y otro posee; el celoso quiere poseer él solo lo que cree que le pertenece”. Los celos patológicos se basan en una concepción errónea de lo que es una relación afectiva tanto si es amorosa como de amistad. Parten de una concepción primitiva: amar consistiría en poseer y aceptar el amor de un celoso o celosa sería aceptar la sumisión a su enfermiza posesividad. ¿Pero qué querrá decir “poseer” al otro? En verdad, ¿nos adueñamos del otro? Los otros no son pasivos. Como lo sabe el que amó y no fue correspondido. Los celos acarrean sufrimiento, provocan ansiedad por la anticipación de la pérdida. Los celosos nunca disfrutan de su alegría: se limitan a vigilarla. El celoso teme que sus cualidades no basten para retener a su pareja. De ahí la necesidad de controlar, intimidar y aprisionar.

DEL DESAMPARO A LA AUTONOMÍA
El bebé nace indefenso. El mundo lo abruma. La madre se dirige a él con un discurso que lentamente se va haciendo comprensible. La madre es vocera e intérprete. ¡Qué avidez la del bebé! Sólo hay necesidad imperiosa. En la madre apenas se nota, hasta tal punto está transfigurada por la ternura. El niño toma; la madre da. El amor nos precede siempre y nos enseña a amar y amarnos.
El recién nacido recibe muchas escrituras (voces, caricias, gestos, afectos). Esa mirada, esos brazos que acunan, son mensajes, estén o no acompañados de palabras. Saldrá del desamparo si conquista la autonomía. La crianza consiste en dar a un hijo primero raíces (para crecer) y luego alas (para volar). Algunos niños experimentan un equilibrio entre protección y libertad. Otros, una sobreprotección que los infantiliza.
La etapa del narcisismo es idílica. Uno está inmerso en el mundo sin siquiera saber que existe el mundo. El niño es echado del Paraíso. Y entra en la sociedad humana. La subjetivación es un proceso continuo de interiorización la lengua que hablo, las categorías de la experiencia sensible o del pensamiento de las que me sirvo, la presión de las comunidades, la pertenencia a un género, una clase.
Los otros van cambiando. Apenas nacidos, somos pura necesidad. Enseguida conocemos el placer de ser mimados. Después tenemos relaciones amorosas y sexuales. Después el placer del trabajo y de otras actividades. No se trata de una transición natural, sino regada por el lenguaje, la simbolización, la creatividad, que los otros nos procuraron hasta que estuvimos en condiciones de procurárnosla por nosotros mismos.
El sujeto va por más. Exige nuevos espacios. El primero es el familiar. Luego es, para el niño, la escuela ; para el joven, los amigos, y para el adulto, el medio profesional. Un tercer espacio es lo histórico-social y, en particular, una subcultura con la que se comparten intereses, exigencias y esperanzas. Y si no queremos vivir en una burbuja, veamos qué sucede en las distintas zonas de nuestro país y en las distintas capas sociales.
Una teoría del sujeto debe dar cuenta del pasaje-proceso desde la indiferenciación narcisista hasta la aceptación de la alteridad y del devenir. Lo hará concibiendo al sujeto no sólo identificado sino identificante; no sólo enunciado sino enunciante; no sólo historizado sino historizante; no sólo sujetado sino protagonista (Hornstein, 2000).
El sujeto de la modernidad ya no existe y no hay por qué resucitarlo. Era alguien consciente, transparente para sí mismo y dotado de libre albedrío, al menos en una versión rosa y retrospectiva. Hoy el sujeto flota en un mar de contradicciones. Las coerciones son muchas y variadas. Debe elegir dentro del espacio creado por las contradicciones que lo atraviesan. Nosotros, como profesionales, tenemos que elegir cuidadosamente las palabras. “Libertad”, como “felicidad”, dice tanto que en cierto sentido termina por decir muy poco. ¿Es libre un deprimido o un habitante de Buenos Aires? Mejor preguntémonos (y contestemos) cuáles son sus “márgenes de maniobra”.

SUFRIMIENTOS Y MALESTARES CULTURALES
Abordar los sufrimientos actuales implica considerar las dimensiones subjetivas de los procesos sociales. La tarea concierne a diversas disciplinas. ¿Podremos intercambiar? Vean la lista de los autores leídos por Freud: poetas, filósofos, médicos, historiadores, políticos, biólogos. Vean cómo mantiene el timón en el mar embravecido de tanta lectura, que a otro llevaría al eclecticismo o a la dispersión. Un caso de coraje frente al cambio (se habla tanto de miedo al cambio).
No aspiramos a abolir los huracanes sino a evitar que nos arrasen. No aspiramos a vivir sin incertidumbre, pero por encima de cierto monto es imposible imaginar un futuro. La búsqueda de nuevos objetivos, de nuevos proyectos sobre las cenizas de los anteriores es lo que diferencia a una persona que se siente apta para el futuro y la persona lastrada por el pasado. La ilusión se doblega ante la nostalgia. No se trata de ser un fanático del progreso ni un nostálgico del pasado.
El análisis de la influencia de los condicionamientos sociales sobre la historia individual esclarece los conflictos “personales”. Permite deslindar los elementos de una historia propia y los que comparte con aquello que están inmersos en similares contradicciones sociales, psicológicas, culturales y familiares.
Por supuesto que lo biológico no debe ser excluido, más allá de la propaganda de las empresas farmacéuticas y de los honesta o deshonestamente organicistas. Los sujetos no son espíritus libres restringidos solamente por los límites de la imaginación o por los determinantes socioeconómicos. Pero tampoco son máquinas replicadoras de ADN. Son efecto de una interacción constante entre “lo biológico” y “lo social” a través de la cual se construye la historia.
Lo social ofrece un entramado que sirve de soporte al individuo pero también gravita en la multiplicidad de sufrimientos que aquejan a nuestros consultantes. Los duelos masivos y traumas hacen zozobrar vínculos, identidades y proyectos personales y colectivos (Hornstein, 2006).
Vivir en la “sociedad de riesgo” (Beck) es enfrentar altos niveles de incertidumbres. Frente al estallido de las normas tradicionales, el individuo no cuenta con una guía univoca. Se le exige ser exitoso en diversos registros: físico, estético, sexual, psicológico, profesional, social, etc. En un mundo fascinado por el éxito individual, el rendimiento y la excelencia, hay tensiones fuertes entre las metas y los logros y ello implica sufrimiento.
Vivimos en lo efímero, la obsolescencia acelerada. Un modo bursátil de vivir, a la Wall Street, implica tener en cuenta múltiples “indicadores” que deben atraparse al instante. Hoy “se usa” un aire juguetón de ligereza, el compromiso light. Algo falla en el pum para arriba, que necesita drogas diversas, anabólicos, bebidas energizantes. Este “politeismo de los valores” al decir de Max Weber, esta ausencia de brujulas éticas ¿qué sufrimientos genera? Fugacidad y frivolidad de los valores. ¿En qué o en quiénes podemos creer hoy? El deterioro de valores colectivos incide en los valores instalados en la infancia, pero que siempre se actualizan (Hornstein, 2011).
¿Cómo orientarnos en este laberinto? Esa crisis no es sólo la de los marcos morales heredados de las grandes confesiones religiosas, sino también la de los valores laicos que les sucedieron (ciencia, progreso, emancipación de los pueblos, ideales solidarios y humanistas). Algunos buscan una restauración retornando a los valores tradicionales (nacionalismo, familiarismo, fundamentalismo, integrismo) o en la búsqueda de ideales new age. Ya no hay tampoco una tradición indiscutida de la familia (las hay ampliadas, nucleares, monoparentales, homosexuales, etc.). Caídos los dogmas, tenemos que soportar que a veces no sepamos a qué atenernos.

SUFRIMIENTOS, CONFLICTOS Y DSM IV
Si uno no mira para otro lado, la clínica lo confronta con los sufrimientos del paciente actual, que no es el paciente de Freud ni el de Lacan. Nuestro paciente presenta un cóctel con algunos de los siguientes indicadores: oscilaciones intensas de la autoestima y desesperanza, apatía, hipocondría, trastornos del sueño y del apetito, ausencia de proyectos, crisis de ideales y valores, identidades borrosas, impulsiones, adicciones, labilidad en los vínculos, síntomas psicosomáticos.
Marean la cantidad de partidos que se presentan a las elecciones, la cantidad de corrientes psicoanalíticas, y psicoterapéuticas no psicoanalíticas, la cantidad de indómitos síntomas que no se dejan arrear fácilmente a los tres corrales (neurosis, perversión, psicosis). Ante el mareo hay soluciones baratas y caras. Las caras evitan el reduccionismo pero nos obligan a estudiar.
El Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, conocido como DSM, es uno de los intentos de evitar el mareo. Fue ideado para encontrar un mínimo común divisor, un esperanto, entre distintas corrientes de la psiquiatría y la psicología. Soslayando el conflicto instaló la paz, una paz que se parece a la del sepulcro.
Esquemáticamente, hay dos psicopatologías. Una admite causas y la otra no. Entre las que admiten causas e investigan cómo dilucidarlas, está la psicopatología psicoanalítica. Sin descuidar los síntomas, se zambulle en la turbulencia de los conflictos. Hace más de cien años que navega. La otra psicopatología es de orientación neokraepeliniana. Pone entre paréntesis o directamente omite la interrogación sobre cómo llegamos a lo que llegamos, para soslayar los desacuerdos. Intenta elaborar criterios estandarizados que describan síndromes. Su monumento es el DSM.
A veces los diagnósticos hacen olvidar que estamos en una intrincada selva y no en un cómodo safari. La psicología se ocupa de pasiones y sufrimientos. El DSM IV no ha logrado aquietarlos, los ha anestesiado mediante categorías que tranquilizan al psiquiatra, pero no aquietan las tormentas subjetivas.
La clasificación del DSM-IV no tiene en cuenta personas sino “síndromes”. Es una clasificación ateórica y descriptiva. Ateórica porque solo hace un inventario de síntomas. La finalidad del DSM IV es mejorar la fidelidad. La fidelidad permite que ante un mismo paciente dos clínicos arriben a un mismo diagnóstico y es una condición decisiva en la investigación epidemiológica. Se necesitaba disponer de herramientas comunes para seleccionar a los pacientes que participarían en los ensayos clínicos, a fin de probar nuevos medicamentos psicotrópicos.
Retengamos las dos palabras: fidelidad y validez. Está en juego la comprensión del trastorno. Se supone validez cuando se puede establecer la relación entre un síndrome y un proceso que se encuentra en su causa.
Los exámenes de laboratorio son imprescidibles en el diagnóstico de las enfermedades infecciosas. Pero deben ser sustituidos por un consenso de expertos en otros campos médicos, como el de los factores de riesgo (el índice de colesterol, la tensión arterial, etc.). ¿En qué niveles deben ser vigilados y tratados? La menor modificación en un sentido o en otro se traduce en miles de millones de dólares de más o menos para la industria farmacéutica. Es importante que las decisiones no se tomen ni en el interés exclusivo de la industria farmacéutica ni para reducir las obligaciones de reembolso de la medicina prepaga o de las obras sociales.
La psicopatología es tan sólo un bosquejo que ayuda a aprehender algo de una realidad que se resiste al intento de encasillamiento. “Ya la primera mirada nos permite discernir que las constelaciones de un caso real de neurosis son mucho más complejas de lo que imaginábamos mientras trabajábamos con abstracciones” (Freud, 1926).
Los casos “puros” no abundan. ¿Existe la pureza? Todo lo que vive ensucia, todo lo que limpia mata. El agua pura es agua sin mezcla, y, por lo tanto, es un agua muerta, lo cual dice mucho sobre la vida y sobre una cierta nostalgia de la pureza.

LA ERA DE LA DEPRESION
Para muchos autores las depresiones son “el mal del siglo” y responsabilizan al estrés y a la falta de ideales de la sociedad contemporánea. Y ante ello, la sociedad entera (no sólo los laboratorios) ofrece al sufriente soluciones mágicas. Los útiles medicamentos antidepresivos se convierten en artificiales píldoras de la felicidad y en un medio carcomido por la droga los deprimidos se vuelven “toxicómanos legales”. Tal vez porque se desprecia la tristeza, se prescriben antidepresivos incluso a los meros desdichados.
La tristeza es un sentimiento fundamental así como la alegría. Si en la alegría nos sentimos plenos, en la tristeza hay una pérdida de vitalidad. La depresión se diferencia de la desdicha. Hoy todo tipo de grados intermedios y acciones recíprocas (la depresión vuelve desdichado y la desdicha deprime).
La depresión y la tristeza, ambas, implican una pérdida o el fracaso de un emprendimiento personal. Pero son diferentes. La depresión implica una disminución de la autoestima y la tristeza no. Por eso postulé la autoestima como indicador. La autoestima, esa noción mal mirada. E insistí en la noción de valor del yo. Para poder entender las depresiones, hay que estar atentos a la relación yo/superyó, a los baluartes narcisistas y la tramitación de duelos y traumas. (Hornstein, 2006).
La autoestima es un estuario turbulento. No es para menos, porque los ríos que desembocan en ella son la infancia, las realizaciones, la trama de relaciones significativas, pero también los proyectos (individuales y colectivos) que desde el futuro nutren al presente. La hacen fluctuar la sensación (real o fantaseada) de ser estimado o rechazado por los demás; el modo en que el ideal del yo evalúa la distancia entre las aspiraciones y los logros. Al mismo tiempo, la satisfacción pulsional aceptable para el ideal (directa, inhibida en su fin) y la sublimación la elevan. Así como la imagen de un cuerpo saludable y suficientemente estético. Y al mismo tiempo la afectan la pérdida de fuentes de amor, las presiones superyoicas desmesuradas, la incapacidad de satisfacer las expectativas del ideal del yo. Y naturalmente, las enfermedades y los cambios corporales indeseados.
La autoestima es lo que pienso y siento sobre mí mismo, no lo que piensan o sienten otras personas acerca de mí. Mi familia, mi pareja y mis amigos pueden amarme o admirarme y aun así puede que yo me vea como alguien insignificante. Puedo ofrecer una imagen de seguridad y aplomo y aun así temblar por sentirme inadecuado. Puedo satisfacer expectativas de otros y aun así sentirme un fracasado. Conseguir el éxito sin lograr una autoestima consolidada es sentirse un impostor y sufrir esperando que la “verdad” salga a la luz. El síndrome del impostor es crónico en personas con baja autoestima que piensan que no merecen el reconocimiento logrado.
¿Quién soy? ¿Cuáles son mis cualidades? ¿Cuáles son mis éxitos y mis fracasos, mis habilidades y mis limitaciones? ¿Cuánto valgo para mí y para la gente que me importa? ¿Merezco el afecto, el amor y respeto de los demás? ¿Estoy trabajando bien? ¿Descuidé a mis personas queridas? ¿Aporto algo a la comunidad? ¿Mi vida es acorde a mis valores?
La autoestima resulta del entramado nunca fijo, siempre renovándose, de reconocimientos y proyectos compartibles y compartidos. Es posible tener una buena autoestima en el terreno intelectual que contrasta con una frágil en lo afectivo. Contiene facetas con cierta autonomía: laboral, afectiva, intelectual, corporal, sexual. Es difícil que ciertos fracasos no irradien sobre otros sectores. Por suerte, también irradian los logros.
En las personas con baja autoestima el temor a engañar a los demás transforma los aplausos en dudas constantes acerca del mérito real. Se dedican más a la protección de su autoestima que a su despliegue, más a la prevención de los fracasos que al asumir riesgos.
Las personas se evalúan a sí mismas según su habilidad en la ejecución de tareas, su concordancia con los patrones éticos y estéticos, la forma en que otros las aman o aceptan y el grado de poder que ejercen. La estima malherida se repara. Como las ciudades europeas después de la guerra. Se repara o se reconstruye. Cuando se reconstruye es porque algo había quedado: el terreno.
¿Por qué la angustia frente a la pérdida de amor del superyó es tan avasallante en las depresiones? Entender su predominio implica dilucidar cómo se construyen el yo, el superyó y el ideal. En las depresiones dos elementos nunca faltan: una pérdida y la consecuente herida narcisista. El trabajo del duelo se traba. Si predomina lo mortífero, lo actual será apenas sombra. Fijaciones excesivas, duelos no elaborados, predominio de la compulsión de repetición, viscosidad libidinal, son distintos sitios donde podemos detectar y desactivar lo mortífero.
Las pérdidas –de una persona, de un rol o de una imagen propia– se agravan cuando entrañan humillación. La vergüenza y la ambición son dos respuestas posibles a la humillación. La vergüenza es inhibidora; la ambición, estimulante. Una neutraliza la capacidad de acción; la otra, moviliza. El vergonzoso se esconde, el ambicioso se hace notar. La humillación lleva a callar las violencias sufridas y a cultivar un sentimiento de ilegitimidad. Ambas actitudes se complementan y se refuerzan mutuamente (Hornstein, 2011).
La soledad y el aislamiento social son factores de riesgo en materia de depresión, al incrementar la vulnerabilidad ante los acontecimientos vitales traumatizantes. No sólo la soledad real, sino también la vivencia de soledad.
Los deprimidos presentan pérdida de energía e interés, sentimientos de culpa, dificultades de concentración, pérdida de apetito y pensamientos de muerte o suicidio. La inhibición y la pérdida de interés son los síntomas clave. Otros signos y síntomas son los cambios en las funciones cognitivas, en el lenguaje y las funciones vegetativas (como el sueño, el apetito y la actividad sexual).
Cuando hablan los deprimidos muestran una visión pesimista de sí mismos y del mundo. Y en su fuero interno sienten impotencia y fracaso. Hay pérdida de la capacidad de experimentar placer (intelectual, estético, alimentario o sexual). La existencia pierde sabor y sentido. Están agobiados y ansiosos. En tanto agobiados buscan estímulos. En tanto ansiosos buscan calma, como un insomne busca dormir. Lo dicen o lo dan a entender. “No tengo futuro”. “No tengo fuerzas”. “No valgo nada”. Están agobiados por todas partes: la temporalidad, la motivación, el valor.
Pocas veces el varón expresa la alteración del estado de ánimo a través de síntomas psíquicos como la tristeza, la labilidad emocional o la ideación depresiva. Por eso la depresión masculina puede pasar inadvertida cuando el profesional no advierte que se está manifestando como fatiga, astenia, dolores difusos, cefaleas, insomnio, pérdida de peso. Incapaces de identificar las emociones y expresarlas con palabras, sólo mencionan los síntomas físicos de su malestar. Mas que tristeza lo que predomina es la irritabilidad. No todos los hombres deprimidos son “calladitos” y viven en mortecino abatimiento. Algunos ocultan el vacío interior con el ruido de la violencia, el consumo de drogas o la adicción al trabajo.
El alcoholismo y las adicciones, pueden ser la otra cara del vacío depresivo. Depresión y adicción forman un círculo vicioso. Se busca la euforia artificial para escapar de la apatía depresiva, pero el alivio es pasajero. El daño, en cambio, es duradero y acentúa el sentimiento de culpa o de inferioridad. El alcohol es un desinhibidor que facilita el paso a la acción, pero sus efectos depresógenos son múltiples: biológico (perturbación de los neurotransmisores) sociales (verguenza y rechazo social) y psicológicos (alteración de la autoestima). ¿Por qué un alguien empieza a consumir droga? Porque la sociedad valoriza el vértigo y la excitación y porque los narcotraficantes tienen mucho dinero y pagan publicidad, jueces, abogados, etc. Porque sus amigos han probado y él no se anima a ser diferente. Porque sus ídolos consumen.
Algunos pensadores del primer mundo y la “opinión ilustrada” no ven con buenos ojos encontrar diferencias entre varones y mujeres, como si el encontrarlas implicara su naturalización. Las investigaciones sobre los géneros se preguntan por las condiciones de producción socio-históricas de la subjetividad. El género no es universal sino propio de determinada cultura. Los varones son criados en nuestra sociedad para ser exitosos y restringir la expresión de emociones. Deben controlarse y son forzados a expresarse mediante la agresión. Ser “fuerte” significa soportar dolor físico y psíquico, y desvalorizar los afectos, en particular la tristeza. “Ser fuertes” es encarar la adversidad sin demostrar emociones (señal de debilidad). La depresión y sus manifestaciones serán una oportunidad para lograr un nuevo modelo de masculinidad en que sea posible la expresión de afecto y ternura (Hornstein, 2011).

SUFRIMIENTOS: ENTRE EL REDUCCIONISMO Y LA COMPLEJIDAD.
Agradezcamos a los filósofos de la teoría de la complejidad que nos ayudan a pensar lo actual, en la teoría y en la clínica, como nunca fue pensado antes. La causalidad recursiva reemplaza la linealidad causa-efecto. Los productos son productores de aquello que los produce.
La subjetividad no está aislada ya que interactúa con el medio a través de un constante intercambio. La noción de internalización era muy cómoda. Hoy por hoy es insostenible. Pero ya en en “Duelo y melancolía” Freud había postulado que el sujeto está en un proceso de autoorganización, lo que hoy llamamos un sistema abierto. Freud lo dijo. No es una lectura proyectiva. Si no lo escuchamos, si lo escuchamos pero no lo entendimos, si no lo pusimos en práctica, fue porque no pudimos.
¿Cómo escapar al reduccionismo, es decir a la simplificación excesiva en el análisis o estudio de un tema complejo? Para la ideología reduccionista en biología (biologicismo), la subjetividad sería consecuencia de la constitución genética. La ideología reduccionista en psicología (psicologismo), hace oídos sordos a los aspectos corporales y a los socio-históricos. El sociologismo no considera lo psíquico ni lo corporal.
En la última década los avances de la genética han sido apabullantes. Hay un gen para cada aspecto de nuestras vidas: para la salud y la enfermedad, para la criminalidad, la violencia y hasta para el “consumismo compulsivo”. Para el biologicismo los sufrimientos psíquicos no tendrían que ver con el desempleo, la brecha entre riqueza y pobreza extremas, las injusticias sociales o las formas enfermantes de convivencia? Desmiente así los problemas subjetivos o sociales al pensar solo en causalidades biológicas.
Se ilusionan con que la genética nos daría la clave para pensar el devenir. El conocimiento de los 3000 millones de nucleótidos que forman el genoma humano constituiría la última etapa del conocimiento de lo viviente. El objetivo es convencer al público de que las enfermedades para las que no se ha encontrado una causa microbiana o viral tendrían, un origen genético que se acepta matizar con consideraciones sobre el modo de vida (alimentación, cigarrillo, actividad física, ansiedad o depresión).
iQué alivio sería encontrar un gen del sufrimiento como lo sería dar con un gen de la felicidad o del fanatismo! La vida tendría la linealidad de un programa: estaría inscrita, en la arborescencia del ADN. Habría ansiosos impregnados por la adrenalina y la serotonina y habría atontados con el cerebro inundado de dopamina. Sin embargo, el misterio del sufrimiento psíquico no se reduce a la genética. La vida tiene la estructura de una promesa, no de un programa. El azar desbarata códigos biológicos y sociológicos.
Los sufrimientos deben ser abordados desde el paradigma de la complejidad considerando la acción conjunta de la herencia, la situación personal, la historia, los conflictos, la enfermedad corporal, las condiciones histórico-sociales, las vivencias, el funcionamiento del organismo sin descartar los desequilibrios bioquímicos.
Los pacientes fragmentados por los especialistas devienen presos del nomadismo de los hipocondríacos y van de consulta en consulta. Son escépticos que no creen en ningún tratamiento pero que los prueban todos, acumulan homeopatía, acupuntura, hipnosis y alopatía. Pero no es imposible encontrar al profesional que dialoga. Será la oportunidad de hablar de su sufrimiento e inscribirlo en la trama de una historia personal.

BIBLIOGRAFIA
Aulagnier, P. (1982): “Condamné a investir”, Nouvelle Revue de Psychanalyse, Nro. 25, 1982. (Trad. esp.: “Condenado a investir”, revista de la APA, 1984, 2-3).
Beck, Ulrich (1998), La sociedad del riesgo. Hacia una nueva modernidad, Barcelona Paidós.
Comte-Sponville, André (2005) [1995], Pequeño tratado de las grandes virtudes, Buenos Aires, Paidós.
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Freud, S. (1926): Inhibición, síntoma y angustia, A.E. Tomo XX.
_______ (1927): El porvenir de una ilusión. A.E. vol. XXI.
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_______ (2003): Intersubjetividad y clínica, Paidós, Buenos Aires.
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________ (2011): Autoestima e identidad: narcisismo y valores sociales, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.
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Nietzsche, F. (1967), Obras completas, Buenos Aires, Aguilar.
Rother Hornstein, M.C. (2006): Adolescencias: trayectorias turbulentas, Paidós, Buenos Aires.

LUIS HORNSTEIN


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